—Yo no soy una asesina —replicó Min en tono frío.
—¿Y los cuchillos de las mangas? —preguntó la sul’dam.
Min dio un respingo.
—El modo en que los puños te caen lo hace evidente, pequeña —dijo la sul’dam, aunque no era mayor que Min.
—Una mujer sería estúpida si fuera por un campo de batalla sin algún tipo de arma —arguyó Min—. Dejad que transmita mi mensaje a uno de los generales. La otra mensajera murió cuando uno de vuestros raken recibió el impacto de una bola de fuego y cayó del cielo en nuestro campamento.
—Soy Catrona —dijo la sul’dam, que enarcó una ceja—. Y harás exactamente lo que yo te mande mientras estás en el campamento.
Se dio la vuelta e hizo un gesto a Min con la mano para que la siguiera.
Min caminó deprisa, aliviada, detrás de la mujer. El campamento seanchan era muy distinto del de Bryne. Tenía raken para llevar y traer mensajes e informes, por no mencionar que había una emperatriz a la que proteger. Lo habían instalado lejos de la contienda. También parecía más limpio que el de Bryne, el cual había sido arrasado casi por completo y reconstruido, aparte de que lo compartían gentes de muchos países y formación militar diferente. El campamento seanchan era homogéneo, lleno de soldados entrenados.
Al menos fue así como Min decidió interpretar su orden y su disciplina. Soldados seanchan formados en líneas, en silencio, a la espera de que los llamaran a la batalla. Los sectores del campamento estaban marcados con postes y cuerdas, todo organizado de forma clara. Nadie iba y venía ajetreado. Los hombres caminaban con sosegada resolución o esperaban en la formación, en posición de descanso. Podrían criticarse cosas de los seanchan —y ella tenía varias cosas que añadir a «esa» conversación—, pero desde luego eran organizados.
La sul’dam la condujo a un sector del campamento donde varios hombres trabajaban haciendo anotaciones en grandes libros colocados en escritorios altos. Llevaban túnicas y tenían la cabeza medio afeitada, lo que los señalaba como sirvientes de rango alto. Muchachas jóvenes vestidas con ropa indecente llevaban bandejas laqueadas entre los escritorios y ponían en ellos finas tazas blancas con un humeante líquido casi negro.
—¿Hemos perdido algún raken hace un rato? —preguntó Catrona a los hombres—. Fue uno al que alcanzó en vuelo una marath’damane enemiga, y podría haberse estrellado en el campamento del general Bryne.
—Acaba de llegar un informe con esa noticia —dijo un sirviente al tiempo que hacía una inclinación de cabeza—. Me sorprende que ya os hayáis enterado.
La ceja enarcada de Catrona se arqueó un poco más mientras inspeccionaba a Min.
—¿No esperabais que fuese verdad? —inquirió Min.
—No —contestó la sul’dam, que con un movimiento de la mano envainó un cuchillo en la funda que le colgaba a un costado—. Sígueme.
Min respiró con alivio. En fin, había tratado con los Aiel; no creía posible que los seanchan fueran tan quisquillosos como ellos. Catrona encabezó la marcha a lo largo de otro sendero del campamento y Min empezó a ponerse muy nerviosa. ¿Cuánto tiempo hacía que Bryne le había mandado transmitir su petición? ¿Sería ya demasiado tarde?
Luz, mira que les gustaba a los seanchan tenerlo todo bien protegido. En cada intersección de senderos había dos soldados con lanzas que observaban, vigilantes, a través de aquellos espantosos yelmos. ¿No deberían estar todos esos hombres allí fuera, luchando? Por fin, Catrona la condujo a una especie de construcción que habían montado. No era una tienda. Tenía paredes que parecían de seda drapeada.
Los guardias de allí eran unos tipos grandes, con armaduras en negro y rojo y un aspecto avieso. Catrona pasó entre los dos mientras ellos saludaban. La mujer y Min entraron en la construcción, y Catrona hizo una reverencia. No hasta el suelo —al parecer, la emperatriz no se encontraba allí— pero sí muy pronunciada, ya que dentro había muchos miembros de la Sangre. Catrona le lanzó una mirada feroz.
—¡Inclínate, necia! —espetó.
—Creo que seguiré de pie —replicó Min, que se cruzó de brazos y miró a los comandantes que estaban dentro.
Delante de todos se erguía una figura conocida. Mat vestía ropajes seanchan de seda (ella había oído comentar que se encontraba en ese campamento), pero en la cabeza lucía su sombrero de siempre. Un parche le cubría un ojo. Así que su visión se había cumplido por fin, ¿eh?
—¡Min! —exclamó Mat al verla, y sonrió.
—Soy tonta de remate —dijo ella—. Podría haber dicho que te conocía y me habrían traído de inmediato aquí, sin tanto alboroto.
—No sé yo, Min. Les encanta eso de montar jaleo por cualquier cosa, ¿no es cierto, Galgan?
Un hombre de hombros anchos, con una fina cresta de cabello blanco en la cabeza, por lo demás pelada, miró a Mat como si no supiera qué pensar o qué responder.
—Mat —dijo Min, recordando su misión—, el general Bryne necesita caballería.
—No me cabe duda —respondió él con un gruñido—. Ha estado presionando mucho a sus tropas, incluso a las Aes Sedai. A ese hombre habría que darle una medalla aunque sólo fuera por lograr algo así. Jamás he visto a una de esas mujeres ceder un ápice ni para dar un paso y ponerse a resguardo si quien lo sugiere es un hombre, aunque esté cayéndole encima un chaparrón. ¿Primera legión, Galgan?
—Sí, servirá —dijo Galgan—. Siempre y cuando los sharaníes no se las ingenien para cruzar el vado.
—No lo harán —afirmó Mat—. Bryne ha montado una buena posición defensiva que castigará a la Sombra, con un poco de estímulo. Laero lendhae an indemela.
—¿Qué habéis dicho? —preguntó Galgan, ceñudo.
Min tampoco lo había captado. ¿Algo sobre una bandera? Últimamente había estado estudiando la Antigua Lengua, pero Mat la hablaba muy deprisa.
—Hummm, ¿qué? ¿No lo habíais oído nunca? —se extrañó Mat—. Es un dicho del ejército caído de Kardia.
—¿Quién? —Se notaba que Galgan estaba desconcertado.
—No importa —dijo Mat—. Tylee, ¿te importaría conducir a tu legión al campo de batalla, suponiendo que el buen general lo apruebe?
—Sería un honor, Príncipe Cuervo —repuso una mujer que se encontraba cerca; llevaba peto, y el yelmo que sostenía bajo el brazo lucía cuatro plumas—. Estoy deseando ver las tácticas del tal Gareth Bryne más en directo.
Mat miró a Galgan, que se frotó el mentón mientras inspeccionaba los mapas.
—Id con vuestra legión, teniente general Khirgan, como sugiere el Príncipe Cuervo —ordenó el general.
—Y tenemos que vigilar a esos arqueros sharaníes —añadió Mat—. Van a desplazarse hacia el norte a lo largo del río para disponer de una posición más ventajosa desde la que disparar al flanco derecho de las tropas de Bryne.
—¿Cómo estáis tan seguro de eso?
—Porque es evidente —dijo Mat al tiempo que daba golpecitos con el dedo en el mapa—. Enviad un raken para aseguraros, si lo preferís.
Galgan vaciló, pero a continuación dio la orden. Min no sabía si todavía su presencia era necesaria, así que empezó a retirarse, pero Mat la asió por el brazo.
—Eh. Me vendría bien... eh... usarte, Min.
—¿Usarme? —inquirió con voz inexpresiva.
—Utilizar tus habilidades —aclaró Mat—. A eso me refería. Últimamente estoy teniendo problemas con las palabras, y al parecer sólo me salen tonterías. Sea como sea, podrías... Eh... Bueno, ya sabes...