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Es una lucha durísima. Exterminador de la Sombra debe hacer deprisa su trabajo. Hemos aguantado cinco días, pero es posible que no duremos mucho más.

Cinco días allí, en el norte. Tenía que haber pasado mucho más tiempo en el resto del mundo desde que Rand había entrado para enfrentarse con el Oscuro. El propio Rand estaba tan cerca de la Perforación que era probable que para él hubiesen pasado sólo horas, tal vez minutos. Perrin notaba cómo cambiaba el discurrir del tiempo cuando él se aproximaba a donde Rand combatía.

—Ituralde —dijo Perrin, al tiempo que se rascaba la barba—. Es uno de los grandes capitanes.

Sí. Algunos lo llaman «Pequeño Lobo», proyectó Elyas con un efluvio divertido.

—Bashere está con el ejército de Elayne —continuó Perrin—. Y Gareth Bryne está con Egwene. Agelmar se encuentra con los fronterizos y Lan.

No lo sé.

—Yo sí. Cuatro frentes de batalla. Cuatro grandes capitanes. Eso es lo que está haciendo esa mujer.

—¿Graendal? —preguntó Gaul.

—Sí —afirmó Perrin con creciente ira—. Les está haciendo algo, les cambia la mente, los pervierte. Le oí decir algo... Sí. Eso es, estoy seguro. En lugar de que sus propios ejércitos combatan contra los nuestros, planea hundir a los grandes capitanes. Elyas, ¿sabes cómo puede un hombre entrar y salir en persona del Sueño del Lobo?

Aun en el caso de que lo supiera, que no lo sé, no te enseñaría. ¿Nadie te ha dicho que es algo terrible, peligroso, lo que haces?, dijo Elyas con un gruñido.

—Muchos. ¡Luz! Tengo que poner sobre aviso a Bashere. Tengo...

—¡Perrin Aybara! —llamó Gaul, que señaló—. ¡Él está aquí!

Perrin giró sobre sus talones para ver un manchón oscuro desplazarse como el rayo hacia la entrada de la Fosa de la Perdición. Unos lobos gimieron y murieron. Otros aullaron e iniciaron la caza. Esta vez, Verdugo no retrocedió.

El método del depredador. Dos o tres arremetidas rápidas para determinar los puntos débiles y después un ataque total.

—¡Despierta! —llamó Perrin a Elyas mientras remontaba la cuesta—. ¡Advierte a Elayne, a cualquiera que puedas! Y, si no puedes, detén a Ituralde de algún modo. Los grandes capitanes están corrompidos. ¡Una de las Renegadas les controla la mente y no hay que fiarse de sus tácticas!

Lo haré, Joven Lobo, proyectó Elyas, y desapareció.

—¡Ve con Rand, Gaul! —bramó Perrin—. ¡Protege el camino que lleva hasta él! ¡No dejes que ninguno de esos velos rojos pase!

Perrin hizo aparecer el martillo en sus manos y, sin esperar respuesta —cambio—, se lanzó a enfrentarse con Verdugo.

Rand luchaba con Moridin, espada contra espada, delante de la negrura que era la esencia del Oscuro. De algún modo, la fría extensión era algo infinito y vacuo a la vez.

Rand estaba tan henchido de Poder Único que casi reventaba. Necesitaría esa fuerza en la lucha ulterior. De momento resistía en el combate de espada contra espada con Moridin. Manejaba Callandor como un arma física, luchaba como si lo hiciera con una espada hecha de luz parando y desviando las arremetidas de Moridin.

Cada paso que daba dejaba una huella de sangre en el suelo. Nynaeve y Moraine se aferraban a las estalagmitas como si algo las zarandeara, un viento que Rand no sentía. Nynaeve cerró los ojos. Moraine miraba fijamente al frente, como si estuviera decidida a no apartar la vista, costara lo que costara.

Rand desvió el último golpe de Moridin y las armas soltaron chispas. Durante la Era de Leyenda, él siempre había sido el mejor espadachín de los dos.

Ahora había perdido una mano, pero gracias a Tam eso ya no importaba, como anteriormente lo había hecho. Y también estaba herido. Ese sitio... Ese sitio cambiaba las cosas. Las rocas del suelo parecían moverse, y a menudo lo hacían tropezar. El aire olía a cerrado y era seco, y a continuación era húmedo y con olor a moho. El tiempo se deslizaba alrededor de ellos como una corriente. Rand tenía la impresión de que podía verlo. Allí, cada golpe se alargaba instantes, mientras que fuera pasaban las horas.

Alcanzó a Moridin en el brazo y la sangre salpicó la pared.

—Mi sangre y la tuya —dijo Rand—. A ti te debo esta herida del costado, Elan. Creías ser el Oscuro, ¿no es verdad? ¿Te ha castigado por eso?

—Sí —gruñó Moridin—. Me hizo volver a la vida.

Moridin se lanzó arremetiendo con un violento golpe a dos manos. Rand retrocedió y detuvo el impacto con Callandor, pero había calculado mal la inclinación del suelo. O había sido eso, o la pendiente había cambiado para él. Rand dio un traspié y el impacto lo obligó a hincar una rodilla en tierra.

Espada contra espada. La pierna de Rand resbaló hacia atrás y rozó la negrura que tenía a su espalda y que esperaba como un estanque de tinta.

Todo se volvió negro.

En la cumbre de la loma, justo al norte de Cairhien, el lejano canto Ogier le resultaba muy reconfortante a Elayne, que estaba hundida en la silla de montar.

Las mujeres que había a su alrededor no se encontraban en mejores condiciones físicas que ella. Había reunido a todas las Allegadas que podían mantener asido el Saidar — por débiles o cansadas que estuvieran— y había formado dos círculos con ellas. Tenía doce en su círculo, pero la fuerza colectiva en el Poder en ese momento era poco más que la de una única Aes Sedai.

Elayne había dejado de encauzar con intención de dar un respiro a las mujeres para que se recuperaran. La mayoría se dobló sobre las sillas o se sentó en el suelo. Al frente se extendía una línea de combate irregular. Hombres que luchaban con desesperación delante de las lomas cairhieninas tratando de resistir contra la marea de trollocs.

Su victoria sobre el ejército trolloc del norte había sido efímera, pues ahora estaban dispersos, exhaustos y en serio peligro de acabar rodeados por el que había llegado del sur.

—Casi lo conseguimos —dijo Arganda a su lado al tiempo que meneaba la cabeza—. Casi lo logramos.

En el yelmo llevaba una pluma que había pertenecido a Gallenne. Elayne no había estado allí cuando el comandante mayeniense había caído.

Ésa era la parte frustrante: habían estado muy, muy cerca. A pesar de la traición de Bashere, a pesar de la llegada inesperada de la fuerza del sur, casi lo habían logrado. Si hubiera tenido más tiempo para situar a sus hombres, si ellos hubieran podido tomarse un pequeño respiro entre derrotar al ejército septentrional y luego dar media vuelta para enfrentarse al meridional...

Pero no era ése el caso. Cerca, los orgullosos Ogier luchaban para proteger los dragones, pero también los iban desbordando poco a poco. Las antiguas criaturas habían empezado a desplomarse, derribados por los trollocs como árboles talados. Uno tras otro, sus cantos se cortaban.

Arganda se sujetaba el costado con la mano; tenía el semblante demacrado y apenas era capaz de hablar. A Elayne no le quedaban fuerzas para Curarlo.

—Esa Guardiana vuestra es una fiera en el campo de batalla, majestad. Sus flechas vuelan como la propia luz. Juraría que... —Arganda sacudió la — cabeza. Puede que nunca volviera a empuñar una espada, incluso si lo Curaban.

Habría que haberlo enviado con los otros heridos... a algún sitio. En realidad no había adónde llevarlo; las encauzadoras se hallaban demasiado agotadas para hacer accesos.

Los suyos se estaban desmoronando. Los Aiel combatían en grupos, los Capas Blancas se encontraban casi rodeados, y la situación de la Guardia del Lobo no era mucho mejor. La caballería pesada de la Legión del Dragón todavía luchaba, pero la traición de Bashere los había destrozado.