El primer escuadrón seanchan era una unidad especial de choque que utilizaba una amplia variedad de armas, y sus hombres estaban entrenados para trabajar en equipo. Lanzas arrojadas por los jinetes de primera línea con mortífera precisión a las viseras de los sharaníes, y de las que un número sorprendente pasaba a través de las barras y se clavaba en las caras. Empujando detrás iban jinetes que blandían a dos manos espadas con hojas curvas y acertaban a dar con ellas en el hueco vulnerable que separaba los yelmos de la parte alta del peto o, en otras ocasiones, arremetiendo los pechos vulnerables de las monturas sharaníes protegidas con bardas, que al caer derribaban al suelo a sus jinetes. Otros seanchan usaban lanzas de armas con la hoja ganchuda para desmontar a los sharaníes de la silla mientras sus compañeros arremetían con mazas al enemigo, hundiendo armaduras hasta el punto de dificultar mucho los movimientos. Y cuando los sharaníes estaban en el suelo e intentaban incorporarse con dificultad, los rematadores caían sobre ellos; eran soldados equipados con armas ligeras cuyo trabajo era levantar las viseras de los yelmos de los caídos y clavar una fina daga en los ojos expuestos. Las lanzas de los sharaníes no servían para nada en tales circunstancias; de hecho, eran un estorbo, y muchos sharaníes murieron antes de poder tirar la lanza y desenvainar la espada.
Mat ordenó a uno de sus escuadrones de caballería que cabalgaran a lo largo del borde del agua hasta llegar al extremo izquierdo de la batalla, y que entonces girara alrededor de la caballería shienariana. Ya sin estar agobiada por la lanzas sharaníes, la infantería de la Torre Blanca, antes rodeada por el flanco izquierdo, pudo utilizar de nuevo las picas y las alabardas, y con la suma del esfuerzo del segundo y tercer escuadrón seanchan, las defensas se restablecieron poco a poco en el vado. Era un trabajo sucio y resbaladizo, ya que el suelo en varios cientos de pasos del río quedó machacado y se convirtió en una extensa zona de barro batido. Pero las fuerzas de la Luz aguantaron firmes, sin ceder terreno.
Mat se vio arrastrado a lo más intenso de la lucha, y la ashandarei no dejó de dar vueltas en ningún momento. Sin embargo, enseguida descubrió que su arma no era muy útil; unos cuantos movimientos amplios de vaivén hacia uno y otro lado dieron con carne vulnerable, pero casi todas las veces la cuchilla chocaba y rebotaba con la armadura de sus adversarios, y se vio obligado a agacharse y a hacer quiebros en la silla cada dos por tres para evitar que lo alcanzara una espada sharaní.
Mat avanzó poco a poco a través de la liza, y casi había llegado a las líneas de retaguardia de la caballería sharaní cuando se dio cuenta de que tres de sus compañeros ya no iban en las monturas. Algo muy extraño, porque no hacía ni un minuto que estaban en la silla. Otros dos se pusieron tensos y miraron en derredor, alertas. De repente, ambos estallaron en llamas y, chillando de dolor, se tiraron al suelo antes de quedar inmóviles. Mat miró a su derecha justo a tiempo de ver a un seanchan salir lanzado al aire cien pies hacia atrás por una fuerza desconocida.
Cuando se volvió, su mirada se encontró con la de una mujer bellísima. Iba ataviada con un extraño vestido de seda negra, de forma holgada y adornado con cintas blancas. Era una beldad de piel oscura, como Tuon, pero no había nada delicado en los pómulos altos y llamativos ni en la carnosa boca sensual de labios fruncidos haciendo un mohín. Hasta que se curvaron hacia arriba en una sonrisa; una sonrisa que no iba destinada a tranquilizarlo.
Mientras la mujer lo miraba fijamente, el medallón empezó a ponerse progresivamente frío y Mat soltó la respiración contenida.
Hasta ahora la suerte parecía estar con él, pero no quería presionarla demasiado, del mismo modo que uno no forzaría a su mejor caballo de carreras. Todavía iba a necesitar esa abundante suerte suya en días venideros.
Mat desmontó y caminó hacia ella al tiempo que la mujer daba un respingo y lo intentaba con otro tejido, abiertos los ojos de par en par por la sorpresa. Mat dio la vuelta a la ashandarei y la hizo girar de forma que la golpeó en las piernas con el astil y le hizo perder el equilibrio. Movió el astil, justo por debajo de la hoja, hacia la derecha y la golpeó en la parte posterior de la cabeza mientras caía.
La encauzadora se desplomó de bruces en el barro. Mat no tuvo tiempo de sacarla porque de repente se encontró frente a docenas de sharaníes. Diez soldados de Mat se colocaron a su alrededor y empujaron hacia adelante. Esos sharaníes sólo tenían espadas. Mat los mantuvo a raya haciendo girar astil y hoja, y tanto los seanchan como él lucharon con ferocidad.
El combate se convirtió en un remolino de armas arremetiendo, mientras su ashandarei lanzaba al aire pegotes de barro. Dos de los hombres de Mat levantaron a la mujer caída de bruces antes de que se asfixiara en el lodazal.
Mat siguió presionando hacia adelante.
Los hombres gritaron pidiendo refuerzos.
Paso a paso, aunque dados con cautela, avanzaron inevitablemente.
El suelo se estaba tiñendo de rojo.
Soldados sharaníes reemplazaban a los que morían, y los cadáveres de los caídos se hundían profundamente en el barro. A menudo los soldados eran tipos hoscos, pero todos esos sharaníes parecía que estuvieran personalmente decididos a acabar con él... Hasta que dejaron de llegar. Mat miró a su alrededor; sólo quedaban cuatro seanchan con él.
A despecho del caos del combate, Mat tuvo la sensación de ver las cosas con más claridad que antes. Y la pausa en la lucha le dio ocasión de actuar de nuevo como un comandante.
—Atad las manos a esa mujer a la espalda —dijo entre jadeos a los hombres que había a su alrededor—. Amordazadla y tapadle los ojos con trapos para que no hable ni vea nada. —Se limpió el sudor de la frente. Luz, podría llenar un segundo río de tanto que tenía—. Vamos a abrirnos paso de vuelta al vado con nuestra prisionera. Veré si puedo encontrar unas cuantas más de las jodidas damane que entren en batalla. Los sharaníes cometieron un error al dejar a una de sus encauzadoras sola en el campo de batalla. Pero salgamos de aquí antes de que aparezcan otras.
Mat sacudió la mano; se había roto una de las uñas y se había quebrado la delicada laca. Se volvió hacia un oficial seanchan, uno de los que habían combatido junto a él. El hombre tenía una expresión de asombro y arrobo, como si estuviera mirando al jodido Dragón Renacido en persona. Mat bajó la vista al suelo porque no le gustaba esa expresión del hombre, pero suponía que no era peor que mirar el barro empapado de sangre y cubierto de cadáveres sharaníes. ¿Cuántos había matado él?
—Alteza... —empezó el oficial—. Poderoso Señor, ningún hombre al servicio del imperio osaría cuestionar a la emperatriz, asi viva para siempre. Pero, si un hombre hubiera puesto en duda algunas de sus decisiones, ya no lo haría. ¡Príncipe de los Cuervos!
Alzó la espada dando lugar a que los que tenía detrás lanzaran un vítor.
—Buscaos algunas malditas lanzas de armas —dijo Mat—. Esas espadas están casi inservibles para soldados de infantería en esta batalla. —Se arrancó con los dientes un trozo de la molesta uña rota y la escupió a un lado—. Lo habéis hecho bien, soldados. ¿Alguien ha visto mi caballo?
Puntos se encontraba cerca y, tomando las riendas de su montura, se dirigió de vuelta al vado. Incluso se las arregló para mantenerse apartado de otras peleas casi todo el tiempo. Ese capitán seanchan le recordaba más de lo debido a Talmanes, y Mat ya tenía bastante gente siguiéndolo de aquí para allí.
«Me pregunto si jugará a los dados», pensó, absorto, mientras entraba en el agua; sus botas eran buenas, pero todas acababan por calar, y los pies hicieron un ruido húmedo, casi un chapoteo, dentro de las medias mientras cruzaba el vado con Puntos. A lo lejos se produjo una conmoción a su derecha, en la orilla, cuando lo que parecía una reunión de Aes Sedai empezaron a encauzar hacia el campo de batalla. Pero él no tenía intención de meter la nariz en sus asuntos. Tenía cosas más importantes en la cabeza.