Fuera, la noche era fría. Faltaba alrededor de una hora para el amanecer y casi parecía la Tierra de los Tres Pliegues de noche. Aviendha alzó la vista hacia la montaña que dominaba el valle; a pesar de la oscuridad de la madrugada, alcanzaba a ver el agujero que llevaba a su interior.
Habían pasado muchos días desde que Rand había entrado. Ituralde había regresado al campamento la noche antes como aturdido y con una historia sobre haber estado retenido por lobos y por un hombre que afirmaba que Perrin Aybara lo había enviado para secuestrar al gran capitán. Ituralde había sido detenido y no había protestado.
Los trollocs no habían atacado el valle en todo el día. Los defensores todavía los retenían en el paso. La Sombra parecía esperar algo. Quisiera la Luz que no fuera otro ataque de Myrddraal. El último casi había acabado con la resistencia. Aviendha había reunido a los encauzadores una vez que los Seres de Cuencas Vacías habían entrado para matar a los humanos que defendían la boca del paso; debían de haberse dado cuenta de que exponerse en gran número era absurdo y huyeron a la seguridad del paso una vez que empezó el encauzamiento.
En cualquier caso, se sentía agradecida por ese raro momento de descanso y relativa paz entre los ataques. Contempló aquel agujero en la montaña, dentro de la cual combatía Rand. Se notaba una especie de pulsación fuerte procedente de su interior; oleadas de encauzamiento poderoso. Varios días en el exterior, mas ¿cuánto tiempo habría pasado dentro? ¿Un día? ¿Horas? ¿Minutos? Las Doncellas que protegían el sendero que subía por la ladera afirmaban que tras cuatro horas de servicio, habían bajado de la montaña para descubrir que habían transcurrido ocho.
«Tenemos que resistir —pensó Aviendha—. Tenemos que luchar. Darle todo el tiempo que podamos.»
Al menos sabía que estaba vivo. Eso lo sentía. Y su dolor.
Apartó la vista.
Entonces reparó en algo. Una mujer encauzaba en el campamento. Era débil, pero Aviendha frunció el entrecejo. A esa hora y sin haber combate, encauzar sólo debería tener lugar en la zona de Viaje, y no se encontraba en esa dirección.
Mascullando entre dientes, echó a andar a través del campamento. Probablemente era de nuevo alguna de las Detectoras de Vientos que no estaba de servicio. Rotaban por turnos entrando y saliendo del grupo que usaba el Cuenco de los Vientos de forma constante para mantener a raya la tempestad. La tarea se llevaba a cabo en lo alto de la pared septentrional del valle, bien guardada por una numerosa fuerza de Marinos. Tenían que utilizar accesos para subir allí arriba y cambiar los turnos.
Cuando las Detectoras de Vientos no se hallaban de servicio con el Cuenco, acampaban con el resto del ejército. Aviendha les había dicho una y otra vez que mientras estuvieran en el valle no tenían permiso para encauzar por motivos secundarios. ¡Cualquiera pensaría, tras todos los años que habían pasado sin dejar que las Aes Sedai descubrieran sus poderes, que tendrían más autocontrol! Si pillaba otra vez a una de ellas utilizando el Poder Único para calentarse el té, la enviaría a Sorilea para que le diera una lección. Se suponía que estaban en un campamento seguro.
Aviendha se quedó parada de golpe. El encauzamiento no procedía del pequeño círculo de tiendas donde acampaban las Detectoras de Vientos.
¿Había descubierto una incursión? Una Señora del Espanto o una Renegada probablemente darían por sentado que —en un campamento tan grande, lleno de Aes Sedai, Detectoras y Sabias— nadie se fijaría en un discreto encauzamiento aquí o allí. Aviendha se agazapó de inmediato junto a una tienda cercana y evitó la luz de un farol colgado de un poste. De nuevo percibió el encauzamiento, muy leve. Se deslizó con sigilo hacia allí.
«Si al final resulta que es alguien calentando agua para un baño...»
Avanzó entre las tiendas, a través de la tierra dura. Al aproximarse, se quitó las botas y las dejó atrás; desenvainó su daga. No podía correr el riesgo de abrazar la Fuente para no revelar su presencia a quienquiera que fuera.
El campamento no dormía en realidad. Los guerreros que no se encontraban de servicio tenían problemas para conciliar el sueño allí. La fatiga entre las lanzas, incluidas las Doncellas, empezaba a convertirse en un problema. Protestaban de sufrir pesadillas terribles.
Aviendha siguió adelante en silencio y se deslizó entre las tiendas, evitando las que tenían luz dentro. Ese lugar los perturbaba a todos, así que no la sorprendió lo de las pesadillas. ¿Cómo iban a dormir en paz tan cerca de la morada del Oscuro?
Lógicamente, sabía que el Oscuro no estaba cerca; en realidad no. La Perforación no era su «morada». No «vivía» en ese lugar; existía fuera del Entramado, en su prisión. Aun así, acostarse allí era como intentar dormir mientras un asesino apostado junto a tu cama y empuñando un cuchillo contemplaba el color de tu pelo.
«Allí», pensó, aflojando el paso. El encauzamiento se paró, pero Aviendha estaba cerca. Los ataques de Draghkar y la amenaza de los Myrddraal deslizándose en la noche habían llevado a los cabecillas a repartir a los oficiales por todo el campamento, en tiendas en las que no hubiera nada externo que indicara cuál pertenecía a un comandante y cuál a un soldado de infantería. Sin embargo, Aviendha sabía que esa tienda pertenecía a Darlin Sisnera.
Darlin tenía el mando oficial de ese campo de batalla, ahora que Ituralde había caído. No era un general, pero el ejército teariano constituía el grueso de la defensa con los Defensores de la Ciudadela, sus unidades de elite. Su comandante, Tihera, no era un buen estratega, pero sí un hombre muy sagaz. Darlin, Rhuarc y él habían estado proyectando sus planes de batalla tras la caída de Ituralde...
En la oscuridad, Aviendha casi pasó por alto las tres figuras en cuclillas que estaban un poco más adelante, justo fuera de la tienda de Darlin. Se comunicaban con gestos entre sí, en silencio, y Aviendha apenas distinguía detalles de los tres, ni siquiera de sus ropas. Enarboló el cuchillo y entonces un relámpago hendió el cielo y facilitó que viera mejor a uno de ellos. El hombre llevaba velo. Aiel.
«Deben de haber percibido también a la intrusa», pensó mientras se acercaba con sigilo y alzaba una mano para que no atacaran.
—Sentí que se encauzaba cerca —susurró—, y no creo que sea de una de nuestras encauzadoras. ¿La habéis visto?
Los tres la miraban fijamente, como estupefactos, aunque no distinguió detalles de los rostros.
Entonces la atacaron.
Aviendha maldijo y saltó hacia atrás cuando sus lanzas arremetieron y un cuchillo salió lanzado en su dirección. ¿Aiel Amigos Siniestros? Se sintió como una tonta. Debería haberlo imaginado.
Buscó la Fuente para abrazarla. Si una Señora del Espanto se encontraba cerca, notaría que Aviendha encauzaba, pero eso no podía evitarlo. Tenía que sobrevivir al ataque de esos tres.
Sin embargo, cuando Aviendha intentó abrazar el Poder Único, algo encajó con un chasquido entre ella y la Fuente. Un escudo, con tejidos que no veía.
Uno de esos hombres podía encauzar. La reacción de Aviendha fue instintiva. Rechazó el pánico, dejó de esforzarse en llegar a la Fuente, y se arrojó contra el que estaba más cerca. Asió con la mano la lanza que arremetía —haciendo caso omiso del dolor cuando la moharra le dio en las costillas— y tiró de él hacia sí para hundirle el cuchillo en el cuello.
Uno de los otros barbotó una maldición y Aviendha se encontró de repente atada con tejidos de Aire, incapaz de hablar ni de moverse. La sangre le empapaba la blusa y el costado herido. En el suelo, el hombre al que había apuñalado daba boqueadas y se sacudía. Los otros dos no movieron un dedo para ayudarlo.
Uno de los Amigos Siniestros se adelantó, ágil, casi invisible en la oscuridad. Aproximó la cara para examinar la de ella y luego hizo un gesto con la mano al otro. Una suave luz apareció junto a ellos y le dio una vista más clara de ella... y viceversa. Llevaban velos rojos, pero ése se los había bajado para luchar. ¿Por qué? ¿Qué era esto? Ningún Aiel que ella conociera hacía algo así. ¿Serían Shaido? ¿Se habían unido a la Sombra?