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—¡Ino!

—¡Ya iba siendo hora de que viniera alguien, puñetas! —Ino se puso firme y la saludó con respeto—. ¡Madre, estábamos es un jodido aprieto ahí!

—Lo vi. —Egwene rechinó los dientes—. Estaba en las colinas cuando os atacaron. Hicimos cuanto pudimos, pero eran demasiados. ¿Cómo escapasteis?

—¿Que cómo puñetas salimos, madre? ¡Cuando los hombres empezaron a caer a nuestro alrededor y nos figuramos que estábamos en las últimas, salimos a todo galope de allí como si un puñetero relámpago nos hubiera caído de lleno en el maldito culo! ¡Llegamos al puto río zumbando, nos quedamos en cueros, saltamos al agua y nadamos como si nos fuera la maldita vida en ello, porque nos iba, madre, con el debido respeto!

Mientras Ino hablaba y blasfemaba, el mechón de la coronilla se le sacudía de lado a lado, y Egwene habría jurado que el ojo pintado en el parche adquiría un color rojo más intenso.

Ino hizo una profunda inhalación y prosiguió, algo más apaciguado.

—No lo entiendo, madre. Algún mensajero cabeza de cabra nos dijo que las Aes Sedai de las colinas se encontraban en apuros y que teníamos que ir por la jodida retaguardia de los trollocs y atacarlos. Yo dije que quién iba a cubrir el flanco izquierdo del río y, ya de paso, nuestros jodidos flancos cuando atacáramos a los trollocs, y él contestó que el general Bryne ya se había encargado de eso, que la caballería de reserva ocuparía nuestra posición en el río y los illianos cubrirían nuestros putos flancos. Y menuda protección eran, anda que... ¡Un condenado escuadrón, como si una puñetera mosca intentara repeler a un maldito halcón! Oh, y nos estaban esperando, como si supieran que íbamos. No, madre, esto no puede ser culpa de Gareth Bryne, nos la ha jugado algún traidor revienta cabras y chupa leche! ¡Con el debido respeto, madre!

—No puedo creerlo, Ino. Acaban de decirme que el general Bryne hizo venir a una legión de caballería seanchan. Puede que simplemente llegara tarde. Lo aclararemos todo cuando encontremos al general. Entretanto, lleva a tus hombres al campamento para que podáis descansar como es debido. La Luz sabe que os lo habéis ganado.

Ino asintió con la cabeza, y Egwene cabalgó de vuelta al campamento.

Usando el sa’angreal de Vora, Egwene tejió Aire y Agua, entrelazándolos. Un embudo de agua se alzó en el aire, sacado del río. Egwene lanzó el tornado de agua a los trollocs que empezaban a atacar el flanco izquierdo de su ejército en la orilla kandoresa del río. Su tromba de agua pasó a través de ellos. No era lo bastante fuerte para levantar a ninguno en el aire —Egwene carecía de la energía necesaria para conseguir tal cosa—, pero los arrastró hacia atrás, con las manos en la cara.

Detrás de ella y de las otras Aes Sedai situadas en la orilla arafelina del río, los arqueros disparaban andanadas de flechas al cielo. Ésas no oscurecían el cielo como le habría gustado a ella —no eran tantas—, pero derribaban más de un centenar de trollocs con cada tanda.

A un lado, Pylar y otras dos Marrones —todas ellas partidarias del uso de los tejidos de Tierra— hicieron que el suelo saltara en pedazos debajo de los trollocs lanzados a la carga. Desplegadas cerca de ella, Myrelle y un numeroso contingente de Verdes tejían bolas de fuego que lanzaban por encima del agua a los apretujados grupos de trollocs, muchos de los cuales siguieron corriendo un trecho considerable antes de desplomarse envueltos en llamas.

Los trollocs aullaban y rugían, pero continuaban su incesante avance contra los defensores en la orilla del río. En cierto momento, varias filas de caballería seanchan salieron de las líneas defensivas y atacaron de frente la violenta arremetida trolloc. Ocurrió tan deprisa que a muchos de los trollocs les fue imposible levantar siquiera las lanzas antes de que se produjera el contacto; grandes ringleras del enemigo de las primeras líneas cayeron. Los seanchan viraron hacia un lado y regresaron a su posición en el río.

Egwene siguió encauzando, obligándose a trabajar a pesar del agotamiento. Pero los trollocs no renunciaban; estaban furiosos y atacaban a los humanos con frenesí. Egwene oía los gritos claramente por encima del ruido del viento y el agua.

Así que los trollocs se habían enfurecido, ¿verdad? Bien, pues no sabrían lo que era cólera hasta que hubieran sentido la de la Sede Amyrlin. Egwene absorbió más y más Poder hasta llegar casi al límite de su habilidad. Dio calor a la tromba, de modo que el agua hirviente quemó ojos, manos, corazones de trollocs. Se sorprendió chillando también, con el sa’angreal de Vora alzado ante sí como una lanza.

Transcurrió lo que a ella le parecieron horas. Finalmente, exhausta, permitió que Gawyn la convenciera para que se retirara un tiempo. Gawyn fue a buscar su caballo y, cuando regresó, Egwene miró al otro lado del río.

No cabía duda: el flanco izquierdo de su ejército había tenido que retroceder otros treinta pasos. Incluso con la ayuda de las Aes Sedai, estaban perdiendo la batalla.

Ya era muy tarde para buscar a Gareth Bryne.

Cuando Egwene y Gawyn regresaron al campamento, desmontó y le pasó las riendas del caballo a Leilwin encargándole que lo utilizara para ayudar a transportar a los heridos. Eran muchísimos a los que habían cargado a través del vado a terreno seguro, soldados ensangrentados que iban desplomados en los brazos de amigos.

Por desgracia, no tenía fuerza para Curar, cuanto menos para abrir un acceso por el que enviar a los heridos a Tar Valon o a Mayene. La mayoría de las Aes Sedai que no estaban ocupadas en la ribera del río tampoco parecían encontrarse en mejor estado.

—Egwene —susurró Gawyn—. Una amazona. Seanchan. Parece una noble.

«¿Alguien de la Sangre?», pensó Egwene, que se puso de pie y miró hacia donde apuntaba Gawyn. Al menos a él le quedaba bastante fuerza para seguir estando alerta. No alcanzaba a entender por qué cualquier mujer andaría por ahí, voluntariamente, sin un Guardián que la respaldara.

La mujer que se aproximaba llevaba delicadas sedas seanchan, y a Egwene se le revolvió el estómago al verla. Esas ricas galas eran posibles gracias a la existencia de encauzadoras esclavizadas, obligadas a la obediencia al Trono de Cristal. La mujer era de la Sangre, desde luego, ya que un contingente de Guardias de la Muerte la acompañaba.

«Tienes que ser muy importante para que...»

—¡Luz! —exclamó Gawyn—. ¿Ésa es Min?

Egwene se quedó boquiabierta. Lo era.

Min se acercó a caballo, ceñuda.

—Madre —saludó a Egwene al tiempo que inclinaba la cabeza en medio de sus guardias de oscura armadura y rostros pétreos.

—Min... ¿Te encuentras bien? —preguntó Egwene.

«Cuidado, no reveles demasiada información.» ¿Era Min una cautiva? No podía haberse unido a los seanchan, ¿verdad?

—Oh, sí, estupendamente —repuso Min con acritud—. Me han mimado, me han metido en estos ropajes y me han ofrecido todo tipo de alimentos delicados... en cierto modo. Podría añadir que, entre los seanchan, delicado no significa necesariamente sabroso. Y tendríais que ver las cosas que beben, Egwene.

—Las he visto —dijo Egwene, que no pudo evitar que la voz le sonara fría.

—Oh. Sí. Supongo que sí. Madre, tenemos un problema.

—¿Qué clase de problema?

—Bueno, depende de hasta dónde llegue vuestra confianza en Mat.

—Confío en su capacidad para buscar problemas —contestó Egwene—. Confío en su capacidad para encontrar bebida y juego, vaya a donde vaya.

—¿Y para dirigir un ejército?

Egwene vaciló. ¿Confiaba en su capacidad para eso?

Min se inclinó hacia adelante y echó una ojeada a los Guardias de la Muerte, que no parecían dispuestos a permitirle que se acercara más a Egwene.

—Egwene —dijo en voz baja—, Mat cree que Bryne está conduciendo a vuestro ejército a la destrucción. Dice que... Dice que cree que Bryne es un Amigo Siniestro.