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—Aes Sedai —saludó Mat mientras se ponía de pie; también saludó a las Asentadas tocándose el sombrero—. El Trono de Cristal agradece que hayáis entrado en razón y nos dejéis dirigir la jodida batalla.

A Silviana se le desorbitaron los ojos como si alguien acabara de darle un pisotón. Con el rabillo del ojo, Mat captó un atisbo de sonrisa en los labios de Tuon. Rayos y truenos, las dos ya tendrían que saber que no deberían animarlo de ese modo.

—Tan elocuente como siempre, Mat —dijo Egwene con sequedad—. ¿Todavía conservas tu mascota, el zorro?

—En efecto. Está acurrucado en su sitio, cómodo y calentito.

—Cuídalo bien —le aconsejó Egwene—. No querría verte sufrir la suerte de Gareth Bryne.

—Así que era Compulsión, ¿verdad? —preguntó Mat.

Egwene le había mandado aviso.

—Es lo que creemos que ha pasado —contestó Saerin—. Me han dicho que Nynaeve Sedai puede ver los tejidos en la mente de una persona, pero ninguna de nosotras sabe cómo hacerlo.

—Tenemos a nuestras Curadoras examinando a Bryne —dijo una fornida Aes Sedai domani—. De momento, no podemos fiarnos de ningún plan de batalla en el que él haya intervenido, al menos hasta que determinemos cuánto tiempo lleva dominado por la Sombra.

—Es lógico —contestó Mat—. Además, tenemos que retirar nuestras fuerzas del vado.

—¿Por qué? —demandó Lelaine—. Hemos logrado estabilizarnos aquí.

—No lo bastante bien —dijo Mat—. No me gusta este terreno y no deberíamos combatir donde no nos interesa hacerlo.

—No me gusta la idea de ceder una pulgada más a la Sombra —arguyó Saerin.

—El paso que cedemos ahora, puede aportarnos dos mañana —fue la respuesta de Mat.

El general Galgan se mostró de acuerdo con un murmullo, y Mat comprendió que acababa de citar a Hawkwing.

Saerin frunció el entrecejo. Al parecer las otras dejaban que fuera ella la que llevara la voz cantante en la reunión. Egwene, sentada detrás y con los dedos enlazados ante sí, apenas intervenía.

—Probablemente tendría que deciros que nuestro gran capitán no fue el único objetivo de la Sombra. Davram Bashere y lord Agelmar también intentaron conducir a sus respectivos ejércitos a la destrucción. Elayne Sedai hizo un gran trabajo en su batalla y destruyó un gran número de trollocs, pero lo consiguió sólo gracias a la llegada de la Torre Negra. Los fronterizos han sido aplastados, y han perdido casi dos tercios de sus efectivos.

Mat se quedó helado. ¿Dos tercios? ¡Luz! Los fronterizos se contaban entre las mejores tropas que tenía la Luz.

—¿Y Lan? —preguntó.

—Lord Mandragoran está vivo —contestó Saerin.

Bueno, eso ya era algo.

—¿Y qué ha pasado con el ejército de la Llaga?

—Lord Ituralde cayó en batalla —repuso Saerin—. Nadie parece saber con certeza qué le ocurrió.

—Todo esto estaba muy bien planeado —dijo Mat, cuya mente trabajaba a toda velocidad—. Rayos y centellas. Intentaban aplastar los cuatro frentes de batalla al mismo tiempo. No me puedo imaginar la cantidad de coordinación que haría falta...

—Como ya he comentado —intervino Egwene en voz queda—, debemos tener mucho cuidado. Mantén ese zorro tuyo cerca, a todas horas.

—¿Qué piensa hacer Elayne? —inquirió Mat—. ¿Sigue teniendo el mando de los ejércitos?

—En este momento Elayne Sedai se ocupa de ayudar a los fronterizos —repuso Saerin—. Nos ha explicado que podemos dar por perdida Shienar, y ha encargado a los Asha’man que trasladen el ejército de lord Mandragoran a un lugar seguro. Ella planea llevar mañana a su ejército a través de accesos para contener a los trollocs en la Llaga.

—No —contestó Mat, que negó con la cabeza—. Tenemos que agruparnos todos para presentar una defensa unificada. —Vaciló un momento—. ¿Podríamos traerla a través de uno de estos accesos? Al menos para estar en contacto con ella.

Las Aes Sedai no tuvieron nada que objetar a esa idea. Poco después, otro acceso se abría en la tienda donde estaban reunidas Egwene y las Asentadas. A pesar del hinchado vientre por el embarazo, Elayne avanzó a zancadas, con los ojos casi echando fuego. Detrás de ella, Mat atisbó soldados desmadejados que caminaban penosamente a través de un campo de batalla bajo un oscuro anochecer.

—Luz —dijo Elayne—. Mat, ¿qué es lo que quieres?

—¿Has ganado tu batalla? —le preguntó él.

—A duras penas, pero sí. Los trollocs han sido destruidos en Cairhien. La ciudad también está a salvo.

—Bien —aprobó Mat—. Necesito replegarnos de nuestra posición aquí.

—De acuerdo. Quizá podamos combinar vuestra fuerza con lo que queda de los fronterizos.

—Quiero hace algo más que eso, Elayne —declaró Mat, que se acercó—. Esta estratagema que organizó la Sombra... era muy astuta, Elayne. Jodidamente astuta. Estamos sangrando y casi destrozados. Ya no podemos permitirnos el lujo de combatir en varios frentes.

—Entonces, ¿qué?

—Un último reducto de resistencia —contestó con suavidad—. Todos nosotros, juntos, en un sitio donde el terreno nos favorezca.

Elayne guardó silencio y alguien le llevó una silla para que se sentara junto a Egwene. Mantenía la apostura de una reina, pero el cabello despeinado y la ropa quemada en varios sitios revelaban por lo que había pasado. Mat olía el humo procedente del campo de batalla, donde el acceso seguía abierto.

—Eso suena desesperado —dijo por fin Elayne.

—Porque lo estamos —apuntó Saerin.

—Deberíamos preguntar a nuestros comandantes... —Elayne dejó la frase sin acabar—. Si es que queda alguno del que se pueda esperar razonablemente que no está sometido a la Compulsión.

—Sólo hay uno —dijo Mat con gravedad mientras le sostenía la mirada—. Y te está diciendo que estamos acabados si seguimos como ahora. El plan anterior era muy bueno, pero después de los efectivos que hemos perdido hoy... Elayne, estamos muertos a menos que elijamos un lugar donde reunirnos, resistir y luchar.

Una última tirada de dados. Elayne permaneció pensativa un tiempo.

—¿Dónde? —preguntó por fin.

—¿Tar Valon? —sugirió Gawyn.

—No —replicó Mat—. Lo asediarían y seguirían adelante. No puede ser una ciudad donde nos quedaríamos atrapados. Lo que nos interesa es un territorio que funcione a nuestro favor, así como una tierra que no pueda alimentar a los trollocs.

—Bueno, un lugar en las Tierras Fronterizas debería servir para eso —dijo Elayne con una mueca—. El ejército de Lan ha quemado casi todas las ciudades y los campos por los que ha pasado para privar de recursos a los trollocs.

—Mapas —ordenó Mat con un gesto de la mano—. Que alguien me consiga mapas. Necesitamos una ubicación al sur de Shienar o Arafel. Algún lugar lo bastante cerca para que le resulte tentador a la Sombra, un sitio en el que pueda combatirnos a todos juntos...

—Mat, ¿y eso no le facilitará lo que quiere? —preguntó Elayne—. ¿Una ocasión para aniquilarnos a todos?

—Sí —respondió con suavidad Mat mientras las Aes Sedai le mandaban mapas; tenían marcas, anotaciones que parecían hechas por la mano del general Bryne, a juzgar por lo que decían—. Tenemos que ser un objetivo tentador. Tenemos que atraerlos, combatirlos y, una de dos: derrotarlos o perecer en el intento.

Una lucha prolongada le vendría bien a la Sombra. Una vez que los trollocs suficientes llegaran a las tierras meridionales, no habría forma de pararlos. Tenían que ganar o perder con rapidez.

Una última tirada a los dados. Y tanto que sí.

Mat señaló un punto en los mapas, un sitio que Bryne tenía con anotaciones. Buen abastecimiento de agua, buen punto de confluencia de colinas y ríos.

—Este sitio... Merrilor. ¿Lo habéis estado utilizando como un depósito de abastecimiento?

Saerin soltó una suave risita.