Así era Mat. Había rezongado y mascullado todo el invierno porque la gente se burlaba de él y había repetido que la próxima vez los dejaría ahogarse y se acabó. Pero, en el momento en que había visto a alguien en peligro, había vuelto a lanzarse de cabeza al agua. Egwene todavía recordaba a un Mat desgarbado saliendo del río dando traspiés y al pequeño Jer aferrado a él y boqueando con una expresión de puro terror en los ojos.
Jer se había hundido sin hacer ruido alguno. A Egwene nunca se le había ocurrido que pudiera pasar algo así. La gente que empezaba a ahogarse no chillaba ni escupía ni gritaba «socorro». Simplemente se hundía bajo el agua mientras parecía que todo iba bien y no pasaba nada. A menos que Mat estuviera cerca, vigilante.
«Vino a rescatarme a la Ciudadela de Tear», pensó. Claro que también había intentado salvarla de las Aes Sedai, poco dispuesto a creer que era la Amyrlin.
Así pues, ¿cuál de las dos cosas pasaba ahora? ¿Se estaba ahogando o no? Min le había preguntado hasta dónde llegaba su confianza en Mat.
«Luz, confío en él. Soy una necia, pero es así.» Mat podía estar equivocado. A menudo lo estaba.
Pero, cuando tenía razón, salvaba vidas.
Egwene se obligó a incorporarse. Se tambaleó levemente y Gawyn se acercó a su lado. Ella le dio unas palmaditas en el brazo y luego se apartó. No dejaría que el ejército viera a su Amyrlin tan débil que tenía que apoyarse en alguien para no caer.
—¿Qué informes tenemos de los otros frentes de batalla?
—Hoy no hay gran cosa —contestó Gawyn, que frunció el entrecejo—. De hecho, todo ha estado muy tranquilo.
—Se supone que Elayne lucha en Cairhien —dijo Egwene—. Era una batalla importante.
—Estará demasiado ocupada para mandar información.
—Quiero que envíes a un mensajero por un acceso. Necesito saber cómo va la batalla.
Gawyn asintió y se alejó deprisa. Cuando se hubo ido, Egwene caminó a un paso regular hasta que encontró a Silviana, que iba con un par de hermanas Azules.
—¿Y Bryne? —preguntó Egwene.
—Está en la tienda comedor —dijo Silviana—. Acaban de decírmelo. He enviado a un corredor para que le diga que permanezca allí hasta que lleguéis vos.
—Vamos.
Caminaron hacia la tienda, el espacio cubierto más grande —con mucho— del campamento, y lo vio nada más entrar. No estaba comiendo, sino de pie junto a la mesa de campaña del cocinero, con mapas extendidos encima. La mesa olía a las cebollas que probablemente habían cortado allí infinidad de veces. Yukiri tenía abierto un acceso en el suelo para mirar desde arriba el campo de batalla. Lo cerró al ver llegar a Egwene. No lo dejaban abierto mucho tiempo, ya que los sharaníes estaban pendientes de verlo abrirse y con tejidos preparados para lanzarlos a través de él.
—Reúne a la Antecámara de la Torre —le dijo Egwene a Silviana—. Que regresen todas las Asentadas que puedas encontrar. Que vengan todas aquí, a esta tienda, tan pronto como sea posible.
Silviana asintió; su rostro no denotaba ni asomo del desconcierto que debía de sentir. Se alejó presurosa y Egwene tomó asiento en la tienda.
Siuan no se encontraba allí; seguramente estaría ayudando con las Curaciones otra vez. Eso la tranquilizó, porque no le habría gustado intentar lo que iba a hacer teniendo a Siuan lanzándole miradas airadas. Tal como estaban las cosas, el que la preocupaba era Gawyn. Quería a Bryne como a un padre, y ya percibía a través del vínculo la ansiedad que lo atenazaba.
Iba a tener que enfocar aquello con mucha delicadeza, y no quería empezar hasta que la Antecámara hubiera llegado. No podía acusar a Bryne, pero tampoco podía pasar por alto la advertencia de Mat. Era un sinvergüenza, pero confiaba en él. La Luz la amparara, pero era la verdad. Le confiaría su vida. Y en el campo de batalla habían pasado cosas raras.
Las Asentadas se reunieron con relativa prontitud. Tenían a su cargo todo lo relacionado con la guerra, y se reunían a diario por las noches para recibir informes y explicaciones tácticas de Bryne y sus comandantes. A Bryne no pareció extrañarle que acudieran a verlo ahora; siguió con su tarea.
Muchas de las mujeres le dirigieron a Egwene miradas de curiosidad al entrar. Ella las saludó con un ligero gesto de cabeza en un intento de transmitir el peso de la Sede Amyrlin.
Por fin, llegaron suficientes Asentadas para que Egwene decidiera empezar. No debía perder más tiempo. Necesitaba descartar de la mente las acusaciones de Mat de una vez por todas, o tenía que actuar de acuerdo con ellas.
—General Bryne —dijo—, ¿os encontráis bien? No nos ha sido fácil dar con vos.
Él alzo la vista y parpadeó. Tenía los ojos rojos.
—Madre —dijo; hizo una inclinación de cabeza a las Asentadas—. Estoy cansado, pero probablemente no más que vos. He recorrido todo el campo de batalla para atender todo tipo de detalles; ya sabéis cómo es esto.
Gawyn entró en ese momento con pasos precipitados.
—Egwene —dijo, pálido el semblante—. Problemas.
—¿Qué pasa?
—Yo... —Hizo una profunda inhalación—. El general Bashere se ha vuelto contra Elayne. ¡Luz! Es un Amigo Siniestro. La batalla se habría perdido de no ser porque los Asha’man llegaron en el último momento.
—Pero ¿qué dices? —exclamó Bryne, que había alzado la vista de los mapas—. ¿Bashere, un Amigo Siniestro?
—Sí.
—Imposible —afirmó Bryne—. Fue compañero del lord Dragón durante meses. No lo conozco bien, pero... ¿un Amigo Siniestro? No puede ser.
—Es un tanto irrazonable de asumir... —opinó Saerin.
—Podéis hablar con la propia reina, si gustáis —contestó Gawyn con firmeza—. Lo he oído de sus propios labios.
El silencio se adueñó de la tienda. Las Asentadas se miraron unas a otras con gestos de preocupación.
—General —le dijo Egwene a Bryne—, ¿cómo es que enviasteis dos unidades de caballería a protegernos de los trollocs en las colinas, al sur de aquí, mandándolas a una trampa y dejando el flanco izquierdo del grueso del ejército desprotegido?
—¿Que cómo ha sido, decís, madre? —preguntó Bryne—. Era evidente que estabais a punto de ser arrolladas, cualquiera podía verlo. Sí, hice que abandonaran el flanco izquierdo, pero moví a las reservas illianas para cubrir esa posición. Cuando vi que la unidad de caballería sharaní se separaba para atacar el flanco derecho de Ino, envié a los illianos para interceptarla; era la maniobra correcta. ¡No sabía que habría tantos sharaníes! —Alzó la voz hasta hablar a gritos, pero se calló; le temblaban las— manos—. Cometí un error. No soy perfecto, madre.
—Eso fue algo más que un error —intervino Faiselle—. Acabo de volver de hablar con Ino y los otros supervivientes de esa masacre de la caballería. Ino dice que pudo oler la trampa tan pronto como sus hombres y él empezaron a galopar hacia las hermanas, pero que vos le habíais prometido ayuda.
—Ya os he dicho que le envié refuerzos, sólo que no esperaba que los sharaníes enviaran una fuerza tan grande. Además, lo tenía todo bajo control. Había pedido una legión de caballería seanchan para reforzar nuestras tropas; se suponía que debían ocuparse de esos sharaníes. Los organicé al otro lado del río. ¡Pero no esperaba que tardaran tanto!
—Sí —dijo Egwene, endureciendo la voz—. Esos hombres, tantos miles de ellos, quedaron atrapados entre los trollocs y los sharaníes, sin posibilidad de escapar. Los perdisteis, y sin una buena razón que lo justifique.
—¡Tenía que sacar a las Aes Sedai de allí! —repuso Bryne—. Son nuestro recurso más valioso. Perdón, madre, pero vos me habéis insistido en cuanto a ese punto.
—Las Aes Sedai podrían haber esperado —declaró Saerin—. Yo estaba allí. Sí, necesitábamos salir, nos estaban presionando, pero aguantábamos, y podríamos haber aguantado más tiempo.
»Dejasteis que miles de buenos hombres murieran, general Bryne. ¿Y sabéis la peor parte? No era necesario. Dejasteis a todos esos seanchan aquí, al otro lado del vado, esperando vuestra orden de que atacaran. Pero esa orden no llegó nunca, ¿verdad, general? Los abandonasteis, igual que abandonasteis a nuestra caballería.