Un poco más adelante, Mat vio a un hombre de pie junto a un árbol, vestido con pantalones amplios y una chaqueta de aspecto familiar. Se acercó a él y, tras una breve conversación, intercambió la ropa con él. Sintiéndose contento de haber recuperado su chaqueta de Dos Ríos, Mat subió a la silla, todavía con las piernas chorreado agua, y cabalgó de vuelta hacia donde había dejado a Tuon. Sus hombres habían llevado a la encauzadora sharaní, maniatada, amordazada y con los ojos vendados según sus órdenes. Luz, ¿qué iba a hacer con ella? Probablemente acabaría como damane.
Dejó a sus soldados y pasó entre los guardias —que ahora estaban situados en la base de la pequeña elevación— sin hacer más saludo que un leve cabeceo. El campo de batalla se extendía en su mente como era de verdad, no en pequeños dibujos en papel. Ahora veía el campo, oía a los hombres combatiendo, olía el aliento rancio del enemigo. Ahora era real para él.
—A la emperatriz le gustaría saber, con todo lujo de detalles, exactamente por qué habéis creído conveniente entrar en combate con tanta irresponsabilidad —dijo Selucia cuando él llegó a lo alto de la elevación—. Vuestra vida ya no os pertenece, Príncipe de los Cuervos. No podéis jugárosla como quizás hayáis hecho antes.
—Tenía que saber —dijo Mat mirando hacia abajo—. Tenía que tomarle el pulso a la batalla.
—¿Tomarle el pulso? —repitió Selucia.
Tuon hablaba a través de ella moviendo los dedos como una jodida Doncella Lancera. Mal asunto.
—Cada batalla tiene su propio pulso, Tuon —dijo Mat, todavía con la vista perdida a media distancia—. Nynaeve... A veces tomaba la muñeca de una persona para comprobar el ritmo del corazón, y desde ahí podía saber que algo no iba bien en los pies. Esto es lo mismo. Entra en combate, siente su movimiento. Entiéndelo...
Un sirviente con la cabeza medio afeitada se acercó a Tuon y les susurró algo a ella y a Selucia. Había llegado del vado.
Mat siguió mirando al vacío, recordando mapas, pero sobreponiéndoles el combate reaclass="underline" Bryne sin utilizar a Tylee en combate, exponiendo sus defensas del flanco izquierdo del vado, mandando a su caballería a una trampa.
La batalla se abrió a él y vio las tácticas, diez pasos por delante de lo que estaba ocurriendo. Era como leer el futuro, como lo que Min veía, sólo que con carne, sangre, espadas y tambores de guerra.
Mat emitió un gruñido.
—Gareth Bryne es un Amigo Siniestro —dijo luego.
—¿Que es qué? —farfulló Min.
—Esta batalla está a un paso de perderse —declaró Mat. Se volvió hacia Tuon—. Necesito control absoluto de nuestros ejércitos ahora mismo. Nada de discutir más con Galgan. Min, necesito que vayas a advertir a Egwene que ese Bryne está intentando perder la batalla. Tuon, será preciso que vaya ella en persona. Dudo que Egwene escuchara a cualquier otra persona.
Todos miraron a Mat con una expresión estupefacta; todos excepto Tuon, que le dirigió una de esas miradas suyas que hacían que el alma le temblara. Esas que lo hacían sentirse como si fuera un ratón que acaba de ser sorprendido en una estancia, por lo demás, inmaculadamente limpia. Esas que lo hacían sudar más de lo que había sudado en combate.
«Vamos —pensó—. No queda tiempo.» Ahora lo veía, igual que un inmenso juego de guijas. Los movimientos de Bryne eran complejos y sutiles, pero el resultado final sería la destrucción del ejército de Egwene.
Él podía impedirlo. Pero tenía que actuar ya.
—Que así sea —dijo Tuon.
Sus palabras provocaron casi tanta sorpresa como el anuncio de Mat. El capitán general Galgan parecía como si prefiriera tragarse sus botas antes que tenerlo a él al mando. Min se encontró conducida por un grupo de sirvientes y soldados, y emitió una especie de gruñido de irritación.
Tuon acercó su montura al caballo de Mat.
—Me han contado —dijo en voz baja— que hace unos minutos, en la batalla, no sólo has reclamado una marath’damane para ti, sino que también has elevado a uno de nuestros oficiales a la Sangre baja.
—¿En serio? —preguntó Mat, pasmado—. No recuerdo haber hecho eso.
—Tiraste una de tus uñas a sus pies.
—Oh. Eso... Vale, puede que lo hiciera. Por casualidad. Y lo de la «encauzadora»... Maldita sea, Tuon. No era mi intención que ella... Supongo. Bueno, que puedes quedarte con ella.
—No, está bien que tengas una para ti —dijo Tuon—. No puedes entrenarla, por supuesto, pero hay muchas sul’dam que estarán deseosas de tener esa oportunidad. No es frecuente que un hombre capture personalmente a una damane en el campo de batalla. Es muy, muy poco frecuente. Aunque yo estoy enterada de tu particular ventaja, otros la desconocen. Esto aumentará muchísimo tu reputación.
Mat se encogió de hombros. ¿Qué otra cosa podía hacer? Tal vez, si la damane le pertenecía, podría dejarla libre o algo por el estilo.
—Haré que se traslade al oficial al que has ascendido para que sea tu servidor personal —dijo Tuon—. Tiene un buen historial, quizá demasiado bueno. Se lo asignó a ese servicio en el vado porque se lo consideraba... una parte potencial de una facción que habría hecho movimientos contra nosotros. Ahora no deja de dedicarte alabanzas. Ignoro qué hiciste para que cambiara de opinión. Parece que posees una habilidad especial en ese campo.
—Esperemos que tenga también esa habilidad especial para convertir en victoria una derrota —rezongó Mat—. Esto va muy mal, Tuon.
—Nadie más lo cree. —Ella lo dijo con cuidado, en realidad sin discutir con él. Exponiendo un hecho.
—Tengo razón, de todas formas. Ojalá no la tuviera, pero la tengo. La tengo, maldita sea.
—Si no es así, perderé influencia.
—No la perderás —afirmó Mat, que encabezó la marcha de vuelta al campamento seanchan, unas cuantas millas al norte, a paso vivo—. Tal vez te lleve a una mala decisión de vez en cuando; pero, al final, ten la seguridad de que apostar por mí siempre es seguro.
30
El método del depredador
Consternados, Perrin y Gaul hicieron otra ronda por el campamento de Egwene; al menos, lo poco que de él se reflejaba en el Sueño del Lobo. Su ejército se había visto obligado a retroceder hacia el este, lejos, y las tiendas no llevaban puestas tiempo suficiente junto al río para reflejarse con fuerza en el Sueño del Lobo. Los lobos habían visto a Graendal allí, pero Perrin no había conseguido sorprenderla en lo que quiera que estuviese haciendo.
Ya eran tres veces las que Verdugo había intentado atacar en la Perforación, y los lobos le habían advertido a Perrin. Todas esas veces, Verdugo se había retirado antes de que él llegara. Ese hombre los estaba poniendo a prueba. Era el método del depredador, observar al rebaño para encontrar a los débiles.
Al menos su plan con los lobos había funcionado. El tiempo pasaba muy despacio en la Perforación y en consecuencia —necesariamente— se movía con mayor lentitud a medida que se acercaba a Rand. Eso le daba a Perrin una oportunidad de llegar a tiempo hasta él.
—Hemos de poner sobre aviso a los demás sobre Graendal —dijo Perrin, parado en el centro del campamento—. Debe de estar comunicándose con Amigos Siniestros en nuestros campamentos.
—¿Y si fuéramos a la Perforación? Allí conseguiste hablar con Nynaeve Sedai.
—Tal vez —dijo Perrin—. No sé si sería buena idea distraer a Nynaeve otra vez, si tenemos en cuenta lo que está haciendo.