—Yo...
—También retirasteis a los exploradores de esa posición. ¿Por qué?
—Ellos... Se...
Agelmar se llevó una mano a la cabeza con aire aturdido. Bajó la vista al mapa de batalla y abrió mucho los ojos.
—¿Qué os ocurre, Agelmar? —dijo Lan.
—No lo sé —respondió el hombre. Parpadeó y siguió mirando los mapas que había a sus pies. El rostro adoptó una expresión de espanto, los ojos se le desorbitaron y entreabrió los labios—. ¡Oh, Luz! ¿Qué he hecho?
—¡Transmitid mis órdenes! —instó Lan con urgencia a su Guardia Real—. Traed a lord Baldhere a la tienda de mando. Que vengan también la reina Ethenielle y el rey Easar.
—Lan, tenéis que traer a... —Agelmar enmudeció—. ¡Luz! No puedo — decirlo. ¡Empiezo a pensar lo que hay que hacer, y acuden a mi mente pensamientos erróneos! Sigo tratando de sabotear nuestro ejército. Por mi culpa estamos condenados. —Abrió mucho los ojos otra vez y alargó— la mano hacia la espada corta, que sacó de la vaina.
Lan la asió por la guarda y la virola, parándola justo antes de que Agelmar pudiera hundírsela en el estómago para acabar con su vida. La sangre brotó entre los dedos de Lan donde había rozado el aguzado filo de la hoja, justo debajo de la virola.
—Dejad que muera con honor —dijo Agelmar—. Yo... Nos he abocado a la destrucción. He hecho que perdiéramos esta guerra, Lan.
—La guerra no, sólo la batalla —adujo Lan—. Algo raro os ocurre. Una enfermedad, la fatiga o algo de la Sombra. Sospecho que descubriremos que alguien os ha estado manipulando la mente.
—Pero...
—¡Sois un soldado! —bramó Lan—. ¡Comportaos como tal!
Agelmar se quedó inmóvil. Buscó los ojos de Lan y luego asintió con la cabeza una vez. Lan apartó los dedos de la hoja y Agelmar la guardó en la vaina con un seco chasquido. El gran capitán se sentó con las piernas cruzadas en la postura tradicional de meditación shienariana, con los ojos cerrados.
Lan se apartó a largas zancadas mientras impartía órdenes. El príncipe Kaisel corrió hacia él; saltaba a la vista que estaba asustado.
—¿Qué está ocurriendo, lord Mandragoran?
—Compulsión, probablemente —dijo Lan—. Hemos sido como conejos en una trampa, con la cuerda cerrándose despacio, aunque bien ceñida, alrededor del cuello. ¡Que alguien me diga por favor si los Asha’man aún tienen fuerza suficiente para los accesos! ¡Y traedme noticias del flanco oriental! Esos arqueros necesitarán apoyo. Que el resto de las tropas de reservan vaya a cubrirlos.
El príncipe Kaisel, con los ojos muy abiertos y la mano en la espada, retrocedió al tiempo que las órdenes continuaban. Miró a lord Agelmar con el rostro demudado.
—¿De verdad hemos perdido? —le preguntó a Lan una vez que éste acabó de dar órdenes y los mensajeros corrían a transmitirlas.
—Sí, hemos perdido —dijo Lan.
—¡Lan! —gritó de repente Agelmar, que había abierto los ojos.
Lan se volvió hacia él.
—La reina Tenobia —explicó Agelmar—. La envié hacia el peligro sin comprender lo que hacía. ¡Quienquiera que me metiera esos planes en la cabeza la quiere muerta!
Lan masculló un juramento y salió disparado del campamento para subir a lo alto de la colina más cercana. Los exploradores que se encontraban allí le hicieron sitio cuando llegó arriba. Sacó el visor de lentes del cinturón, aunque no lo necesitaba. Localizó la bandera de la reina mientras recorría con la vista el campo de batalla.
Estaba rodeada. Fuera cual fuera la ayuda que había pensado que recibiría, no había sido enviada. Lan abrió la boca para dar órdenes, pero las palabras murieron en sus labios al ver a los trollocs lanzarse en tropel sobre la pequeña bandera blanca y plateada, donde ella había estado combatiendo. La enseña cayó, y en cuestión de segundos no quedaba ningún soldado vivo en ese sector del campo de batalla.
Mantener la frialdad. No podía hacer nada por Tenobia. Aquello ya no se trataba de salvar a personas individuales.
Tendría suerte si acababa el día con algo que se pareciera a un ejército.
Mat cabalgaba con Tuon hacia el sur, en dirección al campo de batalla, a lo largo de la ribera del río que era la frontera occidental de Arafel.
Por supuesto, a donde iba Tuon, también iba Selucia. Y, ahora, Min; Tuon quería tener junto a ella a su nueva Augur del Destino, en todo momento. Tuon no dejaba de preguntarle qué veía y Min seguía respondiendo de mala gana.
Mat había intentado que dijera que veía un sombrero flotando sobre su cabeza. Eso persuadiría a Tuon de que dejara de intentar deshacerse del suyo, ¿verdad? Mejor habría sido eso que Min explicando lo de ojo en la balanza, y la daga, y todas las otras puñeteras cosas que había visto sobre él.
A donde iba Tuon, también iba un centenar de Guardias de la Muerte. Y Galgan y Courtani, que se sentía recriminada por no haber actuado con suficiente rapidez para ayudar a Mat. Furyk Karede también iba con ellos, al mando de la Guardia de la Muerte. Que Karede estuviera cerca era tan agradable como encontrar la mano de otro hombre en tu bolsillo, pero era un buen soldado y Mat lo respetaba. Le encantaría poner juntos a Karede y a Lan en una competición de mantener fija la mirada. Podrían aguantar años.
—Necesito tener un panorama mejor —dijo Mat cuando estuvieron cerca, mientras recorría con la vista el campo de batalla—. Allí.
Hizo dar la vuelta a Puntos y cabalgó hacia una elevación bastante próxima al sector donde las fuerzas oponentes intercambiaban destrucción al borde del río. Tuon lo siguió sin decir palabra. Cuando llegaron allí, Selucia le asestó una mirada asesina.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mat—. Había dado por sentado que estarías contenta de tenerme de vuelta. Así tienes a alguien más a quien mirar ceñuda.
—La emperatriz os seguirá a donde vayáis —contestó ella.
—Lo hará, sí. Y yo la seguiré a donde vaya ella, supongo. Espero que eso no nos conduzca a dar demasiadas vueltas. —Inspeccionó la batalla.
El río no era terriblemente ancho —tal vez unos cincuenta espanes— pero la corriente era rápida y profunda a ambos extremos del vado. El agua representaba una buena barrera, y no sólo para los trollocs. El vado, sin embargo, ofrecía un cruce fácil, con el agua a la altura de la rodilla y lo bastante ancho para que al menos veinte filas de jinetes cruzaran a la vez.
En la lejana mitad del ejército sharaní, un hombre montaba un reluciente caballo blanco. Mat casi no lo veía con el visor; la resplandeciente armadura del hombre no se parecía a ninguna que Mat hubiera visto, aunque la distancia dificultaba distinguir detalles concretos.
—Supongo que ése es nuestro Renegado, ¿no? —preguntó y señaló con la ashandarei.
—Parece que llama a gritos al Dragón Renacido —dijo Galgan.
La voz de Demandred retumbaba a través del campo de batalla en aquel momento, ampliada con el Poder Único. Exigía que el Dragón apareciera y se enfrentara a él en duelo. Mat observó al tipo por el visor de lentes.
—Conque Demandred, ¿eh? ¿Se le ha ido un poco la chaveta o qué?
En fin, Mat sabía de qué sector de la jodida batalla tenía que mantenerse alejado. No había firmado para luchar con Renegados. De hecho, que él recordara, no había firmado para nada. Se había visto forzado a seguir adelante cada paso del jodido camino. A la fuerza, por lo general, y siempre por una estúpida mujer u otra.
Egwene podría vérselas con Demandred o quizá podrían hacerlo los Asha’man. Rand había dicho que los Asha’man ya no se volvían locos, pero ésa era una promesa vana. Cualquier hombre que quisiera encauzar Poder Único ya estaba loco, en opinión de Mat. Añadirles más demencia sería como echar té en una taza que ya estaba llena.
Al menos las damane de Tuon tenían a esas encauzadoras sharaníes ocupadas. Sin embargo, era imposible hacerse una idea clara de lo que estaba pasando. Había demasiada confusión.