Las carretas se pusieron en movimiento con lentitud. Faile se pasó todo el tiempo tratando de no mirar el arcón mientras salían de la ciudad.
Intentó distraerse para no pensar en él, pero eso sólo le trajo a la mente otra preocupación agobiante: Perrin. Sólo lo había visto brevemente durante un viaje a Andor para recoger suministros. Él le había advertido que podría tener otra misión, pero se mostró reacio a hablar de ella.
Ahora había desaparecido. Perrin había delegado el mando en Tam, nombrándolo administrador, había cruzado un acceso a Shayol Ghul y había desaparecido. Faile había preguntado a los que habían estado allí, pero nadie lo había visto desde su conversación con Rand.
Estaría bien, ¿verdad? Ella era hija y esposa de soldados; sabía que no había que preocuparse demasiado. Pero nadie podía evitar preocuparse un poco. Perrin había sido el que había sugerido que fuera ella la guardiana del Cuerno.
Se preguntó, abstraída, si no lo habría hecho para mantenerla lejos del frente de batalla. Tampoco era que le importara mucho si lo había hecho por eso, aunque jamás se lo diría a él. De hecho, cuando todo aquello hubiera acabado, le insinuaría que se sentía ofendida para ver cómo reaccionaba. A Perrin había que recordarle que ella no era de las que se ponían cómodas esperando que las mimaran, a pesar de que su verdadero nombre implicara lo contrario.
Faile condujo su carreta, que iba en cabeza, hasta el puente de Jualdhe para salir de Tar Valon. Cuando habían cruzado más o menos la mitad, el puente tembló. Los caballos patearon y sacudieron la cabeza mientras Faile los frenaba y miraba hacia atrás. La vista de edificios meciéndose en Tar Valon le hizo comprender que los temblores no eran sólo en el puente, sino que se trataba de un terremoto.
Los otros caballos se agitaban y relinchaban, y los temblores hacían traquetear las carretas.
—¡Tenemos que salir del puente, lady Faile! —gritó Olver.
—El puente es demasiado largo para que logremos llegar al otro extremo antes de que esto termine —contestó ella con calma. Y había vivido otros terremotos en Saldaea—. Tenemos más probabilidades de salir heridos con la precipitación de escapar, que si nos quedamos aquí. Este puente es una construcción Ogier. Probablemente estamos más seguros en él que pisando suelo firme.
De hecho, el terremoto pasó sin que una sola piedra se soltara del puente. Faile consiguió controlar a los caballos y reanudó la marcha. Quisiera la Luz que la ciudad no hubiera sufrido muchos daños. Ignoraba si los terremotos eran frecuentes allí. Con el Monte del Dragón cerca, habría al menos temblores de vez en cuando, ¿no?
Con todo, el terremoto le preocupaba. La gente hablaba de que la tierra se estaba volviendo inestable, que los crujidos en el suelo parecían reflejar el desgarro del cielo por los relámpagos y los truenos. Ya le habían contado más de una vez lo de las fisuras a modo de telarañas que agrietaban las rocas, y de la pura negrura que se veía por esas fisuras, como si se abrieran a la propia eternidad.
Una vez que el resto de la caravana dejó atrás la ciudad, Faile condujo las carretas al lado de unas compañías de mercenarios que esperaban su turno para Viajar. Faile no podía permitirse el lujo de insistir en tener preferencia; tenía que evitar llamar la atención. Así pues, a pesar de tener los nervios de punta, se acomodó en el pescante para esperar.
Su caravana fue la última de la fila ese día. Por fin, Aravine se acercó a la carreta de Faile, y Olver se desplazó hacia un lado para hacerle sitio. Ella le dio palmaditas en la cabeza. Un montón de mujeres tenían esa reacción con Olver, y él parecía muy inocente la mayor parte del tiempo. Faile no estaba convencida; estrechó los ojos al mirar al chico mientras él se acurrucaba junto a Aravine. Parecía que Mat tenía una gran influencia en el crío.
—Estoy contenta con la carga, milady —dijo Aravine—. Con esa lona tendremos suficiente material para levantar tiendas sobre las cabezas de la mayoría de los hombres del ejército. Aunque todavía andamos cortos de cuero. Sabemos que la reina Elayne hace marchar deprisa a sus hombres y enseguida nos pedirán cuero para botas nuevas.
Faile asintió con gesto abstraído. Al frente, un acceso se abrió a Merrilor y alcanzó a ver los ejércitos, que aún estaban reagrupándose. Durante el último par de días habían vuelto despacio, renqueantes, para lamerse las heridas. Tres campos de batalla, tres desastres de grado diverso. Luz. La llegada de los sharaníes había sido devastadora, al igual que la traición de los grandes capitanes, incluido su propio padre. Los ejércitos de la Luz habían perdido bastante más de un tercio de sus fuerzas.
En Campo de Merrilor los comandantes deliberaban y sus soldados reparaban armaduras y armas, preparándose para lo que venía a continuación. Una batalla final.
—... también necesitaremos más carne —continuaba Aravine—. Deberíamos sugerir unas cuantas partidas de caza a través de accesos en los próximos días para ver qué encontramos.
Faile asintió de nuevo con la cabeza. Era un alivio contar con Aravine. Aunque ella todavía revisaba informes y visitaba a los oficiales de intendencia, la meticulosa atención de la mujer le facilitaba mucho el trabajo, como un buen sargento que se aseguraría de que sus hombres estuvieran en forma antes de una inspección.
—Aravine, no has aprovechado los accesos para ir a ver a tu familia en Amadicia —dijo.
—Allí ya no queda nada para mí, milady.
Aravine se negaba admitir con obstinación que había sido una noble antes de que los Shaido la hicieran prisionera. En fin, al menos no actuaba como algunos de los antiguos gai’shain, con docilidad y sumisión. Si Aravine estaba decidida a dejar atrás su pasado, entonces Faile le daría con gusto la oportunidad de hacerlo. Era lo menos que le debía a esa mujer.
Mientras hablaban, Olver se bajó para ir a charlar con algunos de sus «tíos» entre los Brazos Rojos. Faile miró hacia un lado cuando Vanin pasó a caballo con otros dos exploradores de la Compañía. El hombre hablaba jovialmente con sus compañeros.
«Estás interpretando mal esa mirada de él —se dijo Faile—. No hay nada sospechoso en ese hombre; lo que pasa es que estás nerviosa a causa del Cuerno.»
Aun así, cuando Harnan se acercó para ver si necesitaba algo —un miembro de la Compañía hacía eso cada media hora— le preguntó sobre Vanin.
—¿Vanin? —dijo Harnan desde el caballo—. Un buen tipo. A veces puede dar la tabarra charlando más de la cuenta, milady, pero que eso no os estropee el día. Es nuestro mejor explorador.
—Pues no entiendo cómo —replicó ella—. Me refiero a que no puede moverse con rapidez ni en silencio con ese volumen, ¿verdad?
—Os sorprendería, milady —contestó Harnan con una risa—. Me gusta tomarle el pelo, pero es realmente bueno.
—¿Alguna vez ha tenido problemas disciplinarios? —inquirió Faile, que procuró elegir las palabras con cuidado—. ¿Disputas? ¿Birlar cosas de las tiendas de otros hombres?
—¿Vanin? —Harnan se echó a reír—. Se tomará vuestro brandy si lo dejáis, y luego os devolverá la botella casi vacía. Y, para ser sincero, es posible que hubiera algunos hurtos en su pasado, pero que yo sepa no ha estado metido en ninguna pelea. Es un buen hombre. No tenéis que preocuparos por él.
¿Algunos hurtos en su pasado? Harnan, sin embargo, parecía no querer extenderse más sobre ese tema.
—Gracias —dijo, aunque siguió preocupada.
Harnan se llevó la mano a la cabeza en una especie de saludo y luego se alejó al trote. Pasaron tres horas más antes de que una Aes Sedai acudiera para tramitar el paso de la caravana. Berisha se acercó despacio, como si diera un paseo, al tiempo que revisaba de forma crítica la caravana. La otra Aes Sedai que trabajaba en la zona de Viaje ya había regresado a Tar Valon a esas horas, y el sol empezaba a bajar hacia el horizonte.
—Caravana con alimentos y lona —dijo Berisha mientras examinaba el registro de abastecimiento de Faile—. Con destino a Campo de Merrilor. Les hemos enviado siete caravanas hoy hasta este momento. ¿Por qué otra? Imagino que a los refugiados de Caemlyn les podría ir igual de bien este suministro.