Se acercó para comprobar el estado de los siswai’aman. Ocho seguían vivos, tres de ellos heridos. Aviendha no era muy hábil con la Curación, pero sí pudo salvar la vida de uno de los hombres al evitar que se desangrara por la herida del cuello. Los otros supervivientes recogieron a los heridos y regresaron al campamento.
Aviendha se quedó junto a los dos cadáveres. Decidió no mirarlos con atención. Haber identificado a un hombre al que había conocido otrora ya era bastante malo. Esto...
Una conmoción le llegó a través del círculo, y uno de los pozos de poder desapareció. Aviendha dio un respingo. Otro se apagó.
De inmediato soltó el círculo y corrió de vuelta a donde había dejado a las mujeres. Destellos y explosiones la sacudieron. Se aferró al Poder Único, a su propia fuerza, que ahora parecía lastimosamente pequeña comparada con la que había estado utilizando.
Se frenó de golpe, trompicando, delante de los cadáveres humeantes de Kiruna y Faeldrin. La repulsiva mujer que había visto antes —y que no podía ser más que una de las renegadas— se encontraba allí, mirándola con una sonrisa. La horrible mujer apoyaba la mano en el hombro de Sarene; la esbelta Blanca tenía la cabeza vuelta hacia la Renegada y la contemplaba con adoración en los ojos insulsos. El Guardián de Sarene yacía muerto a sus pies.
Las dos desaparecieron girando sobre sí mismas, en un tipo de Viaje que no necesitaba un acceso. Aviendha cayó de rodillas junto a los muertos. Cerca, Damer Flinn gemía e intentaba liberarse de la tierra que lo cubría. Le faltaba el brazo izquierdo, calcinado y arrancado hasta el hombro.
Aviendha masculló una maldición e hizo lo que pudo para Curarlo, aunque el hombre perdió el sentido. De repente se sintió muy cansada y muy, muy sola.
35
Una sonrisa muy ensayada
Olver echaba de menos a Viento. Bela —la robusta y peluda yegua en la que cabalgaba ahora— no estaba mal en realidad. Lo único era que resultaba muy lenta. Olver lo sabía porque no dejaba de azuzarla para que apretara el paso, pero ella seguía a su ritmo detrás de los otros caballos. Nada que él intentara la hacía ir más deprisa. Olver quería cabalgar como un vendaval. En cambio, se desplazaba como un grueso tronco en la corriente de un río plácido.
Se secó la frente. La Llaga daba bastante miedo, y los demás —la mayoría no tenían caballos— caminaban como si a cada paso se les fuera a echar encima un millar de trollocs. El resto de la caravana hablaba en voz baja y echaba ojeadas desconfiadas a las laderas.
Pasaron al lado de un grupo de árboles marchitos con savia goteando de llagas abiertas en la corteza. Esa savia tenía un tono demasiado rojizo. Casi como sangre. Uno de los conductores de la caravana se acercó a inspeccionarla.
De repente, unas enredaderas se descolgaron de las ramas altas. Eran marrones y con aspecto de estar muertas, pero se movieron como serpientes. Antes de que Olver tuviera tiempo de gritar, el conductor de la caravana colgaba, muerto, de las ramas altas del árbol.
Todas las personas de la fila se quedaron petrificadas en el sitio, aterradas. Arriba, el árbol tiraba del muerto hacia sí a través de una hendidura en la corteza. Lo estaba engullendo. A lo mejor esa savia era sangre.
Olver siguió mirando, horrorizado.
—Calma —dijo lady Faile con un leve temblor en la voz—. ¡Os he dicho que no os acerquéis a las plantas! No toquéis nada.
El grupo siguió adelante, serio y triste.
—Ése ha sido el número quince —rezongó para sí Sandip, que cabalgaba cerca—. Quince hombres muertos en unos pocos días. ¡Luz! ¡No vamos a sobrevivir a esto!
¡Si al menos hubiera trollocs! Olver no podía combatir con árboles e insectos. ¿Quién podía hacerlo? Pero trollocs... contra ellos sí podría luchar. Tenía su cuchillo y había aprendido unas cuantas cosas sobre su manejo con Harnan y Silvic. Olver no era muy alto, pero suponía que eso haría que los trollocs lo subestimaran. Arremetería por debajo, directo a los órganos vitales, antes de que tuvieran tiempo de saber lo que pasaba.
Se dijo eso a sí mismo para evitar que las manos le temblaran y taconeó a Bela con la esperanza de acercarse hasta lady Faile. A lo lejos, oyó una especie de chillido chirriante, como algo que estuviera muriendo de un modo horrible. Olver se estremeció. Había oído el mismo sonido ese día, más temprano. ¿No sonaba ahora más cerca?
Setalle le dirigió una mirada preocupada cuando Olver se acercó a la cabeza de la fila. Los demás hacían cuanto podían para que no corriera peligro. Se armó de valor e hizo caso omiso de ese horrendo chirrido en la distancia. Todos pensaban que era frágil, pero no era cierto. Ellos no habían visto lo que él, de pequeño. A decir verdad, no le gustaba recordar aquellos años. Era como si hubiese vivido tres vidas. Una, antes de que sus padres murieran; otra, cuando se encontró solo; y la última, la de ahora.
Fuera como fuese, estaba acostumbrado a luchar con gente más grande que él. Era la Última Batalla. No dejaban de repetir que haría falta la participación de todo el mundo. Bueno, pues ¿por qué la suya no? Cuando aparecieran los trollocs, lo primero que haría sería desmontar de esa yegua lenta. ¡Era capaz de caminar más deprisa de lo que ese animal podía galopar! Además, los Aiel no necesitaban caballos. Olver aún no había ido a entrenarse con ellos, pero lo haría. Eso ya lo tenía planeado. Odiaba a todos los Aiel, pero sobre todo a los Shaido, y tendría que descubrir sus secretos si iba a matarlos.
Se dirigiría a ellos y exigiría que lo entrenaran. Ellos lo acogerían en su clan y lo tratarían mal, pero al final lo respetarían y le permitirían entrenarse con sus guerreros. Había historias parecidas. Así era como ocurrían las cosas.
Después de que supiera sus secretos, iría a ver a las serpientes y los zorros y recibiría respuestas sobre cómo localizar a los Shaido que habían asesinado a su padre. Desde allí, rastrearlos y matarlos sería una misión digna de su propia historia.
«Me llevaré a Noal —pensó—. Él ha estado en todas partes. Será mi guía. Él...»
Noal había muerto.
El sudor se deslizó por el lateral de la cara de Olver, que miraba con fijeza el camino pedregoso que se extendía ante él. Pasaron cerca de más de aquellos árboles terribles y ahora todo el mundo se mantuvo alejado de ellos. Junto al sendero, sin embargo, uno de los hombres señaló un gran charco del barro asesino. Era marrón y espeso, y Olver atisbó varios huesos que asomaban en la superficie.
¡Qué sitio tan espantoso!
Ojalá estuviera Noal allí. Noal había ido a todas partes, había visto todo. Habría sabido cómo sacarlos de aquel lugar. Pero Noal ya no estaba. Olver se había enterado de la noticia no hacía mucho, filtrada entre otras cosas que lady Moraine había compartido sobre lo ocurrido en la Torre de Ghenjei.
«Todos se están muriendo —pensó Olver, todavía con la vista fija al frente—. Todo el mundo...»
Mat se había marchado con los seanchan, Talmanes a luchar junto a la reina Elayne. Uno tras otro, los de ese grupo de la caravana morían devorados por árboles, barro o monstruos.
¿Por qué todos lo dejaban solo?
Se frotó el brazalete. Noal se lo había dado poco antes de marcharse. Era de toscas fibras tejidas, de los que llevaban los guerreros de una tierra lejana, según le había contado Noal. Era la prueba de que un hombre había participado en una batalla y seguía vivo.
Noal... muerto. ¿Moriría también Mat?
Olver sentía calor, estaba cansado y muy asustado. Azuzó con las rodillas a Bela y, por suerte, la yegua obedeció y empezó a trotar un poquito más deprisa cuesta arriba, por lo que Olver avanzó un tanto en la fila. Habían abandonado las carretas, y después emprendieron viaje hacia un sitio llamado las Tierras Malditas; para ir allí había que subir algunas estribaciones. Por la mañana habían entrado en un paso entre montañas. Aunque él tenía calor, el aire era cada vez más frío a medida que ascendían, lo cual no le importaba en absoluto. Aunque todavía el olor era asqueroso. Como a cadáveres putrefactos.