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Uno de los hombres hizo unos cuantos gestos al otro. Era lenguaje de signos, no como el lenguaje de signos de las Doncellas, pero algo similar. El otro hombre asintió con la cabeza.

Aviendha forcejeó con las ataduras invisibles. Su voluntad chocó contra el escudo y mordió la mordaza de Aire. El Aiel de la derecha —el más alto, probablemente el que mantenía el escudo— gruñó. Aviendha notaba como si estuviera clavando los dedos al borde de una puerta casi cerrada, con luz, calor y poder al otro lado. Esa puerta no se movió ni una pulgada.

El Aiel alto estrechó los ojos y la miró. Dejó que la luz que había creado se desvaneciera y los sumió en la oscuridad. Aviendha oyó que sacaba una lanza.

Sonó una suave pisada, cerca. Los velos rojos lo oyeron y se volvieron con rapidez; Aviendha miró lo mejor que podía, pero no logró distinguir a la persona recién llegada.

Los hombres permanecieron completamente inmóviles.

—¿Qué es esto? —preguntó una voz de mujer.

Cadsuane. Se acercó con una linterna en la mano. Aviendha recibió un brusco tirón cuando el hombre que mantenía los tejidos tiró de ella hacia atrás, hacia las sombras, y Cadsuane no pareció darse cuenta de su presencia. Cadsuane sólo vio al otro hombre, que estaba más cerca del camino.

El Aiel salió de las sombras. También se bajó el velo.

—Me pareció oír algo aquí, cerca de las tiendas, Aes Sedai —dijo.

Tenía un acento extraño, uno que no era del todo correcto. Sólo un poquito. Un habitante de las tierras húmedas jamás notaría la diferencia.

«Éstos no son Aiel —pensó Aviendha—. Son algo distinto.» Su mente se debatía con el concepto. ¿Aiel que no eran Aiel? ¿Aiel varones que encauzaban?

«Los hombres que venían aquí, a Shayol Ghul», comprendió con horror. Entre los Aiel, los varones en los que se desarrollaba la capacidad de encauzar partían con la misión de intentar matar al Oscuro. Solos, viajaban a la Llaga. Nadie sabía lo que les ocurría después de eso.

Aviendha empezó a forcejear otra vez en un intento de hacer ruido —cualquier ruido— para alertar a Cadsuane. Sus esfuerzos fueron en vano. Colgaba atada en el aire, en la oscuridad, y Cadsuane no miraba en su dirección.

—Bien, ¿y encontraste algo? —le preguntó Cadsuane al hombre.

—No, Aes Sedai.

—Hablaré con los guardias —dijo ella con un timbre insatisfecho—. Debemos estar alerta. Si un Draghkar o, lo que es peor, un Myrddraal consigue introducirse a hurtadillas, podría matar a docenas antes de que se descubriera su presencia.

Cadsuane dio media vuelta para marcharse. Aviendha sacudió la cabeza, con lágrimas de frustración en los ojos. ¡Qué cerca había estado!

El velo rojo que había hablado con Cadsuane se internó de nuevo en las sombras y se dirigió hacia Aviendha, que, con el destello de un relámpago, sorprendió una sonrisa en sus labios, gesto que fue remedado por el que mantenía sus ataduras.

El velo rojo que estaba delante de Aviendha sacó una daga del cinturón y alzó el brazo hacia ella. Aviendha miró esa daga, impotente, cuando él la alzó hacia su cuello.

Percibió que alguien encauzaba.

Las ataduras que la sujetaban desaparecieron al instante y cayó al suelo. Aviendha aferró la mano con la que el hombre asía el arma y lo vio abrir mucho los ojos. Aunque abrazó la Fuente por una pura reacción instintiva, movió antes las manos. Retorció la muñeca del hombre, rompiendo huesos donde la mano se unía al brazo. Agarró la daga con la otra mano y se la hundió en un ojo cuando el hombre empezaba a gritar de dolor.

El grito se cortó en seco. El velo rojo cayó a sus pies, y ella miró con ansiedad hacia el que estaba a su lado, el que la había inmovilizado con tejidos. Yacía muerto en el suelo.

Jadeante, avanzó a trompicones hacia el cercano camino y encontró a Cadsuane.

—Qué sencillo es parar el corazón de un hombre —dijo la Aes Sedai, cruzada de brazos. Parecía descontenta—. Tan semejante a la Curación y, sin embargo, con un efecto opuesto. Quizá sea algo perverso, pero todas las veces que he intentado entender por qué es peor que abrasar a un hombre hasta calcinarlo con fuego, he fracasado.

—¿Cómo...? —empezó Aviendha—. ¿Cómo os disteis cuenta de lo que eran?

—Yo no soy una espontánea instruida a medias —replicó Cadsuane—. Me habría gustado acabar con ellos cuando llegué, pero antes de actuar tenía que asegurarme. Cuando ése amenazó tu vida, lo supe.

Aviendha hizo unas cuantas respiraciones para aquietar los latidos del corazón.

—Y, por supuesto, estaba el otro —añadió Cadsuane—. El que encauzaba. ¿Cuántos guerreros Aiel pueden encauzar y lo habéis mantenido en secreto? ¿Esto era una anomalía o vuestro pueblo ha estado encubriéndolos?

—¿Qué? ¡No! No los encubrimos. O no lo hacíamos.

Aviendha ya no estaba segura de lo que harían a partir de ahora que se había limpiado la Fuente. Desde luego, habría que dejar de enviar a los hombres encauzadores para que murieran luchando con el Oscuro.

—¿Estás segura? —insistió Cadsuane con voz impasible.

—¡Sí!

—Lástima. Eso nos habría sido de gran ayuda ahora. —Cadsuane meneó la cabeza—. No me habría sorprendido, después de descubrir lo de esas Detectoras de Vientos. ¿Así que éstos sólo eran Amigos Siniestros normales y corrientes, con uno entre ellos que había ocultado su capacidad de encauzar? ¿Qué se traían entre manos esta noche?

—Éstos no son en absoluto Amigos Siniestros normales —dijo Aviendha en voz queda mientras examinaba los cuerpos.

Velos rojos. El hombre que podía encauzar llevaba los dientes afilados en punta, pero los otros dos, no. ¿Qué significaba eso?

—Hemos de alertar al campamento —siguió—. Es posible que estos tres consiguieran entrar sin que les dieran el alto. Muchos centinelas de las tierras húmedas evitan enfrentarse a los Aiel. Dan por hecho que todos nosotros servimos al Car’a’carn.

Para muchos habitantes de las tierras húmedas, un Aiel era un Aiel. Necios. Aunque... para ser sincera, Aviendha tenía que admitir que su primera reacción al ver Aiel había sido considerarlos aliados. ¿Cuándo había ocurrido ese cambio en ella? Menos de dos años atrás, si hubiera visto a un algai’d’siswai desconocido rondando por ahí, lo habría atacado.

Aviendha siguió su examen de los hombres muertos; un cuchillo en cada uno de ellos, lanzas y arcos. Nada que fuera revelador. Sin embargo, su mente le susurraba que estaba pasando algo por alto.

—La encauzadora —dijo de repente al tiempo que alzaba la cabeza—. Fue una mujer usando el Poder Único lo que me trajo hacia aquí, Aes Sedai. ¿Erais vos?

—Yo no encaucé hasta que maté a ese hombre —contestó Cadsuane, con el entrecejo fruncido.

Aviendha volvió a adoptar una pose de lucha, agazapada; aprovechando las sombras, avanzó. ¿Qué podría encontrar a continuación? ¿A Sabias que servían a la Sombra? Cadsuane la miró ceñuda mientras ella exploraba la zona un poco más adelante. Pasó junto a la tienda de Darlin, donde los soldados apostados en la entrada, pegados a las lámparas, arrojaban sombras que se agitaban en la lona. Pasó cerca de soldados en grupos compactos que caminaban por los caminos, sin hablar. Llevaban antorchas, con lo que se cegaban la vista en la noche.

Aviendha había oído comentar a oficiales tearianos que era estupendo no tener que preocuparse, por una vez, de que sus centinelas dieran cabezadas estando de servicio. Con los relámpagos y los tambores trollocs sonando a corta distancia, así como las incursiones esporádicas de Engendros de la Sombra intentando colarse en el campamento... Los soldados estaban alerta. El aire helado olía a humo, con otros hedores pútridos que llegaban de los campamentos trollocs.