Ya había dejado de molestarle el penetrante olor a humo. Al menos se habían apagado algunos fuegos; esas encauzadoras seanchan se habían situado junto al río y sacaban agua a raudales.
Cerca, un astillero de lanzas de armas se fue al suelo en medio de un estrépito metálico cuando una descarga de Poder Único alcanzó el campamento a corta distancia de donde estaban ellos. Bryne dio un traspié y una rociada de tierra los alcanzó; las piedrecillas chocaron ruidosamente contra el yelmo y el peto.
—Sigue hablando, hombre —espetó a Holcom, el mensajero.
—Eh... sí, señor. —El delgaducho mensajero tenía cara de caballo—. Las Aes Sedai del Rojo, del Verde y del Azul situadas en lo alto de las colinas están aguantando. Las del Gris se han replegado, y las del Blanco informan que están quedándose sin fuerzas.
—Las demás Aes Sedai también estarán casi agotadas —dijo Siuan—. No me sorprende que las Blancas sean las primeras en admitirlo. Para ellas no es motivo de vergüenza, sino simplemente otro hecho más que hay que tener en cuenta.
Bryne contestó con un gruñido y tampoco hizo caso de otra rociada de tierra que les cayó encima. Tenía que seguir adelante. Las tropas de la Sombra tenían ahora muchos accesos. Intentarían atacar sus centros de mando. Eso era lo que él haría, si estuviera en su lugar. El mejor contraataque a esa estrategia era no tener ningún centro de mando, al menos no uno que resultara fácil de localizar.
Bien mirado, la batalla marchaba conforme a lo planeado. A veces, cuando todo iba bien, uno se llevaba una sorpresa; en un campo de batalla lo normal era estar dispuesto a rehacer las tácticas de principio a fin, pasando por los intermedios. Pero, por una vez, todo marchaba como la seda.
Las Aes Sedai castigaban a los sharaníes desde las colinas situadas al sur del vado, castigo que se incrementaba con las constantes andanadas de flechas que disparaban arqueros situados justo debajo, en las laderas. Debido a ello, el comandante de la Sombra —nada menos que Demandred en persona— no podía destinar todas sus tropas a atacar a los defensores del río. Tampoco podía lanzar todas sus tropas contra las Aes Sedai —que de todos modos huirían con el Viaje—, por lo cual dedicarse él mismo a esa tarea de pleno sería ponerse en peligro a cambio de conseguir poco. Así pues, había dividido sus fuerzas, enviando a los trollocs al flanco derecho, hacia las colinas —sufrirían un número sustancial de bajas, pero así presionaría a las Aes Sedai— y haría avanzar a los sharaníes para que entablaran combate con el grueso de las tropas de la Torre Blanca, en el río.
Los seanchan tenían ocupada a la mayor parte de los encauzadores enemigos, pero eso no impedía que algunos lanzaran bolas de fuego al campamento de Bryne, al otro lado del río. No tenía sentido que él se preocupara por ser alcanzado. Allí estaba tan seguro como lo estaría en cualquier otro sitio, aparte, tal vez, de retirarse a la Torre Blanca. No soportaba la idea de estar a salvo en lugar seguro, en alguna estancia de algún sitio, a millas del campo de batalla.
«Luz —pensó—. Eso será probablemente lo que harán los comandantes en el futuro. Una posición de mando segura a la que sólo se podrá llegar a través de accesos.» Pero un general tenía que palpar el discurrir de la batalla. Y eso no podía hacerse estando a millas de distancia.
—¿Cómo les van las cosas a los piqueros situados en cada una de las colinas? —demandó.
—Muy bien, milord —contestó Holcom—. Tan bien como puede esperarse tras horas de contener a los trollocs.
Bryne había colocado las líneas defensivas de los piqueros a media altura de las colinas; cualquier trolloc que se las arreglara para atravesar ese cordón caería con las flechas de los arqueros emplazados más arriba, todo ello sin necesidad de interrumpir la labor de las Aes Sedai.
—No obstante —prosiguió el mensajero—, los piqueros que defienden al Ajah Rojo a mitad de ladera necesitarán refuerzos pronto; han perdido un buen número de hombres en el último asalto.
—Tendrán que aguantar un poco más. Esas Rojas son lo bastante fieras para encargarse de los trollocs que consigan abrirse paso a través de las formaciones de piqueros. —Esperaba que sí. Otra explosión arrasó una tienda cercana—. ¿Y qué tal los escuadrones de arqueros que están arriba? —inquirió Bryne, apartando de una patada una alabarda caída.
—Algunos empiezan a andar cortos de flechas, milord.
En fin, sobre eso él poco podía hacer. Echó una ojeada hacia el vado, pero aquello era un verdadero caos. Lo exasperaba estar tan cerca del combate y no saber cómo les iban las cosas a sus tropas.
—¿Alguien tiene información sobre lo que está ocurriendo en el vado? —gritó mientras se volvía hacia sus ayudantes—. ¡No puedo ver una maldita cosa aparte de cuerpos bregando y esas bolas de fuego cayendo atrás y adelante y cegándonos a todos!
—Esas mujeres seanchan encauzan como si tuvieran hierros candentes en... Quiero decir que se lo están haciendo pasar muy mal a los sharaníes, milord. —Holcom estaba pálido—. Nuestro flanco izquierdo ha sufrido bastantes bajas hace poco, pero al parecer ahora están contraatacando de forma admirable.
—¿No había puesto a Joni al mando de los lanceros allí?
—El capitán Shagrin ha muerto, milord —dijo otro mensajero que se había acercado; tenía un corte reciente en el cuero cabelludo—. Vengo de allí.
«Así me abrase.» En fin, Joni siempre había querido caer en batalla. Bryne controló sus emociones.
—¿Quién tiene el mando ahora? —preguntó al mensajero.
—Ino Nomesta —respondió el hombre—. Consiguió que recobráramos el ánimo y nos organizó después de que Joni cayó, pero me manda para advertir que nos están presionando mucho ahora.
—¡Luz, Nomesta ni siquiera es oficial! —Aun así, había entrenado a— hombres de caballería pesada durante años y probablemente no había un hombre mejor que él sobre una silla de montar—. De acuerdo, regresa allí y dile que voy a enviaros refuerzos.
Bryne se volvió entonces hacia Holcom.
—Ve a buscar al capitán Denhold y dile que mande su escuadra de caballería en reserva a través del vado para reforzar nuestro flanco izquierdo. ¡Veamos qué pueden hacer esos illianos! ¡No podemos perder este río!
El mensajero salió a toda carrera.
«Tendré que hacer algo pronto para aliviar la presión sobre esas Aes Sedai», pensó Bryne.
—¡Annah! ¿Dónde estás? —llamó a gritos.
Dos soldados que estaban cerca fueron apartados de un empellón cuando una joven corpulenta —antes guardia de mercaderes y ahora soldado de infantería y mensajera a las órdenes del general Bryne— pasó entre ellos.
—¿Sí, milord?
—Annah, ve a preguntar a ese monstruo imperial de dirigente seanchan si es tan amable de prestarnos parte de su jodida caballería.
—¿He de hacerlo exactamente con esas palabras? —preguntó Annah con una sonrisa en los labios al tiempo que saludaba.
—Si lo haces, muchacha, te arrojaré por un precipicio y dejaré que Yukiri Sedai pruebe contigo unos cuantos tejidos suyos de caída por el aire. ¡Largo!
La mensajera esbozó una mueca burlona y salió disparada hacia la zona de Viaje para que la enviaran al campamento seanchan.
—Te estás volviendo un gruñón —dijo Siuan.
—Ejerces buena influencia en mí —espetó él.
Alzó la vista cuando una sombra pasó por encima, y se llevó la mano a la espada al esperar ver otra escuadrilla de Draghkar. Por el contrario sólo era una de esas bestias voladoras seanchan. Bryne se relajó.
Una bola de fuego derribó a la criatura del cielo. El animal cayó dando vueltas y moviendo las alas quemadas. Bryne maldijo y saltó hacia atrás cuando el monstruoso animal se estrelló en el sendero, un poco más adelante, por donde corría Annah la mensajera. Dando tumbos, el cadáver de la criatura rodó por encima de ella y chocó contra una de las tiendas de suministro que estaba llena de soldados y oficiales de intendencia. El jinete del raken cayó al suelo una fracción de segundo después.