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Perrin se dio la vuelta y observó los petates que aparecían y desaparecían en el Sueño del Lobo. Gaul y él habían comprobado si en Merrilor estaba el acceso, pero no vieron ninguno. Si quería volver al mundo de vigilia tendría que acampar allí y esperar durante horas. Eso le parecía una gran pérdida de tiempo.

Ojalá supiera cómo realizar el cambio para volver al mundo real por sí mismo. Lanfear había dado a entender que tendría que ser capaz de averiguar cómo hacerlo, pero la única pista que tenía para descubrirlo residía en Verdugo. Perrin intentó recordar el momento en que el hombre había desaparecido con un cambio. ¿Había percibido él algo especial? ¿Un indicio de cómo hacía lo que hacía Verdugo?

Meneó la cabeza. Lo había pensado una y otra vez sin llegar a ninguna conclusión. Con un suspiro, lanzó una pregunta a los lobos.

¿Alguna señal de La que busca corazones?, proyectó esperanzado.

Los lobos le hicieron llegar su regocijo. Les había estado preguntando con demasiada frecuencia.

Entonces, ¿habéis visto campamentos de dos patas?, transmitió.

A eso recibió una respuesta vaga. Los lobos prestaban atención a los hombres sólo para evitarlos; en el Sueño del Lobo eso no tenía mucha importancia. Con todo, donde se congregaban hombres a veces las pesadillas campaban por sus respetos, por lo que los lobos habían aprendido a mantenerse a distancia.

A Perrin le habría gustado saber cómo iban las otras batallas. ¿Qué pasaba con el ejército de Elayne, con sus hombres, con lord y lady Bashere? Perrin se llevó a Gaul de allí; corrían con veloces zancadas, más que saltar de inmediato a un sitio. Perrin quería pensar.

Cuanto más tiempo permanecía en persona en el Sueño del Lobo, más tenía la sensación de que debería saber cómo regresar con un cambio. Su cuerpo parecía comprender que ese lugar no era natural para él. No había dormido allí a pesar de... ¿Cuánto tiempo había pasado? No tenía ni idea. Casi habían acabado con las raciones, aunque su impresión era que Gaul y él sólo llevaban unas cuantas horas en el Sueño del Lobo. Parte de esa sensación se debía a los frecuentes acercamientos a la Perforación para comprobar el clavo de sueños, pero en general era muy fácil perder la noción del tiempo.

También notaba un molesto cansancio que iba en aumento. No sabía si podría dormir en ese lugar. Su cuerpo quería descanso, pero había olvidado cómo encontrarlo. Le recordaba un poco cuando Moraine les había borrado la fatiga mientras huían de Dos Ríos, todo ese tiempo atrás. Dos años, ahora.

Dos años muy largos.

Lo siguiente que hicieron Perrin y Gaul fue inspeccionar el campamento de Lan. Era incluso más efímero que el de Egwene; utilizar el Sueño del Lobo para vigilancia no tenía sentido. Lan se movía con mucha caballería y los repliegues eran rápidos. Sus hombres y él no permanecían en un lugar el tiempo suficiente para que se reflejara en el Sueño del Lobo salvo de un modo muy, muy efímero. No había ni rastro de Graendal.

Aan’allein— también se bate en retirada —dedujo Gaul mientras examinaba el rocoso terreno donde creían que estaba el campamento de Lan.

No había tiendas allí, sólo alguna aparición fugaz de círculos para dormir, marcados por un poste en el centro, donde los jinetes manearían los caballos. Gaul alzó la cabeza y recorrió el paisaje con la mirada, hacia el oeste.

—Si siguen retrocediendo desde aquí —comentó luego—, acabarán llegando de nuevo a Campo de Merrilor. Quizá sea ésa su meta.

—Quizá —dijo Perrin— Quiero visitar el frente de batalla de Elayne y...

Joven Toro, llamó un lobo. A Perrin le resultó de algún modo familiar la «voz». Ella está aquí.

¿Aquí?, pro. ¿La que busca corazones?

Ven.

Perrin agarró a Gaul por el brazo. Cambio. Aparecieron lejos, al norte. ¿Graendal estaba en Shayol Ghul? ¿Intentaba irrumpir en la caverna y matar a Rand?

Llegaron al saliente que se asomaba al valle. Gaul y él se tiraron de inmediato al suelo y se asomaron con cautela por el borde para inspeccionar el valle. Un viejo lobo canoso apareció al lado de Perrin. Conocía a ese lobo, estaba seguro; el olor le era familiar, pero no lograba ponerle nombre, y el lobo no había proyectado ninguno.

—¿Dónde? —susurró Perrin—. ¿Está ella dentro de la caverna?

No. Allí.

El lobo canoso proyectó una imagen de tiendas apiñadas en el valle, justo debajo de la entrada de la caverna. No la había vuelto a ver en ese valle desde la primera vez que Perrin la había sorprendido allí.

Las tropas de Ituralde habían permanecido en Thakan’dar el tiempo suficiente para que las tiendas se volvieran más y más estables en el Sueño del Lobo. Cambio. Con cuidado, Perrin se trasladó abajo. Gaul y el lobo se reunieron con él mientras Perrin avanzaba a hurtadillas dejándose conducir por la proyección del lobo.

Allí, proyectó el lobo señalando con el hocico una tienda grande que había en el centro. Perrin ya había visto a Graendal antes en esa tienda, la de Rodel Ituralde.

Perrin se quedó inmóvil cuando el faldón de la entrada se movió con un quedo susurro. Graendal salió. Su aspecto era como la vez anterior, con un gesto pétreo en el feo semblante.

Perrin creó un muro fino y pintado para que lo ocultara, pero no tendría que haberse molestado, pues Graendal creó de inmediato un acceso y salió al mundo de vigilia. Allí era de noche aunque, estando cerca de la Perforación, el tiempo transcurría a un ritmo tan extraño que podría no significar gran cosa para el resto del mundo.

Perrin veía la misma tienda, al otro lado del acceso, en la oscuridad, con dos guardias domani apostados delante. Graendal movió una mano y los dos se pusieron más firmes y la saludaron.

El acceso empezó a cerrarse a la par que Graendal se metía en la tienda. Perrin vaciló. Cambio. Se trasladó justo delante del acceso. Tenía un instante para tomar una decisión. ¿La seguía?

No. Debía mantenerse alerta a la aparición de Verdugo. Sin embargo, al estar tan cerca, notó algo... una conciencia. Pasar a través de ese acceso sería como...

Como despertar.

El acceso se cerró. Perrin sintió una punzada de pesar, pero sabía que su obligación era permanecer en el Sueño del Lobo. Podía decirse que allí Rand estaba indefenso contra Verdugo; necesitaría su ayuda.

—Tengo que mandar aviso —dijo Perrin.

Supongo que yo podría llevar ese mensaje de tu parte, Joven Lobo, proyectó el lobo sin nombre.

Perrin se quedó paralizado y luego giró sobre sí mismo con rapidez.

—¡Elyas! —señaló.

Aquí soy Diente Largo, Joven Lobo, proyectó Elyas con regocijo.

—Creí oírte decir que no venías aquí.

Dije que evitaba venir. Este lugar es extraño y peligroso. Ya tengo cosas extrañas y peligros de sobra en el otro mundo, pero alguien tenía que vigilarte, estúpido cachorro. El lobo se sentó en las patas traseras.

Perrin sonrió. Los pensamientos de Elyas eran una extraña mezcla de lobo y humano. Su modo de proyectar era muy lobuno, pero el modo en que pensaba en sí mismo era demasiado personal, demasiado humano.

—¿Cómo va la lucha? —preguntó con ansiedad Perrin.

Gaul se situó cerca para vigilar, alerta, por si aparecían Graendal o Verdugo. El campo de batalla ante ellos —el área del valle— estaba tranquilo por una vez. Los vientos habían encalmado, el polvo del arenoso piso se agitaba en pequeños remolinos y ondas. Como agua.

No sé nada de los otros campos de batalla, proyectó Elyas. Y nosotros, los lobos, nos mantenemos apartados de los dos patas. Luchamos aquí y allí, en la periferia de la batalla. Sobre todo, hemos atacado a los Degenerados y a los Nonacidos al otro lado del cañón, donde no hay dos patas excepto esos extraños Aiel.