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Meneó la cabeza mientras Gawyn se acercaba a ella, leal como siempre. No había tenido ocasión de desenvainar siquiera la espada en esa batalla. Y tampoco Leilwin; los dos parecían sostener una pequeña competición silenciosa sobre cuál de ellos actuaba mejor como protector, quedándose casi pegados a ella. A Egwene le había resultado irritante, pero era mejor que el aire taciturno y apesadumbrado de Gawyn en batallas previas.

Sin embargo, parecía pálido. Como si le rondara una enfermedad. ¿Habría dormido lo suficiente?

—Necesito que vayas al campamento y busques al general Bryne —dijo Egwene—. Quiero saber por qué se ha permitido que ocurra algo así. Y luego iré con nuestras tropas que defienden el vado y vengaré a los nuestros, que acaban de perder la vida aquí.

Los dos la miraron con el entrecejo fruncido.

—Egwene... —empezó Gawyn.

—Todavía tengo fuerza —lo interrumpió ella—. He estado usando el sa’angreal para evitar esforzarme demasiado. Los hombres que combaten en esa posición necesitan verme, y yo he de estar allí donde se me necesite mientras pueda. Llevaré todos los guardias que quieras.

Gawyn vaciló, miró a Leilwin y después, por fin, asintió con la cabeza.

Lan desmontó y le tendió las riendas a Andere, pasó junto a los soldados de guardia —que parecieron sorprendidos al verlo acompañado por tantos guardias, muchos de ellos ensangrentados— y fue hacia la tienda de mando. La tienda era poco más que un toldo, ya que estaba abierta por todos los lados; soldados entraban y salían como hormigas en un hormiguero. Ese día el aire era caliente allí, en Shienar. Lan no había recibido informes recientemente de los otros frentes de batalla, pero había oído que su situación desesperada no era la única en ese momento. Elayne luchaba en Cairhien; la Amyrlin en la frontera de Arafel.

Quisiera la Luz que sus ejércitos no lo estuvieran pasando tan mal como ellos. Dentro de la tienda, Agelmar tenía mapas en el suelo todo en derredor; los señalaba con un palo fino y movía fragmentos de piedras de colores mientras daba órdenes. Los corredores llegaban y actualizaban el progreso de la batalla. Los mejores planes de batalla sólo duraban hasta que se desenvainaba la primera espada, pero un buen general trabajaría las batallas como un alfarero trabajaba la arcilla, tomando los altibajos de los soldados y moldeándolos.

—¿Lord Mandragoran? —se sorprendió Agelmar al levantar la vista—. ¡Luz, hombre! Parecéis la mismísima Llaga. ¿Habéis mandado llamar a las Aes Sedai para que os Curen?

—Estoy bien —afirmó Lan—. ¿Cómo va la batalla?

—Me siento crecido —dijo Agelmar—. Si encontramos un modo de frenar a esos Señores del Espanto durante una hora o dos, creo que tenemos una buena posibilidad de hacer retroceder a los trollocs.

—Seguramente no —replicó Lan—. Hay muchísimos.

—No se trata de números —contestó Agelmar, que le hizo un gesto con la mano a Lan y señaló el mapa—. Aquí hay algo que pocos hombres entienden, Lan. Los ejércitos pueden venirse abajo, y a veces lo hacen, aunque sus efectivos superen a los del adversario, aunque tengan más ventajas en el campo de batalla y una buena probabilidad de ganar.

»Cuando uno pasa tiempo ejerciendo el mando, empieza a ver a un ejército como un elemento único, una bestia inmensa con miles de extremidades. Eso es un error. Un ejército se compone de hombres o, en este caso, de trollocs, todos y cada uno de ellos en el frente, todos y cada uno de ellos aterrados. Ser soldado es controlar el terror. La bestia que llevamos dentro quiere escapar, nada más.

Lan se puso en cuclillas y examinó los mapas de batalla. La situación era muy parecida a la que él había visto, excepto que Agelmar todavía tenía a la caballería ligera saldaenina vigilando el flanco oriental en el mapa. ¿Un error? Él había comprobado por sí mismo que ya no se encontraban allí. ¿Los corredores no tendrían que haber avisado a Agelmar de que el mapa era incorrecto? ¿O él los estaba distrayendo de algún modo para que no se dieran cuenta?

—Hoy os enseñaré algo, Lan —dijo Agelmar en voz queda—. Os mostraré lo que el hombre más pequeño debe aprender en el patio de prácticas si quiere sobrevivir. Uno puede hacer que un enemigo más grande se desmorone si lo convence de que va a morir. Golpeadlo con la fuerza suficiente y huirá. Y no volverá, no vaya a ser que volváis a pegarle, incluso si uno sabe para sus adentros que está demasiado débil para volver a golpearlo.

—¿Es ése pues vuestro plan para hoy? —preguntó Lan.

—Los trollocs se desmoronarán si hacemos un despliegue de fuerza que los asuste —contestó Agelmar—. Sé que puede funcionar. Confío en poder abatir al cabecilla de esos Señores del Espanto. Si los trollocs suponen que están perdiendo, se darán a la fuga. Son unas bestias cobardes.

Oír a Agelmar explicarlo hacía que pareciera razonable. Quizás él no estaba viendo toda la situación en su conjunto. Quizá la genialidad de los grandes capitanes iba más allá de lo que otros eran capaces de imaginar. ¿Habría hecho mal al revocar la orden de desplazar a los arqueros?

El mensajero que Lan había enviado antes regresó a galope al centro de mando. Uno de los hombres de la Guardia Real de Lan también llegó sujetándose un brazo en el que llevaba clavada una flecha con penacho negro.

—¡Una fuerza enorme de Engendros de la Sombra! —anunció el mensajero—. ¡Viene del este! ¡Dai Shan, teníais razón!

«Sabían que debían venir por ese lado —pensó Lan—. Es imposible que se dieran cuenta de que el flanco lo teníamos desprotegido. Con esas colinas tapándoles la vista, no podían saberlo. Han venido demasiado deprisa. La Sombra debe de haber recibido aviso o tenía que saberlo de antemano.» Miró a Agelmar.

—¡Imposible! —exclamó el general—. ¿Por qué pasa esto ahora? ¿Por qué los exploradores no lo vieron?

—Lord Agelmar —intervino uno de sus comandantes—, enviasteis exploradores al este para vigilar el río, ¿recordáis? Tenían que inspeccionar el cruce para nuestras fuerzas. Dijisteis que los arqueros se... —El comandante se puso pálido—. ¡Los arqueros!

—Los arqueros siguen en sus posiciones —dijo Lan al tiempo que se incorporaba—. Quiero que las líneas del frente empiecen a replegarse. Sacad a los saldaeninos de la lucha, y que estén preparados para ayudar en la retirada a los soldados de infantería. Que los Asha’man retrocedan. Vamos a necesitar accesos.

—Lord Mandragoran —habló Agelmar—, este nuevo despliegue podría ser útil. Si nos partimos en dos y luego los aplastamos entre ambas fuerzas, podemos...

—Quedáis relevado de servicio, lord Agelmar —dijo Lan sin mirar al hombre—. Y, por desgracia, he de pedir que permanezcáis bajo vigilancia hasta que pueda evaluar lo ocurrido.

En la tienda de mando se hizo el silencio y todos los ayudantes, mensajeros y oficiales se volvieron hacia Lan.

—Vamos, Lan. Lo que decís suena como si me estuvieseis arrestando —dijo Agelmar.

—Lo estoy haciendo.

Lan llamó con un gesto a los hombres de la Guardia Real. Entraron en la tienda y tomaron posiciones para evitar que escapara alguien. Algunos hombres de Agelmar llevaron la mano a la espada, pero la mayoría parecían desconcertados y sólo apoyaron la mano en la empuñadura.

—¡Esto es un ultraje! —clamó Agelmar—. No seáis necio. No es el momento de...

—¿Y qué queréis que haga, Agelmar? —barbotó Lan—. ¿Dejar que acabéis con este ejército? ¿Dejar que la Sombra nos aniquile? ¿Por qué hacéis esto? ¿Por qué?

—Estáis reaccionando de forma exagerada, Lan —dijo Agelmar; era evidente que mantenía la calma con dificultad, y los ojos le ardían, coléricos—. ¿Qué ideas se os han pasado por la cabeza? ¡Luz!

—¿Por qué disteis la orden de quitar a los arqueros de las colinas orientales?

—¡Porque los necesitaba en otro sitio!

—¿Y eso tiene sentido? —demandó Lan—. ¿No me habéis dicho que vigilar ese flanco era vital?