No. No lo vería de ese modo. Hombres y mujeres combatían con valentía y pasión. No, nada de niños, sino héroes. Con todo, verlos destrozados hacía que aplastara las orejas. Empezó a cantar de nuevo, más alto, y esta vez no era un canto doliente. Era una canción que no había cantado nunca, una canción de crecimiento, pero no como los cantos de árboles que le eran tan conocidos.
Cantaba a voz en grito, furioso, arremetiendo a su alrededor con el hacha. Por todas partes, la hierba se tornó verde, brotaron tallos y renuevos de vida. En las astas de las lanzas de armas de los trollocs empezaron a salir hojas; muchos de los monstruos gruñeron y tiraron las armas, asustados.
Loial siguió luchando. Esa canción no era un canto de victoria. Era una canción de vida. Loial no tenía intención de morir allí, en la ladera de esa loma.
¡Por la Luz, tenía que escribir un libro antes de dejar este mundo!
Rodeado de generales escépticos, Mat se encontraba en la construcción seanchan donde se reunían los mandos. Min acababa de volver después de que se la llevaran para vestirla con lujosos ropajes seanchan. Tuon también se había marchado para ocuparse de alguna tarea de emperatriz.
Mirando de nuevo los mapas, Mat tuvo otra vez ganas de barbotar improperios. Mapas, mapas y más mapas. Trozos de papel. La mayoría los habían trazado los escribientes de Tuon a la luz menguante del atardecer del día anterior. ¿Cómo estaba él seguro de que eran correctos? Una vez, Mat había visto a un artista callejero dibujar a una preciosa mujer en Caemlyn, de noche, y el retrato resultante se podría haber vendido sin problema como una representación exacta de Cenn Buie con vestido.
Cada vez era más de la opinión de que los mapas de batallas tenían la misma utilidad que un grueso chaquetón en Tear. Tenía que ver él mismo la batalla, no como otra persona creía que era. El mapa era demasiado simple.
—Voy a echar un vistazo al campo de batalla —declaró.
—¿Que vais a qué? —preguntó Courtani.
La oficial general seanchan era tan atractiva como un haz de palos sujetos con la armadura.
Mat suponía que debía de haberse comido algo muy agrio en alguna ocasión y que, al descubrir que la mueca resultante servía para espantar a los pájaros, había decidido adoptarla como algo permanente.
—Voy a echar un vistazo al campo de batalla —repitió Mat.
Se quitó el sombrero y alargó la mano por encima de la cabeza para coger la parte posterior del suntuoso y voluminoso uniforme seanchan. Tiró de la tela hacia adelante, incluidas las extrañas hombreras y demás, lo pasó todo por encima de la cabeza con un frufrú de seda y encaje, y luego lo tiró a un lado.
Con lo cual, por toda vestimenta se quedó con el pañuelo del cuello, el medallón y los extraños calzones negros y algo tiesos que los seanchan le habían dado. Min enarcó una ceja al verle el torso desnudo y consiguió sacarle los colores. Pero ¿qué más daba? Ella era la compañera de Rand, y eso la convertía prácticamente en una hermana suya. También se hallaba allí Courtani, pero Mat no estaba seguro de que fuera una mujer. Tampoco estaba muy convencido de que fuera humana.
Mat hurgó debajo de la mesa un momento y sacó un envoltorio que había metido allí con anterioridad, tras lo cual se puso erguido. Min cruzó los brazos. Los ropajes nuevos le quedaban muy bonitos; era un vestido casi tan suntuoso como los que llevaba Tuon. El de Min era de brillante seda verde con bordados negros y mangas largas y abiertas, y tan amplias que uno podía meter la cabeza dentro. También le habían arreglado el cabello, adornándolo con trocitos de metal plateados y gotas de fuego engastadas. Había centenares de ellas. Si ese cargo de Augur del Destino no le iba bien, a lo mejor encontraba trabajo como uno de esos grandes candelabros de techo de varios brazos.
Estaba bastante atractiva con ese atuendo, de hecho. Qué curioso. Siempre había visto a Min casi como a un muchacho, pero ahora la encontraba fascinante. Tampoco era que la mirara tanto.
Los seanchan presentes en la estancia parecían anonadados porque se hubiera quedado de repente desnudo de cintura para arriba. Mat no entendía el porqué, ya que tenían sirvientes que llevaban mucha menos ropa. Luz, vaya si llevaban poca... Poquísima.
—Estoy tentada de hacer lo mismo que tú —rezongó Min, que agarró la pechera del vestido.
Mat se quedó petrificado y después se ahogó y tosió. Debía de haberse tragado una mosca o algo por el estilo.
—Así me abrase —dijo, y se puso la camisa que había sacado del envoltorio—. Te daré cien marcos de Tar Valon si lo haces, sólo con tal de poder contarlo.
Se ganó una mirada airada, a saber por qué. Había sido ella la que había hablado de ir andando por ahí como una jodida Doncella Aiel de camino a la tienda de vapor.
Min no lo hizo, y a él casi lo entristeció. Tenía que ir con cuidado cuando Min anduviera cerca. Estaba seguro de que una sonrisa en un lugar y momento inadecuados podría costarle una cuchillada, y no sólo por parte de ella, sino también de Tuon, y para él era más que suficiente que le clavaran cuchillos de uno en uno.
El medallón de cabeza de zorro descansaba sobre su pecho —gracias a la Luz que Tuon se lo había devuelto, así como las copias, de las que no había querido quedarse con ninguna— y el roce contra la piel resultaba reconfortante mientras se ponía la chaqueta, también sacada del envoltorio de ropa.
—¿Cómo habéis conservado esas prendas? —preguntó el capitán general Galgan—. Tenía la impresión de que os habían quemado vuestras antiguas ropas, Príncipe Cuervo.
Galgan tenía un aspecto ridículo con esa franja de cabello blanco en la cabeza, pero Mat no lo mencionó. Era la costumbre seanchan. El tipo podía resultar ridículo, pero no le cabía duda de que Galgan sabía estar en una batalla, tuviera el aspecto que tuviera.
—¿Éstas? —dijo Mat señalando la chaqueta y la camisa—. No tengo ni idea. Las encontré ahí debajo. Estoy totalmente perplejo.
Se había sentido muy complacido al descubrir que los guardias seanchan, a pesar de su expresión imperturbable y de ir con la espalda tan recta que parecía que se hubieran tragado un palo, respondían a los sobornos como cualquier otra persona.
Todos excepto esos Guardias de la Muerte. Mat ya se había dado cuenta de que no debía intentarlo con ellos; la mirada feroz que le habían lanzado le había hecho pensar que, si volvía a intentarlo, acabaría con la cara metida en el barro. Tal vez sería mejor no volver a hablar siquiera con ninguno de ellos, ya que era evidente que todos y cada uno de ellos habían trocado su sentido del humor por una mandíbula de tamaño grande.
En un aprieto, sin embargo, sabía exactamente en quién podía fiar la seguridad de Tuon.
Mat echó a andar y de camino asió la ashandarei que tenía apoyada en la pared. Courtani y Min lo siguieron afuera. Era un fastidio que Tylee fuera tan buena en lo que hacía. Él habría preferido tenerla de compañera y en cambio enviar al frente a esa espantajo de Courtani. Quizá debería hacerlo. Alguno de los trollocs podría confundirla con uno de los suyos.
Por desgracia, tuvo que esperar a que un mozo de cuadra fuera a buscar a Puntos; lo cual, al parecer, había dado tiempo para que alguien alertara a Tuon, porque la vio acercarse. Bueno, ella había dicho que regresaría pronto, de todos modos, así que no tenía por qué esperar una discusión.
Min rebulló y masculló maldiciones contra la falda.
—¿Todavía le das vueltas a la idea de huir? —le preguntó Mat entre dientes sin dejar de mirar a Tuon mientras se acercaba.
—Sí —respondió Min con acritud.
—Aquí las camas son cómodas, ¿sabes? Y saben cómo tratar a un tipo, siempre y cuando no terminen decapitándolo. Aún no he descubierto qué impide que lo hagan.
—Maravilloso.
Mat se volvió hacia ella.
—¿Eres consciente de que si Rand estuviera aquí probablemente te pediría que te quedaras?