—¡¿Alanna?! —gritó Nynaeve—. Luz, ¿qué haces aquí?
La Aes Sedai parpadeó y volvió los ojos enrojecidos hacia Nynaeve. La miró con expresión ausente, como si tuviera la mente vacía. Al examinarla, Nynaeve reparó en que todo el costado izquierdo de Alanna estaba manchado de sangre por una herida de cuchillo en el vientre. ¡Luz! Tendría que haberse dado cuenta por la palidez del semblante de la mujer. ¿Por qué apuñalarla y dejarla allí?
«Vinculó a Rand —recordó Nynaeve—. Oh, Luz.» Era una trampa. Moridin había dejado a Alanna desangrándose y después se había enfrentado a Rand. Cuando Alanna muriera, Rand —al ser su Guardián— se volvería loco de rabia, lo que facilitaría a Moridin la tarea de destruirlo.
¿Por qué no se había dado cuenta él? Nynaeve rebuscó hierbas en sus bolsitas y se paró de golpe. ¿Podían hacer algo las hierbas en ese estado de gravedad? Tenía que usar el Poder Único para Curar una herida así. Nynaeve desgarró tiras de la ropa de la mujer para hacer un vendaje y luego intentó absorber Saidar para la Curación.
Rand lo tenía y no lo soltó. Frenética, trató de apartarlo, pero Rand no cedió. De hecho, incrementó la fuerza con la que lo retenía cuando ella lo presionó. Ahora parecía que sí encauzaba, de algún modo, si bien Nynaeve no veía los tejidos. Percibía algo, pero, con el aullido del viento y la extraña naturaleza de la cueva, era como si una tempestad girara a su alrededor. El Poder estaba envuelto en eso, de algún modo.
¡Maldición! ¡Necesitaba el Saidar! No era culpa de Rand. No podía cederle poder alguno mientras dirigiera el círculo.
Nynaeve presionó la herida de Alanna con la mano; se sentía impotente. ¿Debería pedirle a Rand que la liberara del círculo? Si lo hacía, seguro que Moridin se volvería hacia ella y atacaría a Alanna.
¿Qué hacer? Si esa mujer moría, Rand perdería el control. Y lo más probable era que eso fuera su fin... Y el fin de la Última Batalla.
Mat golpeó la madera con el hacha para rebajarla y dejar una punta afilada.
—¿Veis? —dijo—. No tiene que ser bonita ni elaborada. Dejad la carpintería de lujo para impresionar a la hija del alcalde.
Los hombres y las mujeres que observaban asintieron con seria determinación. Eran granjeros, aldeanos y artesanos, como la gente que había conocido allá, en Dos Ríos. Mat tenía miles de ellos a sus órdenes. Jamás había imaginado que serían tantos. La buena gente del campo había acudido a la batalla.
Mat suponía que estaban chiflados, del primero al último. Si él hubiera podido escaparse, se habría escondido en un sótano en alguna parte. Así se abrasara, al menos lo habría intentado.
Esos dados no dejaban de repicar dentro de su cabeza, como venían haciéndolo desde que Egwene le había entregado el mando de todos los ejércitos de la Luz. Ser un puñetero ta’veren no valía una mierda.
Siguió afilando la estaca para la empalizada. Un tipo lo observaba con especial atención; era un viejo granjero con la tez tan curtida que las espadas de los trollocs seguramente rebotarían al dar en ella. Por alguna razón, a Mat le sonaba la cara de ese hombre.
«Qué asco de memoria», pensó. Sin duda, ese tipo se parecía a alguien de los antiguos recuerdos que había recibido. Sí, debía de ser eso, algo que tenía que ver con un... ¿Un carro? ¿Y un Fado? No conseguía recordarlo.
—Venga, Renald —le dijo el tipo a uno de sus compañeros, otro granjero, éste de buena cepa fronteriza a juzgar por su aspecto—. Vayamos a la línea, a ver si podemos apurar un poco a los otros.
Los dos se fueron mientras Mat terminaba la estaca y se limpiaba la frente. Alargaba la mano hacia un nuevo palo —más valía que hiciera otra demostración a esos pastores—, cuando una figura vestida con cadin’sor se acercó corriendo a lo largo del muro casi acabado de la empalizada.
Urien tenía el cabello de un color rojo intenso y lo llevaba corto excepto por el mechón largo en la nuca. Alzó una mano hacia Mat mientras pasaba.
—Empiezan a moverse, Matrim Cauthon —le dijo, sin detenerse—. Creo que vienen en esta dirección.
—Gracias —contestó Mat—. Te debo una.
El Aiel se volvió sin detenerse y continuó corriendo de espaldas un momento para mirar a Mat.
—¡Tú gana esta batalla! He apostado un odre de oosquai a que vencemos nosotros.
Mat resopló con sorna. Si había algo más inquietante que un Aiel ingrávido, era uno sonriente. ¿Había apostado, por el resultado de la batalla? ¿Qué clase de apuesta era ésa? Si perdían, nadie viviría lo suficiente para recibir...
Mat frunció el entrecejo. Pues la verdad era que se trataba de una apuesta estupenda.
—Urien, ¿a quién encontraste que aceptara esa apuesta? —preguntó a voces Mat.
Pero el Aiel ya estaba demasiado lejos y no lo oyó. Mat rezongó y le tendió su hacha a la persona que tenía al lado, una mujer teariana.
—Mantenlos en línea, Cynd.
—Sí, lord Cauthon.
—No soy un jodido lord —repuso Mat por la fuerza de la costumbre, al tiempo que recogía su ashandarei.
Echó a andar y enseguida se volvió a mirar la empalizada que estaban levantando; entonces atisbó a un puñado de Guardias de la Muerte que caminaban junto a las filas de trabajadores. Como lobos entre ovejas. Mat apretó el paso.
A sus ejércitos no les quedaba mucho tiempo para prepararse. Utilizar accesos los había situado por delante de los trollocs, pero no habían escapado. Luz, no había ningún sitio donde escapar. Sin embargo, Mat había tenido la opción de elegir el campo de batalla, y ese lugar, Merrilor, era el que más les convenía a ellos.
«Es como elegir los dos metros de tierra donde cavarán tu tumba —pensó—. Para empezar, preferiría no tener que elegir, por supuesto.»
La empalizada se levantaba delante del bosque, al este de Campo de Merrilor. No quedaba tiempo para acordonar o rodear toda el área con una empalizada, y hacer tal cosa tampoco tenía mucho sentido, de todas formas. Con esos encauzadores sharaníes, la Sombra podía abrirse paso a través de paredes como una espada a través de seda. Pero algunas empalizadas, con pasarelas por la parte superior, darían a sus arqueros altura para disparar a los trollocs.
Mat tenía allí dos ríos a los que sacar provecho. El río Mora fluía en dirección sudoeste, entre los Altos y Alcor Dashar. La margen meridional estaba en Shienar, en tanto que la septentrional pertenecía a Arafel. Después desembocaba en el río Erinin, que corría directamente hacia el oeste, en la linde meridional de Campo de Merrilor.
Esos ríos darían más protección que cualquier muralla, sobre todo ahora, que tenía efectivos suficientes para defenderlos como era debido. En fin, si es que podían llamarse «efectivos». La mitad de sus soldados eran tan novatos como la nieve de primavera, y la otra mitad había batallado casi hasta la muerte una semana antes. Los fronterizos habían perdido dos combatientes de cada tres... Luz, dos de cada tres. Un ejército con menos raigambre guerrera se habría disuelto.
Contando a todos los que tenía a sus órdenes, el adversario los superaría en cuatro a uno cuando esos trollocs llegaran. Al menos era lo que indicaban los informes de los Puños del Cielo. El panorama se presentaba peliagudo.
Mat se caló más el sombrero y luego se rascó al lado del nuevo parche del ojo que Tuon le había dado. Cuero rojo. Le gustaba.
—A ver, vosotros —dijo al pasar junto a algunos de los nuevos reclutas de la Guardia de la Torre, que practicaban con varas de combate; las puntas de lanza aún se estaban forjando para ponerlas en los extremos. Por las apariencias, sería más probable que esos hombres se hirieran a sí mismos antes que al enemigo.
Mat le tendió la ashandarei a un recluta y luego cogió la vara que sujetaba otro mientras el primero se apresuraba a hacer un saludo. La mayoría de esos reclutas no eran lo bastante mayores para tener que afeitarse más de una vez al mes. Si el joven al que le había quitado la vara tenía un día más de los quince años, Mat se comería las botas. ¡Y sin cocerlas antes siquiera!