Min guardó silencio, pero no parecía acobardada. Había pasado demasiado tiempo cerca de Aes Sedai para dejarse amedrentar por Tuon. Eso le dio que pensar a Mat. Él ya tenía una ligera idea de lo que Tuon podría ser capaz si Min llegaba a disgustarla. La amaba. Luz, estaba muy seguro de que la amaba. Pero también se permitía tenerle un poco de miedo.
Tendría que estar pendiente para que Tuon no decidiera «educar» a Min.
—El augurio para ese hombre —dijo Min, que controlaba el tono de voz con cierta dificultad, al parecer— es una puntilla de encaje blanco ondeando en un estanque. Sé que significa su matrimonio en un futuro próximo.
Tuon asintió con la cabeza y movió los dedos hacia Selucia. El hombre del que hablaban pertenecía a la Sangre baja, un rango que no era lo bastante alto para hablar directamente con Tuon. Inclinó tanto la cabeza hacia el suelo al hacer la reverencia que parecía estar fascinado con escarabajos y tratar de recoger un espécimen.
—Lord Gokhan de la Sangre —dijo Selucia, poniendo voz a las palabras de Tuon— será trasladado al frente de batalla. Tiene prohibido casarse hasta que este conflicto acabe. Los augurios han hablado y vivirá bastante tiempo para encontrar una esposa, por lo cual estará protegido.
Min torció el gesto y abrió la boca, probablemente para hacer alguna objeción sobre que aquello no funcionaba así. Mat logró menear la cabeza cuando Min lo miró y ella dio marcha atrás.
Tuon hizo que entrara el siguiente. Era una joven soldado que no pertenecía a la Sangre. La mujer tenía la tez clara y un rostro que no era nada feo, si bien Mat no podía apreciar gran cosa de lo que había debajo de esa armadura. De hecho, las armaduras de los hombres y las de las mujeres no se diferenciaban gran cosa, lo cual era una pena. Mat le había preguntado a un armero seanchan si ciertas zonas del peto de las mujeres no deberían estar «realzadas», por así decir, y el armero lo había mirado como si fuera imbécil. Luz, esta gente no tenía sentido de la moralidad. Un tipo necesitaba saber si estaba luchando contra una mujer en el campo de batalla. Era lo lógico.
Mientras Min daba los augurios, Mat se sentó en su silla y puso los pies en la mesa de los mapas a la vez que sacaba la pipa del bolsillo. Era bastante guapa, esa soldado, aunque no pudiera ver las partes importantes. Podría ser una buena pareja para Talmanes. Ese hombre dedicaba muy poco tiempo a mirar a las mujeres. Talmanes era tímido cuando había mujeres cerca, vaya si lo era.
Mat hizo caso omiso de las miradas de los que lo rodeaban cuando inclinó la silla hacia atrás, dejándola apoyada en dos patas; plantó bien los talones en la mesa y llenó la pipa. Qué susceptibles podían ser los seanchan.
No estaba seguro sobre la opinión que le merecía el hecho de que tantas mujeres seanchan fueran soldados. Muchas de ellas le recordaban a Birgitte, lo cual le parecía bien. Mat preferiría pasar una velada en la taberna con ella que con la mitad de los hombres que conocía.
—Serás ejecutada —dijo Tuon a través de Selucia, dirigiéndose a la soldado.
Faltó poco para que Mat se cayera de la silla. Agarró la mesa que tenía delante, y las patas de la silla golpearon con fuerza en el suelo.
—¿Qué? —demandó Min—. ¡No!
—Viste el signo del jabalí blanco —dijo Tuon.
—¡Pero no sé el significado!
—El jabalí es el símbolo de un Handoin, uno de mis rivales en Seanchan —explicó Tuon con paciencia—. El jabalí blanco es un augurio de peligro, quizá de traición. Esta mujer trabaja para él o lo hará en el futuro.
—¡No podéis ejecutarla!
Tuon parpadeó una vez y miró fijamente a Min. El recinto pareció oscurecerse, helarse. Mat se estremeció. No le gustaba cuando Tuon se ponía así. Esa mirada suya... Parecía la de otra persona. Una persona sin compasión. Una estatua tenía más vida en ella.
Cerca, Selucia movió los dedos hacia Tuon y ella los miró, tras lo cual asintió con la cabeza.
—Eres mi Palabra de la Verdad —le dijo a Min, aunque casi a regañadientes—. Puedes corregirme en público. ¿Ves un error en mi decisión?
—Sí, lo veo —contestó Min sin alterarse—. No usáis mi habilidad como deberíais.
—¿Y cómo debería hacerlo? —preguntó Tuon.
La soldado a quien había condenado a muerte seguía postrada en el suelo, tendida boca abajo. No había hecho objeción alguna; con su rango no podía dirigirse a la emperatriz. Pertenecía a una clase social tan baja que incluso hablarle a otra persona en presencia de Tuon sería un agravio.
—Lo que alguien «podría» hacer no es motivo para matar a esa persona —dijo Min—. No es mi intención faltaros al respeto; pero, si vais a matar gente por lo que yo os diga, no hablaré.
—Se te puede obligar a hacerlo.
—Intentadlo —replicó Min con voz queda. Mat dio un brinco. Maldición, Min mostraba un aire tan frío como el de Tuon un momento antes—. Veremos cómo os trata el Entramado, emperatriz, si torturáis a la portadora de augurios.
Entonces Tuon sonrió.
—Le estás tomando el gusto a esto —le dijo a Min—. Explícame lo que quieres, portadora de augurios.
—Os diré lo que veo —contestó Min—. Pero, de ahora en adelante, las interpretaciones, ya sean las mías o las que vos leáis en las imágenes, han de llevarse a cabo con discreción. Tratar esos temas entre las dos sería lo mejor. Podéis vigilar a alguien por algo que yo haya visto, pero no castigarlo a menos que lo sorprendáis haciendo algo. Dejad libre a esta mujer.
—Que así sea —asintió Tuon—. Eres libre —dio Voz a través de Selucia—. Vive siendo leal al Trono de Cristal. Se te estará vigilando.
La mujer se incorporó, hizo una profunda reverencia y después salió del recinto con la cabeza inclinada. Mat atisbó un hilillo de sudor que se deslizaba por un lado de la cara. Así que no era una estatua.
Se volvió a mirar a Tuon y a Min. Todavía estaban las dos con la mirada trabada. No había cuchillos, pero la sensación era como si alguien hubiera sido apuñalado. Ojalá Min aprendiera a mostrar un poco más de respeto. Uno de estos días iba a tener que sacarla a la rastra de la compañía de los seanchan, un paso por delante del verdugo; de eso no le cabía duda.
Un acceso se abrió de repente en el aire, en el lado del recinto donde Tuon había indicado que debería hacerse. De pronto se le ocurrió a Mat la razón de que se hubiera cambiado el trono de sitio. Si hubieran capturado a cualquiera de las damane o de los mensajeros que entraban en el puesto de mando y lo hubieran obligado a decir dónde se sentaba Tuon, una Aes Sedai podría haber abierto un acceso justo donde estuviera el trono y la habría partido en dos. Era tan improbable que daba risa —una Aes Sedai volaría antes que matar a alguien que no fuera un Amigo Siniestro—, pero Tuon no corría riesgos.
El acceso se abrió y dejó a la vista a las Asentadas de la Antecámara de la Torre reunidas en una tienda. Detrás de ellas, Egwene estaba acomodada en un gran sillón. El solio de la Sede Amyrlin, comprendió Mat. «Rayos y centellas... Ha hecho que vayan a buscarlo.»
Egwene tenía aspecto de estar agotada, aunque se le daba bien ocultarlo. Las otras no se encontraban en mejor estado. Las Aes Sedai habían estado esforzándose hasta el límite. Si Egwene fuera un soldado, Mat no la habría mandado a la batalla. Rayos y centellas... Si tuviera un soldado con ese tono en la piel y esa mirada en los ojos, le habría ordenado al tipo que se fuera a la cama durante una semana.
—Sentimos curiosidad por saber el propósito de esta reunión —dijo Saerin con voz calmada.
Silviana ocupaba un sillón más pequeño, al lado de Egwene, y las otras hermanas se habían agrupado por Ajahs. Faltaban algunas, incluida una de las Amarillas, según las cuentas de Mat.
Tuon le hizo un gesto con la cabeza. Él tenía que dirigir la reunión. Él la saludó con una ligera inclinación del sombrero, por lo que se ganó que ella enarcara una ceja... a medias. El aire peligroso había desaparecido, aunque seguía siendo la emperatriz.