Su grupo había empezado con cincuenta soldados y casi la mitad de carreteros y trabajadores. A ellos se sumaban otros como Olver, Setalle y la media docena de miembros de la guardia personal de lady Faile.
Hasta ese momento, habían perdido a quince personas debido a los peligros que había en la Llaga; a cinco los habían matado unas cosas horribles de tres ojos que habían atacado el campamento el día anterior por la mañana. Había oído decir a lady Faile que tenían suerte de haber perdido sólo a quince hasta ese momento, que podría haber sido peor.
A Olver no le parecía que eso fuera tener suerte. Aquel sitio era espantoso y quería salir de allí. El Yermo no podía ser tan malo como aquello, ¿verdad? Los hombres y las mujeres de Cha Faile actuaban como Aiel. Un poco como Aiel. A lo mejor era que habían hecho lo que él quería hacer y los habían entrenado en el Yermo. Tendría que preguntarles.
Siguió cabalgando otra media hora más o menos. Por fin, logró que Bela llegara a la cabeza de la fila. La brillante yegua negra de lady Faile parecía veloz. ¿Por qué no le habían dado a él una montura como ésa?
Faile llevaba el arcón de Mat atado en la grupa de la yegua. Al principio, a Olver eso le gustó porque imaginaba que Mat debía de estar deseando tener ese tabaco. Mat siempre protestaba por no tener uno bueno. Entonces Olver había oído a lady Faile explicarle a alguien que el arcón se había convertido simplemente en un objeto adecuado para guardar algunas de sus cosas. ¿Y había tirado el tabaco? Eso no iba a gustarle a Mat.
Faile lo miró y Olver esbozó una sonrisa con toda la seguridad de que fue capaz. A ella no la ayudaría nada ver lo asustado que estaba.
A la mayoría de las mujeres les gustaba su sonrisa. La había estado practicando, aunque no había usado la de Mat como modelo. A Mat la suya siempre le hacía parecer culpable. Uno aprendía a sonreír de un modo u otro cuando se veía obligado a defenderse solo, y él necesitaba una sonrisa que lo hiciera parecer inocente. Y es que era inocente. Las más de las veces.
Faile no le respondió con una sonrisa. Olver pensaba que era muy agradable mirarla, a pesar de esa nariz. Sin embargo, no era muy dulce. Qué puñetas, pero si tenía una mirada que podía oxidar un hierro de primera calidad.
Faile cabalgaba entre Aravine y Vanin. Aunque hablaban en voz baja, Olver oía lo que decían. Se aseguró de mirar en otra dirección, para que no pensaran que estaba escuchando a hurtadillas. Y no lo hacía. Sólo quería quitarse de la estela de polvo de los otros caballos.
—Sí —susurró Vanin—. Puede que no lo parezca, pero estamos cerca de las Tierras Malditas. Por las cenizas de mi madre, no puedo creer que estemos aquí. Pero ¿os habéis dado cuenta de que el aire es más frío? No hemos visto nada realmente malo desde esas cosas con tres ojos, ayer por la mañana.
—Nos acercamos —convino Aravine—. Dentro de poco estaremos cerca del Oscuro, en una tierra donde nada crece, sea corrupto o no, donde no hay vida, ni siquiera las cosas más malas de la Llaga.
—Supongo que eso debería ser un consuelo.
—En realidad no —dijo Vanin mientras se secaba la frente—. Porque los Engendros de la Sombra que hay allí arriba son más peligrosos. Si sobrevivimos, será porque hay una batalla en pleno apogeo. Si tenemos suerte, las Tierras Malditas, a excepción de los alrededores de Shayol Ghul, estarán tan vacías como la bolsa de un hombre después de cerrar un trato con los jodidos Marinos. Disculpad mi lenguaje, milady.
Olver estrechó los ojos para observar el pico hacia el que se aproximaban.
«Ahí es donde el jodido Oscuro vive —pensó—. Y probablemente también es donde está Mat, no en Merrilor.» Mat solía hablar de mantenerse lejos del peligro, pero siempre encontraba la forma de toparse con él de un modo u otro. Olver suponía que Mat sólo pretendía ser humilde, pero no le salía bien. ¿Por qué otra razón iba uno a decir que no quería ser un héroe si después acababa siempre lanzándose de cabeza al puñetero peligro?
—¿Y este sendero? —le preguntó Faile a Vanin—. Dijiste que podría haber habido tránsito por aquí recientemente. ¿Indicaría eso que este lugar dista mucho de estar desierto como describes de forma tan pintoresca con palabras subidas de tono?
—Parece que está transitado —gruñó Vanin.
—De modo que alguien ha estado moviendo carretas por la zona —dedujo Aravine—. No sé si eso es una señal buena o mala.
—No creo que aquí arriba haya ninguna buena —opinó Vanin—. Quizá deberíamos elegir un sitio cerca para escondernos y esperar.
Suspiró y volvió a secarse la frente, aunque Olver no entendía la razón. Estaba empezando a hacer bastante frío, eso era obvio, incluso durante el transcurso del día. Y también parecía haber menos plantas, algo que a él le parecía estupendo.
Miró hacia atrás al grupo de árboles que había arrebatado la vida a ese pobre hombre. No parecía haber más como ésos en las cercanías, en especial hacia adelante, por el sendero que iban.
—No podemos permitirnos el lujo de esperar, Vanin —dijo Faile—. Estoy decidida a llegar a Merrilor, de un modo u otro. El Dragón Renacido estará luchando en Thakan’dar. Allí es adonde hemos de llegar para que nos saquen de este maldito sitio.
Vanin gimió otra vez, pero Olver sonrió. Encontraría el modo de dar con Mat y demostrarle lo peligroso que él podía ser en la batalla. Luego...
En fin, luego era posible que Mat no lo abandonara como habían hecho los otros. Eso estaría bien, ya que iba a necesitar la ayuda de Mat para rastrear a esos Shaido. Después de todo lo que había aprendido entrenándose con la Compañía, estaba seguro de que nadie iba a mangonearlo. Y nadie volvería a arrebatarle a quienes quería, nunca jamás.
—Hay relatos en los archivos que explican lo que hemos visto —dijo Cadsuane, cogiendo la taza de té para calentarse las manos.
La chica Aiel, Aviendha, estaba sentada en el suelo de la tienda.
«Lo que daría por tener a ésa en la Torre», pensó Cadsuane. Esas Sabias... tenían agallas. Eran cortantes e incisivas como las mejores mujeres de la Torre Blanca.
Cadsuane ya no dudaba que la Sombra llevaba años urdiendo un plan complejo para socavar la Torre Blanca. Iba más allá de la desgraciada maniobra de derribar a Siuan Sanche y del gobierno de Elaida. Podrían pasar décadas, siglos, antes de que descubrieran la vastedad del plan de la Sombra. Aun así, el propio número de hermanas Negras —cientos, no unas pocas docenas como ella había supuesto— mostraba a las claras lo que había ocurrido.
De momento, Cadsuane tenía que trabajar con lo que tenía. Eso incluía a estas Sabias, mal entrenadas en el uso de tejidos, pero nunca cortas de arrestos. Útiles. Como Sorilea, a pesar de la debilidad con el Poder Único; estaba sentada al fondo de la tienda, observando.
—He hecho algunas averiguaciones, pequeña —le dijo Cadsuane a Aviendha—. Lo que esa mujer hace es, de hecho, Viajar. Sin embargo, los únicos fragmentos de documentos que lo mencionan se remontan a la Guerra del Poder.
—No vi tejidos, Cadsuane Sedai —contestó Aviendha, fruncido el entrecejo.
Cadsuane disimuló una sonrisa por el tono respetuoso de la muchacha. El chico al’Thor la había puesto al mando y, a decir verdad, mejor Aviendha que algunas otras. No obstante, debería haberla elegido a ella, y la chica seguramente lo sabía.
—Eso es porque la mujer no tejía Poder Único —contestó.
—¿Y qué otra cosa iba a ser?
—¿Sabes por qué quedó liberado el Oscuro originalmente?
Aviendha pareció recordar algo.
—Ah, sí —dijo—. Entonces, ¿están encauzando el poder del Oscuro?