Se encontraba al lado de Logain, el cabecilla de los Asha’man, y de Havien Nurelle, el nuevo comandante de la Guardia Alada. Talmanes, de la Compañía de la Mano Roja, subía penosamente con unos cuantos comandantes de los saldaeninos y de la Legión del Dragón. A corta distancia estaba sentado Haman, un Mayor de los Ogier; contemplaba fijamente el ocaso, con aire aturdido.
—Majestad —repitió Arganda—, soy consciente de que consideráis esto una gran victoria...
—Es que es una gran victoria —se adelantó Elayne—. Debemos persuadir a los hombres de que lo vean así. Hace menos de ocho horas, yo daba por hecho que todo nuestro ejército acabaría exterminado. Hemos vencido.
—Al precio de la mitad de nuestros efectivos —apuntó con suavidad Arganda.
—Seguiré considerando el resultado como una victoria —insistió Elayne—. Esperábamos una destrucción total.
—La única que ha sacado provecho hoy ha sido la muerte —comentó Nurelle en voz queda. Parecía angustiado.
—No —intervino Tam al’Thor—, ella tiene razón. Las tropas tienen que entender lo que se ha conseguido merced a la pérdida de tantas vidas. Hemos de enfocar esto como una victoria. Ha de recordarse así en los relatos, y a los soldados hay que convencerlos para que lo vean de ese modo.
—Eso es una mentira —dijo Galad, sorprendiéndose a sí mismo.
—No lo es —rebatió al’Thor—. Hoy hemos perdido muchos amigos. Luz, todos nosotros los hemos perdido. Sin embargo, que centremos la atención en la muerte es lo que el Oscuro quiere que hagamos. Os reto a que rebatáis mis palabras y digáis que me equivoco. Debemos mirar y ver Luz, no Sombra, o acabará engulléndonos a todos.
—Al vencer aquí —manifestó Elayne, que puso énfasis a propósito en la palabra «vencer»—, hemos ganado tiempo para darnos un respiro. Nos reuniremos en Merrilor, nos atrincheraremos allí y les plantaremos cara en ese último reducto.
—Luz —susurró Talmanes—. Vamos a pasar por lo mismo otra vez, ¿no es cierto?
—Sí, lo es —admitió Elayne a regañadientes.
Galad volvió la vista hacia los campos de muerte y se estremeció.
—Merrilor será peor —dijo luego—. La Luz nos ampare... Va a ser mucho peor.
33
El tabaco del príncipe
Perrin perseguía a Verdugo por el cielo.
Saltó desde una nube tormentosa, entre negra y plateada, en pos de Verdugo, que era una imagen borrosa en el cielo encendido. El aire palpitaba con el ritmo de los relámpagos y los vientos huracanados. Uno tras otro, los olores asaltaban a Perrin sin lógica. Barro en Tear. Una empanada quemándose. Basura pudriéndose. Una cala.
Verdugo se detuvo en la nube que había más adelante, hubo un cambio y se volvió en un abrir y cerrar de ojos, con el arco listo para disparar. La flecha salió a tal velocidad que el aire chisporroteó, aunque Perrin se las arregló para desviarla con el martillo. Se paró en la misma nube tormentosa que Verdugo e imaginó tener suelo firme debajo; el vapor acuoso del nubarrón se volvió sólido.
Perrin cargó a través de la agitada niebla gris oscuro, que era la capa superior de la nube, y atacó. Chocaron con un ruido metálico, ya que Verdugo había hecho aparecer un escudo y una espada. El martillo de Perrin golpeó contra el escudo de forma rítmica, al compás del retumbo del trueno. Un golpe con cada restallido.
Verdugo dio media vuelta para huir, pero Perrin logró asirle el borde de la capa. Mientras Verdugo trataba de desplazarse con un cambio, Perrin imaginó a ambos inmóviles. Sabía que lo estaban. No era una posibilidad. Era, sencillamente.
Ambos se quedaron desdibujados durante un instante y luego volvieron a la nube. Verdugo gruñó al tiempo que blandía la espada hacia atrás y cortaba la punta de la capa, liberándose. Se dio la vuelta para ponerse frente a Perrin y se desplazó de lado, al acecho, empuñando la espada con precaución. La nube tembló bajo ellos y el destello de un relámpago fantasmagórico iluminó la vaporosa neblina a sus pies.
—Te estás volviendo cada vez más molesto, lobezno —dijo Verdugo.
—Nunca has luchado contra un lobo que pudiera defenderse atacándote —dijo Perrin—. Los has matado a distancia. Matar así es fácil. Ahora has intentado cazar una presa que tiene dientes, Verdugo.
Su adversario resopló con desdén.
—Eres como un muchacho que juega con la espada de su padre —se mofó luego—. Peligroso, pero completamente ignorante de por qué o cómo usar esa arma.
—Veremos quién... —empezó Perrin.
Pero Verdugo arremetió abalanzándose con la espada por delante. Perrin imaginó la espada embotada, que el aire se volvía denso para frenarla y que la piel se tornaba lo bastante dura para desviar el arma.
Un segundo después, se encontraba cayendo en el aire.
«¡Necio!», se increpó. Se había centrado tanto en el ataque que no había estado preparado cuando Verdugo cambió la solidez del apoyo en la nube. Perrin la atravesó y salió al cielo, con el aire zarandeándole las ropas. Se preparó, a la espera de la lluvia de flechas que lo seguiría nube abajo. Verdugo era tan previsible...
No hubo flechas. Perrin siguió cayendo unos instantes y luego maldijo; giró sobre sí mismo para ver una densa andanada de flechas que ascendía desde el suelo. Cambio. Desapareció justo unos segundos antes de que pasaran a través de donde había estado.
Apareció en el aire desplazado cien pies hacia un lado, todavía cayendo. No se molestó en frenar la caída; llegó al suelo con la dureza del cuerpo incrementada para aguantar el impacto. El golpe resquebrajó el suelo y levantó una nubecilla de polvo.
La tormenta era mucho peor que antes. El suelo allí —se encontraban en alguna parte al sur, un lugar cubierto de arbustos y con enredaderas trepando por los troncos de los árboles— estaba agrietado y marcado de agujeros. Los relámpagos eran constantes, tanto que apenas podía contar tres sin ver un destello.
No caía lluvia, pero el paisaje se desmenuzaba. Colinas enteras se desintegraban de repente. La que se alzaba a la izquierda de Perrin se disolvió en una estela de tierra y arena como un enorme montón de polvo arrastrado por el viento.
Perrin saltó a través del cielo cargado de desechos, en busca de Verdugo. ¿Habría vuelto a Shayol Ghul mediante un cambio? No. Otras dos flechas hendieron el cielo volando hacia Perrin. Verdugo era muy bueno en lograr que el viento no afectara a las flechas.
Perrin las apartó de un manotazo y se lanzó hacia la dirección de donde habían llegado. Localizó a su adversario en un pico rocoso, azotado por el aire y con el suelo desmenuzándose a ambos lados de él.
Perrin bajó blandiendo el martillo. Verdugo se desplazó con un cambio, por supuesto, y el martillo golpeó la roca con un ruido semejante al de un trueno. Perrin gruñó. ¡Verdugo era tan rápido!
Él también lo era. Antes o después, alguno de los dos cometería un error. Y sería suficiente con uno.
Atisbó a Verdugo alejándose a saltos y lo siguió. Cuando Perrin se desplazó a la cumbre de la siguiente colina, las piedras se fracturaron tras él y el viento las arrastró hacia arriba. El Entramado se debilitaba. Por otro lado, su voluntad era mucho más fuerte ahora que se encontraba allí en persona. Ya no tenía que preocuparse por entrar en el sueño con excesiva intensidad y perderse a sí mismo en él. Había entrado con toda la fuerza que era posible.
En consecuencia, cuando Perrin se movía, el paisaje temblaba a su alrededor. El siguiente salto le mostró el mar más adelante. Había viajado hacia el sur mucho más lejos de lo que él había imaginado ¿Estarían en Illian? ¿O en Tear?
Verdugo llegó a la playa, donde el agua rompía contra las rocas; el viento había arrastrado la arena... si es que había habido arena antes. La tierra parecía estar volviendo a un estado primitivo, con la hierba arrancada de raíz y el suelo erosionado, dejando sólo piedra y olas rompientes.