Faile gritó y lanzó un cuchillo al ser, mientras Arrela lo atacaba y le hendía un hombro con la espada. Justo entonces, una segunda bestia apareció moviéndose con pesadez por las rocas, cerca de Faile.
Faile soltó una maldición, se apartó dando saltos y le arrojó un cuchillo. Alcanzó al ser o, al menos, el chillido que profirió aquella cosa parecía ser de rabia y dolor. Cuando Mandevwin se aproximó a caballo con una antorcha en la mano, la luz reveló que esas cosas horribles tenían rostros como los de los insectos, con multitud de dientes afilados en las mandíbulas. El cuchillo de Faile sobresalía de uno de los ojos de aspecto bulboso.
—¡Proteged a la dama! —gritó Mandevwin mientras arrojaba lanzas a los Brazos Rojos cercanos, que arremetieron con ellas al primer monstruo haciendo que se apartara de Arrela, la cual se escabulló a gatas, sangrando. La mujer, sin embargo, no había perdido la espada.
Faile se echó hacia atrás mientras Cha Faile se organizaba a su alrededor y después bajó la vista hacia lo que sostenía. El Cuerno de Valere, extraído del saco en el que ella lo había escondido. Podría tocarlo y...
«No —pensó—. Está ligado a Cauthon.» Para ella sólo funcionaria como un cuerno corriente.
—¡Aguantad! —gritó Mandevwin, haciendo recular a su caballo de guerra cuando una de las bestias se lanzó hacia él—. ¡Mito, Laandon, necesitamos más lanzas! ¡Id! Esas cosas luchan como verracos. ¡Haced que avancen, ensartadlos!
La táctica funcionó con uno de los monstruos; pero, mientras Mandevwin gritaba, el otro cargó contra él y agarró a su caballo por el cuello. La bestia no hizo caso de los soldados que intentaban ensartarlo y Mandevwin cayó al suelo con un gemido.
Todavía aferrando el Cuerno, Faile pasó con rapidez junto a un grupo de Brazos Rojos que habían conseguido atravesar a la otra bestia. Cogió una antorcha recién encendida y se la arrojó al segundo monstruo. Esto le prendió el pelaje de la espalda, y la cosa bramó cuando el fuego ascendió por la espina dorsal mientras el pelo ardía como yesca seca. Tiró el caballo muerto de Mandevwin, con la cabeza casi arrancada de cuajo, a la vez que se agitaba violentamente entre chillidos y aullidos.
—¡Coged a los heridos! —ordenó Faile, que agarró a un miembro de la Compañía por el brazo—. ¡Ocupaos de Mandevwin!
El hombre miró con los ojos abiertos como platos el Cuerno que ella sostenía; luego salió del pasmo con una sacudida y, asintiendo con la cabeza, llamó a otros dos para que lo ayudaran a levantar a Mandevwin.
—Milady, ¿qué está ocurriendo? —preguntó Aravine, que estaba cerca de los arbustos que había detrás.
—Dos Brazos Rojos intentaron robar lo que he transportado hasta aquí —contestó Faile—. Ahora vamos a emprender la marcha aunque sea de noche.
—Pero...
—¡Escucha! —lo interrumpió Faile, que señaló hacia la oscuridad.
A lo lejos sonaban una docena de chirridos diferentes en respuesta a los chillidos de la bestia moribunda.
—Los gritos atraerán a más horrores, al igual que el olor de la sangre derramada. Nos vamos. Si conseguimos internarnos lo suficiente en las Tierras Malditas esta noche, podríamos estar a salvo. Despierta al campamento y que los heridos monten en los caballos. Prepara a todos los demás para una marcha forzada. ¡Deprisa!
Aravine asintió con un gesto y se alejó andando con dificultad. Faile echó una mirada en la dirección por donde se habían marchado Harnan y Vanin. Anhelaba darles caza, pero rastrearlos en la oscuridad requeriría avanzar despacio, y eso significaba la muerte esa noche. Además, ¿quién sabía los recursos a los que tenía acceso ese par de Amigos Oscuros?
Huirían. Y quisiera la Luz que no hubiera sido víctima de un engaño mayor de lo que parecía. Si Vanin había sabido preparar de algún modo una réplica del Cuerno para dejarla caer a fin de que ella lo «rescatara» mientras él huía...
No había forma de saberlo. Llegaría a la Última Batalla con un Cuerno falso y quizá provocaría la perdición de todos ellos. Esa posibilidad la acosó mientras los miembros de la caravana avanzaban deprisa en la oscuridad, confiando en la Luz y en la suerte para escapar de los peligros de la noche.
36
Cosas que no cambian nunca
A Rand le pasaba algo.
Nynaeve se aferraba a la estalagmita en las profundidades de la Fosa de la Perdición para que el viento no la arrastrara hacia la nada que había enfrente de ella. Moraine la había llamado la esencia del Oscuro, pero ¿eso no lo convertía en el Poder Verdadero? Y lo que era peor: si su esencia estaba en el mundo, ¿no significaría que ya se había liberado? Fuera lo que fuera, su naturaleza era el puro mal y la inundaba con un terror como jamás había sentido en toda su vida.
Tiraba con una fuerza enorme, absorbiendo todo cuanto había cerca. Nynaeve temía que, si se soltaba, la arrastraría hacia sí. De hecho, ya le había arrebatado el chal y lo había hecho desaparecer. Si esa nada la atrapaba, perdería la vida. Puede que también el alma.
«¡Rand!», pensó. ¿Podría hacer algo para ayudarlo? Él se encontraba delante de Moridin, ambos trabados, espada contra espada. Como atrapados en un instante en el que se hubiera detenido el tiempo. El sudor resbalaba por el rostro de Rand. No hablaba. Ni siquiera parpadeaba.
Uno de los pies de Rand había tocado la oscuridad, y en ese momento se había quedado inmóvil; y también Moridin. Eran como estatuas. El aire aullaba alrededor de ambos, pero no parecía afectarlos como le ocurría a ella. Llevaban así, paralizados, sus buenos quince minutos.
En total, había pasado menos de una hora desde que habían entrado en la cueva para enfrentarse al Oscuro.
Nynaeve observó rocas que se deslizaban por el suelo y luego desaparecían absorbidas por esa negrura. Sus ropas se sacudían y ondeaban como si hubiera un vendaval, al igual que las de Moraine, la cual se hallaba cerca, asida a otro de esos dientes de piedra. Menos mal que allí el hedor a azufre que llenaba la caverna lo arrastraba hacia sí la negrura.
No podía usar el Poder Único. Rand absorbía hasta la última pizca que ella era capaz de encauzar, si bien no parecía estar haciendo nada con él. ¿Podría acercarse ella hasta Moridin? Parecía que el hombre no podía moverse. Casi cualquier cosa sería mejor que esperar.
Aflojó las manos agarradas a la estalagmita, para tantear la resistencia de su peso contra el tirón de la nada que tenía enfrente. De inmediato empezó a deslizarse, y Nynaeve tiró de sí misma hacia atrás.
«¡No pienso pasarme la Última Batalla asida a una roca! —pensó—. Al menos, no a la misma todo el tiempo.» Tenía que correr el riesgo de moverse. Ir directamente hacia adelante parecía demasiado peligroso, pero si se movía de lado... Sí, allí cerca había otra estalagmita, a la derecha. Logró soltarse de la piedra y, medio resbalando, medio corriendo, llegó a la otra estalagmita. Desde allí, eligió otra; esta vez se soltó con cuidado y se agarró enseguida a la siguiente. El proceso era muy lento.
«Rand, cabeza de chorlito», se dijo. ¡Si hubiera dejado que Moraine o ella dirigieran el círculo, a lo mejor podrían haber hecho algo mientras él luchaba!
Llegó a otra estalagmita y se paró al ver algo a su derecha. Casi gritó. Allí, medio oculta contra la pared, había una mujer acurrucada, protegida del viento por las rocas. Parecía que lloraba.
Nynaeve miró a Rand, que seguía estático, trabado con Moridin; luego se acercó a la mujer. El mayor número de estalagmitas que había allí facilitaba mucho la tarea de moverse sin correr tanto peligro, ya que las concreciones calcáreas entorpecían el tirón de la nada.
Por fin llegó junto a la mujer. Estaba encadenada a la pared.