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—Pero ¿no dijo Bashere que no llegarían aquí hasta mañana? —dijo Birgitte—. Como muy pronto.

—Eso ya da igual. De un modo u otro, los tenemos aquí. ¡Hemos de hacer preparativos para que esos dragones apunten hacia el lado contrario! ¡Despacha la orden a Talmanes, y encuentra a lord Tam al’Thor! Quiero a los hombres de Dos Ríos armados y listos. ¡Luz! Y a los ballesteros también. Tenemos que frenar el avance de ese segundo ejército de cualquier forma posible.

«Bashere —pensó—. Tengo que decírselo a Bashere.»

Hizo volver grupas a Sombra de Luna con tal rapidez que casi se mareó. Intentó abrazar la Fuente, pero le fue imposible. Estaba tan cansada que incluso le costaba trabajo sujetar las riendas.

De algún modo consiguió descender la colina sin caerse de la yegua. Birgitte se había ido a impartir las órdenes dadas. Buena chica. Elayne entró al trote en el campamento y se encontró con una discusión en curso.

—¡... no quiero escuchar una sola palabra más! —gritaba Bashere—. ¡No voy a aguantar que se me insulte en mi propio campamento, hombre!

El objeto de su enfado era ni más ni menos que Tam al’Thor. El sosegado hombre de Dos Ríos se volvió hacia Elayne y la miró con los ojos como platos, como si lo sorprendiera verla allí.

—Majestad —dijo Tam—, me habían dicho que aún estabais en el campo de batalla.

Se volvió hacia Bashere, y el mariscal se puso colorado.

—No quería que le fueseis con...

—¡Basta! —Elayne hizo avanzar a Sombra de Luna y se interpuso entre los dos hombres. ¿Por qué discutía Tam, precisamente él, con el mariscal?—. Bashere, tenemos al segundo ejército trolloc casi encima.

—Sí —dijo el hombre, que hizo una profunda inhalación—. Acabo de enterarme. Luz, esto es un desastre, Elayne. Tenemos que retirarnos a través de accesos.

—Dejamos agotadas a las Allegadas en la retirada hacia aquí, Bashere —contestó Elayne—. La mayoría apenas tiene la fuerza suficiente para encauzar y calentar una taza de té, cuanto menos para abrir accesos. —«Luz, yo ni si quiera podría calentar el té.» Hizo un esfuerzo para hablar con voz firme—. Hacerlo así era parte del plan.

—Yo... Eso es cierto —dijo Bashere. Miró el mapa—. Dejad que piense. La ciudad. Nos replegaremos a la ciudad.

—¿Y dar tiempo a los Engendros de la Sombra para descansar, reunirse y atacarnos? —preguntó Elayne—. Probablemente eso es lo que tratan de forzarnos a hacer.

—No veo otra opción —repuso Bashere—. La ciudad es nuestra única esperanza.

—¿La ciudad? —dijo Talmanes, jadeante por haber ido corriendo—. No es posible que estéis proponiendo que nos metamos en la ciudad.

—¿Por qué no? —preguntó Elayne.

—¡Majestad, nuestra infantería acaba de conseguir rodear al ejército trolloc! ¡Esos hombres están luchando a brazo partido! No nos quedan tropas de reserva y la caballería está exhausta. Nunca lograríamos retirarnos de esa batalla sin sufrir muchísimas bajas. Y luego los supervivientes estarían retenidos en la ciudad, atrapados entre dos ejércitos de la Sombra.

—Luz —susurró Elayne—. Es como si lo hubiesen planeado así.

—Creo que es lo que han hecho —intervino Tam en voz baja.

—No empecemos otra vez con lo mismo —bramó Bashere.

No parecía ser el mismo, aunque Elayne sabía que los saldaeninos a veces sacaban a relucir su mal genio. Bashere casi parecía una persona completamente distinta. Su esposa se había acercado a él, cruzada de brazos, y ambos le hacían frente a Tam.

—Habla, Tam. ¿Qué tienes que decir? —lo animó Elayne.

—Yo... —empezó Bashere, pero Elayne levantó la mano.

—Él lo sabía, majestad —dijo Tam sin alzar la voz—. Es lo único que tiene sentido. No ha estado utilizando a los Aiel para explorar.

—¿Qué? Pues claro que sí —replicó Elayne—. He leído los informes de los exploradores.

—Esos informes son falsos, o al menos están manipulados —manifestó Tam—. He hablado con Bael. Dice que ninguno de sus Aiel ha salido en misión de exploración en los últimos días de nuestra marcha. Dice que creía que mis hombres se estaban encargando de hacerlo, pero tampoco lo han hecho ellos. He hablado con Arganda, que creía que los Capas Blancas se ocupaban de eso, pero Galad dice que creía que eran los hombres de la Compañía.

—Ni hablar. Nosotros no teníamos esa misión —intervino Talmanes, fruncido el entrecejo—. Ninguno de mis hombres ha participado en un destacamento de exploración.

Todos los ojos se volvieron hacia Bashere.

—¿Quién ha vigilado nuestra retaguardia, Bashere? —preguntó Elayne.

—Yo... —El hombre alzó la vista, de nuevo encolerizado—. ¡Tengo los informes en algún sitio! ¡Os los enseñé, y vos los aprobasteis!

—Todo es demasiado perfecto —dijo Elayne.

Sintió un repentino escalofrío que empezó en el centro de la espalda y se propagó por todo el cuerpo como un soplo de aire helado que le corriera por las venas. Les habían tendido una trampa, a la perfección. Encauzadoras llevadas a la extenuación, soldados trabados en una batalla muy reñida, un segundo ejército que se aproximaba en secreto un día antes de lo que los informes falsificados decían que lo haría...

Davram Bashere era un Amigo Siniestro.

—Bashere queda relevado del mando —anunció Elayne.

—Pero... —barbotó el mariscal. Su esposa le puso la mano en el brazo y asestó a Elayne una mirada abrasadora. Bashere alzó un dedo en dirección a Tam—. ¡Envié a hombres de Dos Ríos! Tam al’Thor tiene que ser el culpable. ¡Intenta desviar vuestra atención, majestad!

—Talmanes —dijo Elayne, con el frío penetrando hasta la médula de los huesos—, que cinco Brazos Rojos pongan a lord Bashere y a su esposa bajo vigilancia.

Bashere soltó una sarta de maldiciones. Elayne estaba sorprendida de mostrarse tan calmada. Tenía embotadas las emociones. Lo siguió con la mirada mientras lo sacaban a rastras de la tienda. No había tiempo que perder.

—Reunid a nuestros comandantes —les dijo a los otros—. Galad, Arganda... ¡Acabad con ese ejército trolloc al norte de la ciudad! Que se corra la voz entre los hombres. ¡Para ganar esta batalla hay que poner toda la carne en el asador! ¡Si no conseguimos aplastar a los trollocs en la próxima hora, moriremos aquí!

»Talmanes, esos dragones no serán de mucha utilidad contra los trollocs ahora que están rodeados, o correríais el riesgo de herir a nuestros hombres. Que Aludra desplace todas las cureñas de los dragones a la cumbre de la colina más alta para machacar al nuevo enemigo que se acerca desde el sur. Decidles a los Ogier que formen un cordón alrededor de la colina donde estén los dragones; no podemos permitir que causen daños a esas armas. Tam, pon a tus arqueros de Dos Ríos situados en las colinas de los alrededores. Y que la Legión del Dragón se sitúe en las primeras líneas, con los ballesteros en cabeza y la caballería pesada detrás. Si la Luz quiere, eso nos dará tiempo para acabar con los trollocs rodeados.

Con el tiempo justo. Por los pelos. ¡Luz! Si ese segundo ejército rodeaba a sus hombres...

Elayne respiró hondo y se abrió al Saidar. El Poder Único fluyó en ella, aunque sólo un hilillo. Podía fingir que no estaba agotada, pero su cuerpo sabía la verdad.

Los dirigiría, de todos modos.

27

Fuego amigo

Gareth Bryne caminaba a través del campamento instalado en el lado arafelino, a varios cientos de pasos de la frontera con Kandor, al este del vado, sin hacer caso de los soldados que saludaban a su paso. Siuan avanzaba junto a él con pasos apresurados y al otro lado iba un mensajero que le transmitía informes. Los seguía un enjambre de guardias y ayudantes cargados con mapas, tinta y papel.

Todo el maldito lugar ardía y se sacudía con explosiones del Poder. Una batahola de estruendo y desastre... Era como encontrarse en mitad de un desprendimiento de rocas.