De vez en cuando, un dragón disparaba. Aludra había vuelto a subirlos a la cima de la loma más alta, pero les faltaba munición y las encauzadoras no tenían fuerza para abrir accesos a Baerlon para hacer acopio de más huevos de dragón. Aludra había disparado esquirlas metálicas de los trozos de armaduras hasta que la pólvora empezó a escasear. Ahora les quedaba sólo suficiente para alguno que otro disparo esporádico.
Los trollocs arremeterían contra sus líneas en cualquier momento como leones voraces y harían pedazos a su ejército. Elayne observaba desde la cima de una loma, protegida por diez mujeres de su guardia real. El resto había ido a combatir. Los trollocs abrieron brecha a través de los Aiel al este de su posición, cerca de la de los dragoneros. Las bestias cargaron loma arriba y mataron a los pocos Ogier defensores que había en ese lado, lanzando rugidos de victoria mientras los dragoneros desenvainaban sus sables y se disponían a defenderse con gesto sombrío.
Elayne no estaba dispuesta a dejar que le arrebataran los cañones. Hizo acopio de fuerza a través del círculo; a su alrededor las mujeres gimieron. Consiguió absorber sólo un hilillo de Poder, mucho menos de lo que esperaba, y dirigió Fuego a los trollocs que iban en cabeza.
Su ataque trazó un arco en el aire hacia los Engendros de la Sombra. Se sentía como si intentara detener una tormenta escupiendo al viento. Esa única bola de fuego alcanzó su meta.
La tierra explotó debajo, desgarrando la ladera y lanzando al aire docenas de trollocs.
Elayne dio un respingo, lo que causó que Sombra de Luna rebullera bajo ella. Arganda masculló una maldición.
Alguien cabalgó hacia ella en un gran caballo negro, como si hubiera surgido del humo. El hombre era alto y fornido y el oscuro cabello ondulado le caía hasta los hombros. Logain parecía estar más delgado de lo que ella recordaba de la última vez que lo había visto; tenía las mejillas hundidas, pero su rostro seguía siendo atractivo.
—Logain —dijo, sorprendida.
El Asha’man hizo un gesto brusco. Sonaron explosiones por todo el campo de batalla. Elayne se volvió para ver a más de un centenar de hombres de chaqueta negra que marchaban a través de un enorme acceso en lo alto de la loma donde se encontraba ella.
—Que esos Ogier retrocedan —dijo Logain. Su voz quebrada sonaba bronca. Esos ojos suyos ahora parecían más oscuros de lo que habían sido antaño—. Defenderemos esta posición.
Elayne parpadeó y después hizo un gesto de asentimiento a Arganda para que transmitiera la orden.
«Logain no debería darme órdenes a mí», pensó distraídamente. De momento, lo dejó estar.
Logain hizo dar la vuelta a su caballo y cabalgó al borde de la cumbre para observar al ejército. Sintiéndose entumecida, Elayne lo siguió. Los trollocs caían mientras los Asha’man organizaban ataques extraños, accesos que parecían trabados al suelo de algún modo. Salían en tromba y mataban Engendros de la Sombra.
—No estáis en buenas condiciones físicas —gruñó Logain.
Ella se obligó a hacer trabajar la mente. Los Asha’man estaban allí.
—¿Os ha enviado Rand?
—Nos hemos enviado nosotros solos —repuso Logain—. La Sombra ha estado planeando esta trampa desde hace mucho tiempo, según las notas que encontré en el estudio de Taim. Acabo de descifrarlas ahora mismo. —La miró—. Vinimos a vos primero. La Torre Negra está con el León de Andor.
—Tenemos que sacar a mi gente de ahí —dijo Elayne, obligando a su cerebro a pensar a través de la nube de fatiga. Su ejército necesitaba una reina—. ¡Por los pechos de una madre lactante! Esto va a pasarnos factura. —Probablemente perdería a la mitad de sus efectivos en la retirada. Mejor la mitad que todos ellos—. Empezaré a traer de vuelta a mis hombres en filas. ¿Podéis hacer suficientes accesos que nos conduzcan a un lugar seguro?
—Eso no será un problema —contestó Logain, absorto, con la mirada prendida en la zona baja de la ladera. Su rostro impasible habría impresionado a cualquier Guardián—. Pero será una matanza. No hay espacio para una buena retirada, y vuestras líneas se irán debilitando más y más a medida que las hagáis retroceder. Las últimas filas acabarán arrolladas y perecerán.
—No veo que haya otra opción —espetó Elayne, exhausta.
¡Luz! Había llegado en su ayuda y ahí estaba ella, hablándole con brusquedad. «Basta ya.» Se serenó y se sentó más erguida antes de añadir:
—Me refiero a que vuestra llegada, aunque os estoy muy agradecida por venir, no puede cambiar una batalla que está perdida hace tiempo. Cien Asha’man no conseguirán detener a cien mil trollocs por sí solos. Si pudiéramos situar mejor a nuestras líneas de combate y tener aunque sólo fuera un corto descanso para mis hombres... Pero no. Eso es imposible. Hemos de replegarnos... A menos que vos seáis capaz de hacer un milagro, lord Logain.
El hombre sonrió, tal vez porque ella se había dirigido a él con el título de «lord».
—¡Androl! —voceó Logain.—
Un Asha’man de mediana edad se acercó presuroso, seguido por una Aes Sedai rellenita.
«¿Pevara?», pensó Elayne, demasiado agotada para encontrarle sentido. ¿Una Roja?
—Milord... —dijo el hombre llamado Androl.
—Necesito retrasar a ese ejército de trollocs el tiempo suficiente para que el ejército se reagrupe y se alinee, Androl. ¿Qué nos costará un milagro?
—Bueno, milord, eso depende —repuso Androl mientras se frotaba el mentón—. ¿Cuántas de esas mujeres que están sentadas ahí atrás pueden encauzar?
Fue como algo salido de la Era de Leyenda.
Elayne había oído contar los grandiosos logros realizados por grandes círculos de hombres y mujeres. A todas las mujeres de la Torre Blanca les daban clase sobre esas hazañas del pasado, historias de otros tiempos, de tiempos mejores. Tiempos en los que una mitad del Poder Único no había sido algo que temer y en los que las dos mitades de un todo habían trabajado juntas para crear maravillas increíbles.
No estaba segura de que esos días de leyenda hubieran vuelto realmente. Desde luego, las Aes Sedai de aquella era no habían estado tan agobiadas, tan desesperadas. Pero lo que hicieron ahora dejó a Elayne impresionada.
Se unió al círculo, con lo que quedó compuesto por un total de catorce mujeres y doce hombres. A ella apenas le quedaba fuerza que dar, pero su hilillo se sumó a un caudal cada vez mayor. Y, lo que era más importante, en un círculo debía haber al menos una mujer más que los hombres que lo formaban, y, ahora que ella se había unido a él, Logain podía entrar el último de todos y añadir su considerable fuerza al flujo.
A la cabeza del círculo estaba Androl, una elección extraña. Al estar dentro del círculo, Elayne percibía su relativa fuerza. Era extremadamente débil, más que muchas mujeres a las que se rechazaba en la Torre y se les negaba el chal por su falta de talento innato.
Elayne y los demás se habían trasladado al otro extremo de la batalla. Los restantes Asha’man contenían la horda trolloc atacante mientras Androl se preparaba. Lo que quiera que hiciera, tendría que ser rápido. A Elayne todavía le costaba creer que pudiera hacerse algo. Incluso con todo ese poder, incluso con los trece hombres y las catorce mujeres trabajando juntos.
—Luz —susurró Androl, situado entre el caballo de Elayne y el de Logain—. ¿Es esto lo que se siente siendo uno de vosotros? ¿Cómo podéis manejar tanto Poder Único? ¿Cómo evitáis que os abrase, que os consuma?
Pevara apoyó la mano en su hombro en un gesto que era inequívocamente tierno. Elayne casi era incapaz de enlazar dos pensamientos en medio de su fatiga, pero aun así se quedó estupefacta. Nunca habría esperado ver en una Roja afecto por un hombre capaz de encauzar.
—Haced que los soldados retrocedan —dijo Androl en voz baja.
Elayne dio la orden, preocupada. El hombre que tenía al lado jamás había manejado este tipo de poder. Era algo que podía subírsele a alguien a la cabeza; ella había visto pasar eso. Quisiera la Luz que ese hombre supiera lo que hacía.