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—Muy bien —dijo en voz baja a los que se habían reunido con ella, es decir, Mandevwin, Aravine, Harnan, Setalle y Arrela, de Cha Faile—. Hablemos.

Los otros parecían hundidos. Sin duda los habían asustado desde la infancia con relatos de la Llaga, como a ella. Y que se hubieran producido muertes en su grupo al poco de haber entrado en esa tierra reforzaba dichas creencias. Sabían lo peligroso que era ese lugar. Pegaban un respingo con cada ruido que se oía en la noche.

—Empezaré yo, exponiendo lo que recuerdo —prosiguió Faile con intención de distraerlos de la muerte que los rodeaba—. Durante la burbuja maligna, uno de esos cristales atravesó el pie de Berisha Sedai justo cuando abría el acceso.

—¿Recibió una herida? —preguntó Mandevwin desde donde estaba sentado junto a la lumbre—. ¿Y eso habría sido suficiente para que el acceso saliera mal? Lo cierto es que sé poco de los asuntos de las Aes Sedai, y nunca lo he querido saber. Si la persona se distrae, ¿es posible abrir un paso al sitio equivocado de forma accidental?

Setalle frunció el entrecejo, y el gesto atrajo la atención de Faile. Setalle no era de la nobleza ni un oficial, pero había algo en esa mujer que proyectaba autoridad y sabiduría.

—¿Sabes algo? —la interrogó Faile.

—Sé... —Setalle se aclaró la garganta—. Sé un poco sobre encauzar. Tiempo atrás fue un tema que suscitaba mi curiosidad. A veces, si un tejido se realiza de forma incorrecta, no ocurre nada, simplemente. Otras veces, el resultado es desastroso. No he oído nada sobre un tejido que haga algo así. Es decir, que funcione, pero que lo haga mal.

—Bien —dijo Harnan, que miró la oscuridad y se estremeció de forma notoria—, la alternativa es pensar que quería enviarnos a la Llaga.

—Tal vez estaba desorientada —sugirió Faile—, y la presión del momento la hizo enviarnos a otro sitio. En una situación de tensión a mí también me ha pasado alguna vez que he dado media vuelta y he echado a correr en la dirección equivocada. Podría haber ocurrido así.

Los otros asintieron en silencio, pero de nuevo Setalle parecía estar preocupada.

—¿Qué ocurre? —la acució Faile.

—La preparación de las Aes Sedai es muy extensa respecto a este tipo de trances —explicó Setalle—. Ninguna mujer llega al nivel de Aes Sedai sin aprender cómo encauzar bajo una presión extrema. Hay... barreras específicas que una mujer debe superar a fin de llevar el anillo.

«Así que Setalle debe de tener una familiar que es Aes Sedai —pensó Faile—. Una mujer cercana, si ha compartido esa información tan privilegiada. ¿Una hermana, tal vez?»

—Entonces, ¿hemos de asumir que esto es alguna clase de trampa? —Aravine parecía confusa—. ¿Esa Berisha era una especie de Amiga Siniestra? Seguro que la Sombra tiene cosas más importantes de las que ocuparse que descarriar una simple caravana de suministros.

Faile no dijo nada. El Cuerno estaba a salvo; el arcón que lo guardaba se hallaba en ese momento dentro de su pequeña tienda. Habían colocado las carretas en círculo y sólo habían encendido esa pequeña lumbre. El resto de la caravana dormía; o lo intentaba.

El aire quieto, demasiado silencioso, hizo que Faile tuviera la sensación de que había miles de ojos vigilándolos. Si la Sombra había planeado una trampa para su caravana, significaba que conocía la localización del Cuerno. En ese caso, se encontraban en un serio peligro. Más serio incluso que el hecho de estar en la Llaga.

—No —dijo Setalle—. No, Aravine tiene razón. Esto no puede haber sido una trampa intencionada. Si no hubiera surgido la burbuja maligna, jamás nos habríamos lanzado hacia el acceso sin mirar adónde conducía. Y, que sepamos, esas burbujas son hechos fortuitos.

«A menos que Berisha decidiera aprovechar las circunstancias para sacar partido», pensó Faile. También había que considerar la muerte de la mujer. Esa herida en el estómago no había parecido estar ocasionada por las puntas de cristal. El aspecto era el de una herida de cuchillo. Como si alguien hubiese atacado a Berisha una vez que el Cuerno atravesó el acceso. ¿Para impedir que dijera lo que había hecho?

«Luz —pensó Faile—. Qué suspicaz me estoy volviendo.»

—Bien, pues ¿qué hacemos? —preguntó Harnan.

—Eso depende —repuso Faile, que miró a Setalle—. ¿Hay alguna forma de que una Aes Sedai pueda saber adónde nos han enviado?

Setalle vaciló, como si fuera reacia a revelar lo mucho o poco que sabía. Cuando habló, sin embargo, lo hizo con certidumbre.

—Los tejidos dejan tras de sí un residuo. De modo que sí, una Aes Sedai podría descubrir adónde hemos ido. No obstante, el residuo no dura mucho; unos pocos días, en el mejor de los casos, para un tejido poderoso. Y no todas las encauzadoras saben interpretar residuos... Es una habilidad poco frecuente.

El modo en que hablaba, tan dominante y autoritario... La forma en que proyectaba una sensación inmediata de ser digna de confianza...

«Entonces, no era una familiar —dijo Faile para sus adentros—. Esta mujer fue entrenada en la Torre Blanca.» ¿Sería entonces como la reina Morgase? ¿Demasiado débil en el Poder para convertirse en Aes Sedai?

—Esperaremos un día —decidió Faile—. Si nadie ha venido a buscarnos para entonces, nos encaminaremos hacia el sur e intentaremos escapar de la Llaga lo antes posible.

—Me pregunto cuánto nos hemos internado hacia el norte —comentó Harnan mientras se frotaba el mentón—. No me atrae la idea de tener que salvar montañas para volver a casa.

—¿Prefieres quedarte en la Llaga? —replicó Mandevwin.

—Bueno, no. Pero nos llevaría meses volver a terreno seguro. Meses de viajar a través de la Llaga, nada menos...

«Luz —pensó Faile—. Viajar meses por un sitio donde tenemos suerte de haber perdido sólo a dos en un día.» Jamás lo conseguirían. Incluso sin carretas, la caravana destacaría en el paisaje como una herida reciente en una piel muerta. Tendrían suerte si seguían vivos un día o dos.

Resistió el impulso de echar un vistazo a la tienda. ¿Qué ocurriría si no llevaba el Cuerno a Mat a tiempo?

—Hay otra opción —sugirió Setalle, vacilante.

Faile la miró.

—Ese pico que hay al este de nuestra posición —dijo Setalle, que hablaba con clara renuencia—. Aquello es Shayol Ghul.

Mandevwin apretó los párpados y susurró algo entre dientes que Faile no captó. Los otros parecían a punto de vomitar. Faile, sin embargo, captó la implicación de lo dicho por Setalle.

—Ahí es donde el Dragón Renacido guerrea contra la Sombra —apuntó—. Uno de nuestros ejércitos estará allí. Con encauzadores que podrían sacarnos.

—Así es —ratificó Setalle—. Y el área que rodea Shayol Ghul es lo que se conoce como las Tierras Malditas, un lugar al que, según se dice, los horrores de la Llaga evitan acercarse.

—¡Porque es terrible! —exclamó Arrela—. ¡Si ellos no van allí será porque temen al propio Oscuro!

—El Oscuro y sus ejércitos tienen puesta su atención en la batalla —dijo despacio Faile al tiempo que asentía con la cabeza—. No sobreviviremos mucho tiempo en la Llaga, habremos muerto antes de que acabe la semana. Pero si las Tierras Malditas están libres de esos horrores y podemos llegar hasta nuestro ejército que combate allí...

Parecía una opción mucho mejor —por limitada que fuera— que intentar marchar durante meses por el lugar más peligroso del mundo. Les dijo a los demás que se plantearía lo que iban a hacer y los despidió.

Sus consejeros se apartaron a fin de preparar las mantas para dormir, en tanto que Mandevwin iba a hacer la ronda por los hombres que estaban de guardia. Faile se quedó contemplando el rescoldo de la lumbre; tenía el estómago revuelto.

«Alguien mató a Berisha —pensó—. Estoy segura de ello.» En realidad, la localización del acceso podría haber sido algo accidental. Esas cosas ocurrían a veces, incluso a las Aes Sedai, por mucho que dijera Setalle. Pero si había un Amigo Siniestro en la caravana, uno que se hubiera asomado a la abertura y hubiese visto que conducía a la Llaga, podría haber decidido matar a Berisha a fin de dejar el Cuerno y la caravana abandonados a su suerte.