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—En el Campo de Merrilor va a tener lugar una gran batalla muy pronto —contestó Faile, que controló el genio con dificultad. A las Aes Sedai no les gustaba que se les hablara de ese modo—. Dudo que podamos proveerlos en exceso.

Berisha resopló con desdén.

—Digo que es demasiado —repitió la mujer, que parecía sufrir de insatisfacción crónica.

—La Amyrlin no es de la misma opinión —replicó Faile—. Un acceso, por favor. Se está haciendo tarde.

«Y si queréis hablar de despilfarro, ¿por qué no tenéis en cuenta que me hacéis recorrer todo el camino desde el centro de la ciudad hasta aquí y esperar, en lugar de enviarme directamente desde el recinto de la Torre Blanca?»

La Antecámara de la Torre quería una única zona de Viaje para tropas numerosas o movimientos de suministros a fin de mantener un control de quién entraba y salía de Tar Valon. Faile entendía que tomaran esa precaución, aunque a veces fuera frustrante.

La burocracia era la burocracia, y Berisha por fin adoptó un gesto de concentración previo a la apertura de un acceso. Pero, antes de que pudiera tejer el acceso, el suelo empezó a retumbar.

«Otra vez no», pensó Faile con un suspiro. En fin, era frecuente que se produjeran réplicas menos intensas después de un...

Una serie de afiladas puntas de cristal negro empezaron a hender el suelo a corta distancia y salieron hacia arriba unos diez o quince pies. Una alanceó al caballo de un Brazo Rojo y salpicó sangre en el aire mientras la punta atravesaba a ambos, bestia y hombre.

—¡Burbuja maligna! —gritó Harnan, cerca.

Otras puntas cristalinas —algunas del grueso de una lanza, otras anchas como una persona— brotaron del suelo. Faile, frenética, intentó controlar a los caballos de su carreta. Los animales patearon hacia un lado y giraron la carreta, a punto de volcarla, a la par que ella tiraba de las riendas.

A su alrededor se había desatado un caos. Las puntas irrumpían a través del suelo en grupos, cada una de ellas afilada como una navaja de afeitar. Una carreta se partió cuando los cristales destruyeron el lado izquierdo. Los víveres se desparramaron en la hierba muerta. Algunos caballos se encabritaron y otras carretas se volcaron. Las puntas de cristal siguieron brotando y aparecieron por todo el campo vacío. En el pueblo cercano, al final del puente de Tar Valon, se alzaron gritos.

—¡Acceso! —gritó Faile, que seguía forcejeando con los caballos—. ¡Hacedlo!

Berisha saltó hacia atrás cuando unas puntas salieron del suelo, cerca de sus pies. Pálido el semblante, la Aes Sedai les echó una mirada, y fue entonces cuando Faile advirtió que algo se movía dentro de los oscuros cristales. Algo que parecía humo.

Una punta salió a través del pie de Berisha. La mujer chilló y se arrodilló justo en el momento en que una línea de luz dividía el aire. Gracias a la Luz, la Aes Sedai mantuvo el tejido y —con lo que parecía una lentitud glacial— la línea luminosa rotó y se abrió un agujero lo bastante amplio para una carreta.

—¡A través del acceso! —gritó Faile, pero su voz se perdió en el tumulto.

Cerca, a su izquierda, surgieron cristales del suelo y le saltó tierra a la cara. Los caballos patalearon y después emprendieron galope. No queriendo perder el control por completo, Faile los condujo hacia el acceso. Justo antes de cruzarlo, sin embargo, tiró de las riendas hasta pararlos, encabritados.

—¡Por el acceso! —gritó a los otros.

De nuevo, la voz se perdió en la batahola. Por suerte, los Brazos Rojos respondieron a su llamada, cabalgaron a lo largo de la desordenada fila, aferraron las riendas de los caballos, y condujeron las carretas hacia el acceso. Otros hombres recogieron a los que habían caído al suelo.

Harnan pasó a galope tendido, cargado con Olver. Lo seguía Sandip, con Setalle Anan asida a él por la espalda. La frecuencia de la salida de los cristales aumentó. Uno surgió cerca de Faile, que, horrorizada, comprobó que los movimientos de esa especie de humo ondulante del interior tenían forma. Figuras de hombres y mujeres que gritaban, como si estuvieran atrapados dentro.

Se echó hacia atrás, espantada. A corta distancia, la última carreta que aún funcionaba atravesó el acceso traqueteando. Dentro de poco todo el campo estaría sembrado de cristales. Algunos miembros de la Compañía ayudaban a los heridos a subir a los caballos, pero dos cayeron cuando en los cristales empezaron a brotar puntas nuevas por los lados. Había que irse. Aravine pasó a su lado y asió las riendas que sostenía Faile para ponerla a salvo.

—¡Berisha! —gritó Faile.

La Aes Sedai estaba arrodillada al lado del portal; el sudor le corría por el demudado semblante. Faile saltó del pescante y asió a la mujer por el hombro mientras Aravine tiraba de la carreta a través del acceso.

—¡Vámonos! —le dijo Faile—. Yo te ayudaré.

La mujer se tambaleó y después cayó de lado, sujetándose el estómago. Faile advirtió con un sobresalto que salía sangre entre los dedos de la mujer. Berisha miró al cielo, abriendo y cerrando la boca, sin emitir sonido alguno.

—¡Milady! —Mandevwin llegó a galope del otro lado del acceso—. ¡Me da igual adónde lleva! ¡Tenemos que pasar!

—¿Qué...?

Enmudeció cuando Mandevwin la asió por la cintura y la alzó en vilo en el momento en que unos cristales estallaban cerca. El hombre galopó a través del acceso, sujetándola.

El acceso se cerraba de golpe un instante después.

Faile jadeaba cuando Mandevwin la soltó. Miró hacia donde había estado el acceso.

Las palabras del hombre finalmente cobraron sentido para ella. «Me da igual adónde lleva...» Él había visto algo que ella, en su afán por poner a todo el mundo a salvo, no había visto.

El acceso no conducía a Campo de Merrilor.

—¿Dónde...? —susurró Faile mientras se reunía con los demás.

Todos contemplaban de hito en hito el horrendo paisaje. Un calor abrasador, plantas cubiertas de motas oscuras, un hedor horrible en el aire.

Se encontraban en la Llaga.

Aviendha masticaba su ración, crujientes copos de avena mezclados con miel. Sabían bien. Estar cerca de Rand significaba que las reservas de comida no se estropeaban.

Alargó la mano hacia el odre de agua y vaciló. Últimamente bebía mucha agua. Rara vez se paraba a pensar en lo valiosa que era. ¿Ya había olvidado las lecciones que había aprendido durante su regreso a la Tierra de los Tres Pliegues para visitar Rhuidean?

«¡Luz! —pensó, llevándose el odre a los labios—. ¿Y a quién le importa? ¡Es la Última Batalla!»

Se encontraba sentada en el suelo de una tienda Aiel grande, en el valle de Thakan’dar. Cerca, Melaine comía su ración. La mujer estaba a punto de cumplir el periodo de gestación de los mellizos, y el vestido y el chal se ceñían sobre el vientre abultado. Del mismo modo que una Doncella tenía prohibido combatir si estaba embarazada, Melaine tenía prohibido realizar cualquier actividad peligrosa. Había ido voluntariamente a colaborar en el sitio de Curación de Berelain en Mayene, pero de forma regular comprobaba el progreso de la batalla. Muchos gai’shain habían ido a través de accesos para ayudar en lo que pudieran, aunque sólo fuera acarrear agua, o tierra para los parapetos que Ituralde había ordenado levantar para dar a los defensores cierta protección.

Un grupo de Doncellas que comían cerca charlaban con el lenguaje de signos. Aviendha podría haberlo leído, pero no lo hizo. Lo único que conseguiría sería despertar el deseo de poder sentarse con ellas. Se había convertido en Sabia y había renunciado a su vida anterior. Lo cual no significaba que hubiera purgado todos los residuos de envidia. Así pues, limpió el cuenco de madera, lo guardó en la mochila, se puso de pie y salió de la tienda.