—No veo nada nuevo a tu alrededor —dijo ella—, aunque supongo que por fin lo de un ojo en una balanza tiene sentido para ti.
—Sí. —Mat hizo una mueca como si le doliera algo—. Eso es jodidamente obvio. ¿Qué me dices de Galgan?
—Una daga incrustada a través de un cuervo.
—Qué jodienda...
—No creo que se refiera a ti —añadió Min—. Aunque no sé decirte por qué.
Galgan hablaba con nobles de segunda fila. Al menos, tenían más cabello que él, lo que en los seanchan indicaba un rango más bajo. Charlaban en voz muy baja, en susurros, y Galgan echaba ojeadas a Mat de vez en cuando.
—No sabe qué pensar de mí —comentó en voz queda Mat.
—Qué cosa más rara. No se me ocurre ninguna otra persona que haya reaccionado así contigo, Mat.
—Qué graciosa. ¿Estás segura de que esa daga no se refiere a mí? Los cuervos... En fin, los cuervos suelen estar relacionados conmigo, ¿verdad? Aunque sea a veces. Ahora soy el puñetero Príncipe de los jodidos Cuervos.
—No se trata de ti.
—El tipo intenta decidir cuándo asesinarme —susurró Mat, que observó a Galgan con los ojos entrecerrados—. Acaban de ponerme justo un escalón por debajo de él en la jerarquía del ejército, y le preocupa que quiera suplantarlo. Tuon dice que es un militar totalmente entregado a su trabajo, por lo cual esperará a que la Última Batalla haya acabado para atacarme.
—¡Es horrible!
—Lo sé. No jugará a las cartas conmigo antes. Confiaba en poder ganármelo. Ya sabes, perdiendo a propósito unas cuantas veces.
—No creo que pudieras conseguir eso.
—De hecho, discurrí hace siglos cómo perder, puñetas. —Parecía hablar muy en serio—. Tuon dice que sería una falta de respeto por parte de ese hombre que no intentara matarme. Están chiflados, Min. Están jodidamente chiflados.
—Estoy segura de que Egwene te ayudaría a escapar si se lo pides, Mat.
—Bueno, no he dicho que no sean divertidos. Sólo que están chiflados. —Se enderezó el sombrero—. Pero si otro cualquiera de ellos lo intenta...
Se interrumpió cuando los guardias situados en la puerta, fuera, cayeron de hinojos y luego se postraron del todo en el suelo. Mat suspiró.
—«Nombra a la Oscuridad y tendrás su ojo puesto en ti.» Yalu kazath d’Zamon patra Daeseia asa darshi.
—¿Qué...? —preguntó Min.
—¿Tampoco conoces ese dicho? —se extrañó Mat—. ¿Es que la gente ya no lee?
La emperatriz seanchan entró por la puerta. A Min la sorprendió verla con un amplio pantalón plateado en vez de con un vestido. O... En fin, tal vez era un vestido. Min no distinguía si era una falda dividida para montar o si era un par de pantalones con perneras muy holgadas. La prenda de arriba era ajustada, de seda en color escarlata, y encima llevaba una especie de toga en color azul, abierta por delante y con una cola larguísima. Parecía la vestidura de una guerrera, una especie de uniforme.
Las personas que estaban en la estancia se pusieron de rodillas y después se inclinaron hasta tocar el suelo, incluso el general Galgan. Mat siguió erguido.
Rechinando los dientes, Min se postró sobre una rodilla. Después de todo, esa mujer era la emperatriz. Min no se inclinaría ante Mat ni los generales, pero lo correcto era mostrar respeto a Fortuona.
—¿Quién es esta mujer, Knotai? —preguntó la emperatriz con curiosidad—. Se tiene por alguien importante.
—Oh, bueno, no es más que la mujer del Dragón Renacido —repuso Mat como sin darle importancia.
Catrona, que estaba inclinada en el suelo a un lado de la estancia, emitió un sonido estrangulado. Alzó la vista y miró a Min con los ojos desorbitados.
«Luz, probablemente cree que me ha ofendido o algo por el estilo», pensó Min.
—Qué curioso. Eso la convertiría en tu igual, Knotai —dijo Fortuona—. Por supuesto, parece que tú has olvidado inclinarte de nuevo.
—Mi padre se sentiría mortificado —contestó Mat—. Siempre ha estado orgulloso de mi buena memoria.
—Vuelves a avergonzarme en público.
—No más de lo que me avergüenzo a mí mismo. —Sonrió y después vaciló, como si analizara lo que acababa de decir.
La emperatriz sonrió también, sin bien era una sonrisa claramente depredadora. Se internó en la estancia y la gente se levantó, por lo que Min hizo otro tanto. Mat empezó a empujarla de inmediato hacia la puerta.
—Espera, Mat —susurró ella.
—Tú sigue andando —la apuró—. No le des ocasión de decidir que quiere retenerte. —Y lo dijo como si se sintiera orgulloso de ello.—
«Estás tan loco como ellos», pensó Min.
—Mat, una flor ensangrentada.
—¿Qué? —preguntó él sin dejar de empujarla.
—Una puñetera flor ensangrentada alrededor de su cabeza —repitió—. Una cala. El lirio de la muerte. Alguien va a intentar matarla muy pronto.
Mat se quedó paralizado. Fortuona se volvió bruscamente hacia ellos.
Min ni siquiera fue consciente de que los dos guardias se movían hasta que la tuvieron inmovilizada contra el suelo. Eran los de la armadura negra, aunque ahora que los tenía cerca vio que en realidad era verde oscuro.
«Idiota —pensó Min mientras le apretaban la cara contra el suelo—. Debí dejar que Mat me sacara de la estancia antes de hablar.» No había cometido un error así (hablar de una de sus visiones en voz lo bastante alta para que otros la oyeran) desde hacía años. ¿En qué puñetas había estado pensando?
—¡Alto! —dijo Mat—. ¡Dejad que se levante!
Puede que a Mat lo hubieran ascendido a la Sangre, pero saltaba a la vista que los guardias no tenían ningún problema en hacer caso omiso de una orden directa de él.
—¿Cómo es que sabe eso, Knotai? —preguntó Fortuona, que se acercó a Mat. Parecía enfadada. Puede que decepcionada—. ¿Qué pasa aquí?
—No es lo que piensas, Tuon —dijo Mat.
«No, por favor, no lo...»
—Ella ve cosas —continuó Mat—. No hay por qué enfadarse. Es sólo una jugarreta del Entramado, Tuon. Min ve cosas alrededor de la gente, como pequeños dibujos. No quería decir nada con ese comentario. —Se echó a reír. Fue una risa forzada.
El silencio se apoderó de la estancia. Era tan intenso que Min oyó de nuevo las explosiones a lo lejos.
—Augur del Destino —susurró Fortuona.
De repente, los guardias se apartaron de ella. Min gimió y se sentó. Los guardias se habían adelantado para proteger a la emperatriz, pero uno, el que la había tocado, se quitó los guanteletes y los tiró al suelo. Luego se limpió la mano contra el peto, como si intentara limpiarse la piel de algo.
Fortuona no parecía asustada. Con los labios entreabiertos, se acercó a Min casi con aire reverente. La joven emperatriz alargó la mano y tocó a Min en la cara.
—Lo que ha dicho él... ¿es cierto?
—Sí —admitió a regañadientes Min.
—¿Qué ves a mi alrededor? —preguntó Fortuona—. Habla, Augur del Destino. ¡Interpretaré tus visiones y sabré si eres una vidente de verdad o falsa!
Aquello sonaba peligroso.
—Veo el lirio de la muerte, una cala manchada de sangre, como le he dicho a Mat —contestó—. Y tres barcos que navegan. Un insecto en la oscuridad. Luces rojas que se extienden a través de un campo que debería ser fértil y estar en sazón. Un hombre con dientes de lobo.
Fortuona inhaló el aire con brusquedad. Alzó la vista hacia Mat.
—Me has traído un gran regalo, Knotai. Tanto como para saldar tu castigo. Suficiente para que tengas crédito a tu favor. Qué grandioso regalo.
—Bueno, yo...
—Yo no le pertenezco a nadie —dijo Min—. Excepto, tal vez, a Rand, y él a mí.
Fortuona hizo caso omiso de ella y se puso de pie.
—Esta mujer es mi nueva Soe’feia. ¡La Augur del Destino, la Palabra de la Verdad! Mujer sagrada, aquella a la que no se puede tocar. Hemos sido bendecidos. Que se dé a conocer la nueva. ¡El Trono de Cristal no tenía una verdadera vidente desde hace más de tres siglos!