Ese agujero era extraordinario. Mat se encontraba justo al borde, mirando el mundo desde arriba, contando las compañías y los escuadrones mientras tomaba nota mentalmente de sus posiciones. Se preguntó qué habría hecho Classen Bayor con un acceso así. Tal vez la Batalla de Kolesar habría tenido un desenlace distinto. Nunca habría perdido a su caballería en la ciénaga, eso seguro.
Las fuerzas de Mat seguían conteniendo a las de la Sombra en la frontera oriental de Kandor, pero él no estaba contento con la situación actual. La naturaleza de la trampa de Bryne había sido sutil y tan difícil de detectar como una araña de flor amarilla agazapada en un pétalo. Así era como Mat lo había comprendido. Hacía falta ser un verdadero genio militar para poner al ejército en tan mala situación sin que pareciera estarlo. Ese tipo de cosas no ocurrían por casualidad.
Mat había perdido más hombres de los que quería contar. Su gente estaba sufriendo una gran presión contra el río, y Demandred —a despecho de que siguiera bramando por el Dragón Renacido— no dejaba de poner a prueba las defensas de Mat tratando de encontrar un punto débil, mandando un asalto de caballería pesada contra un lado, luego un ataque de arqueros sharaníes y una carga trolloc por el otro. En consecuencia, Mat tenía que mantener una vigilancia constante sobre los movimientos de Demandred para poder contrarrestarlos a tiempo.
La noche no tardaría en caer. ¿Se retiraría la Sombra? Los trollocs podían luchar en la oscuridad, pero probablemente esos sharaníes no. Mat dio otra tanda de órdenes, y los mensajeros galoparon a través de accesos para transmitirlas. Parecía que sólo habían pasado unos instantes cuando sus tropas, allá abajo, respondieron.
—Tan rápido... —musitó Mat.
—Esto cambiará el mundo —dijo el general Galgan—. Los mensajeros pueden responder al instante; los comandantes pueden observar las batallas y planear sobre la marcha.
Mat mostró su acuerdo con un gruñido.
—Sin embargo —replicó—, apuesto que habrá que esperar toda la puñetera noche para que llegue la cena de la tienda de comedor.
Cosa increíble, Galgan sonrió. Era como ver un peñasco partirse por la mitad.
—Decidme, general —intervino Tuon—. ¿Qué juicio os merecen las habilidades de nuestro consorte?
—Ignoro dónde lo encontrasteis, Altísima Señora, pero es un diamante de gran valor. Lo he observado estas últimas horas mientras rescataba a las fuerzas de la Torre Blanca. A pesar de su estilo poco... convencional, rara vez he visto un jefe de combate tan dotado como él.
Tuon no sonrió, pero Mat notó en sus ojos que se sentía complacida. Eran unos ojos bonitos. Y, de hecho, con Galgan comportándose de una forma menos hosca, a lo mejor no sería un lugar tan malo para vivir, después de todo.
—Gracias —dijo entre dientes a Galgan cuando los dos se inclinaron por el agujero para estudiar el campo de batalla allá abajo.
—Me considero un hombre sincero, mi príncipe —contestó Galgan, que se frotó la mejilla con un dedo calloso—. Serviréis bien al Trono de Cristal. Sería una lástima veros asesinado demasiado pronto. Me aseguraré de que los primeros que mande por vos estén poco entrenados, para que así podáis pararlos con facilidad.
Mat notó que se había quedado boquiabierto. El hombre decía aquello con absoluta franqueza, casi con afecto. ¡Como si estuviera planeando hacerle un favor al intentar asesinarlo!
—Los trollocs que están ahí —señaló un grupo de bestias, abajo— se retirarán enseguida.
—Estoy de acuerdo —convino Galgan.
—Tendremos que ver qué hace Demandred con ellos. —Mat se rascó el mentón—. Me preocupa que los sharaníes intenten meter a escondidas a algunas de sus marath’damane en nuestro campamento durante la noche. Demuestran una entrega extraordinaria a su causa. O una estúpida indiferencia por su supervivencia.
Las Aes Sedai y las sul’dam no eran precisamente apocadas, pero por lo general eran precavidas. Por el contrario, los encauzadores sharaníes eran cualquier cosa menos prudentes, sobre todo los hombres.
—Conseguidme algunas damane para que creen luces en el río — dijo Mat—. Que el campamento quede en aislamiento, con un círculo de damane separadas a intervalos, atentas a que alguien encauce. Nadie tiene que encauzar, ni siquiera para encender una puñetera vela.
—A las... Aes Sedai quizá no les guste eso —opinó el general Galgan.
También él titubeó antes de usar las palabras «Aes Sedai». Habían empezado a utilizar esa denominación en lugar de marath’damane por orden de Mat, orden que él había esperado que Tuon rescindiera. No lo había hecho.
Tylee entró en el recinto. Alta y con la cara marcada por una cicatriz, la mujer de tez oscura caminaba con la confianza de quien ha sido militar durante mucho tiempo. Llevaba la ropa manchada de sangre y la armadura abollada; se postró delante de Tuon. Su legión había recibido una paliza ese día, y probablemente ella se sentía como una alfombra después de que un ama de casa le hubiera dado una buena tunda con el sacudidor.
—Me preocupa nuestra posición aquí. —Mat volvió junto al agujero y se agachó para mirar abajo.
Como había pronosticado, los trollocs empezaban a retroceder.
—¿En qué sentido? —preguntó el general Galgan.
—Hemos exprimido a nuestras encauzadoras hasta la médula —explicó Mat—. Y tenemos el río a la espalda, una posición difícil de defender a largo plazo, sobre todo contra un ejército tan numeroso. Si encauzan algunos accesos y mueven parte del ejército sharaní a este lado del río durante la noche, podrían aplastarnos.
—Entiendo lo que decís. —Galgan meneó la cabeza—. Dada su impresionante potencia combativa, seguirán desgastándonos hasta que estemos tan débiles que podrán echarnos un lazo al cuello y apretarlo.
Mat miró directamente a Galgan.
—Creo que ha llegado el momento de que abandonemos esta posición —declaró.
—Estoy de acuerdo en que ésa parece ser la única medida razonable que podemos tomar. —El general asintió con la cabeza—. ¿Por qué no elegir un campo de batalla más conveniente para nosotros? ¿Vuestras amigas de la Torre Blanca aceptarían un repliegue?
—Veremos. —Mat se incorporó—. Que alguien vaya en busca de Egwene y las Asentadas.
—No vendrán —dijo Tuon—. Las Aes Sedai no se reunirán con nosotros aquí. Y dudo que esa Amyrlin acepte que yo vaya a su campamento con la protección que requeriría mi desplazamiento.
—Bien. —Mat movió la mano hacia el acceso en el suelo, que la damane estaba cerrando—. Usaremos un acceso y hablaremos a través de él, como si fuera una puerta.
Tuon no hizo objeciones, por lo que Mat envió mensajeros. Se tardó un poco en hacer los preparativos, pero a Egwene pareció gustarle bastante la idea. Tuon se entretuvo durante la espera haciendo que movieran el trono al otro extremo del recinto; Mat no tenía ni idea de por qué. Después empezó a darle la lata a Min.
—¿Y éste? —preguntó Tuon mientras un larguirucho miembro de la Sangre entraba y hacía una reverencia.
—Se casará pronto —respondió Min.
—Antes tienes que dar el augurio, y la interpretación después, si quieres —dijo Tuon.
—Sé exactamente lo que significa ese augurio —protestó Min. Estaba instalada en un trono más pequeño al lado del de Tuon. Iba tan engalanada con delicadas telas y encajes que podrían haberla confundido con un ratón escondido en un fardo de seda—. A veces lo sé de inmediato y...
—Darás primero el augurio —la interrumpió Tuon sin cambiar el tono de voz—. Y te dirigirás a mí como Altísima Señora. Es un gran honor el que se te concede al poder hablar conmigo directamente. Que el comportamiento del Príncipe de los Cuervos no te sirva de modelo.