—¿Alguien ha visto a Perrin? —preguntó—. No quiero ser el que le diga que su esposa anda extraviada.
—Nadie lo ha visto. Imagino que está trabajando para ayudar a Rand.
—Bah. ¿Podrías abrirme un acceso a la cima de Alcor Dashar? —pidió Mat.
—Creía que querías ir a mi campamento.
—Pilla de camino —contestó él; bueno, más o menos de camino—. Y esos Guardias de la Muerte no se lo esperarán. Así me abrase, Egwene, pero creo que han imaginado hacia dónde nos dirigimos.
Tras hacer un breve alto, Egwene abrió un acceso a la zona de Viaje situada en la cima de Alcor Dashar. Lo cruzaron.
Alcor Dashar se elevaba sus buenos cien pies en el centro del campo de batalla. La formación rocosa era inaccesible en cuanto a llegar a la cima escalando, por lo que los accesos eran el único medio de subir. Desde allí arriba, Mat y sus comandantes podrían observar el desarrollo de toda la batalla.
—Jamás he conocido a otra persona que pusiera tanto empeño en evitar el trabajo, Matrim Cauthon —le dijo Egwene.
—Eso es porque no has pasado suficiente tiempo rodeada de soldados.
Mat hizo un gesto con la mano a los hombres que lo saludaron a su paso mientras salían de la zona de Viaje.
Miró al norte, hacia el río Mora y el territorio de Arafel. Luego, al nordeste, hacia las ruinas de lo que antaño había sido una especie de fortificación o torre de vigía. Al este, hacia la creciente empalizada y el bosque. Siguió dándose la vuelta, hacia el sur, para mirar el río Erinin allá, en la distancia, y el extraño y reducido grupo de grandes árboles por el que Loial sentía tanto respeto. Decían que Rand los había hecho crecer durante la reunión en la que se había firmado el tratado. Mat miró al sudoeste, hacia el único vado cercano que tenía el Mora; las gentes que antes cultivaban esas tierras lo llamaban Vado de Hawal. Más allá del vado, en la orilla arafelina, había una gran extensión de ciénagas.
Al oeste, al otro lado del Mora, se encontraban los Altos de Polov, una loma de cima plana con una vertiente escarpada al este y otras en los tres lados restantes con declives más graduales. Entre la base de la ladera del sudoeste y las ciénagas quedaba una cañada de aproximadamente doscientos pasos de ancho, con señales de estar muy transitada por los viajeros que utilizaban el vado para cruzar entre Arafel y Shienar. Mat podía aprovechar esas características a su favor. Todas ellas. ¿Sería suficiente? Percibía algo que tiraba de él, como si lo arrastrara hacia el norte. Rand iba a necesitar su ayuda pronto.
Se volvió, dispuesto a escapar, al ver que alguien se acercaba a través de la cima del cerro, pero no eran los Guardias de la Muerte. Sólo era Jur Grady, con su rostro curtido.
—Traje a esos soldados para vos —dijo Grady al tiempo que señalaba.
Mat vio una pequeña fuerza que salía por un acceso en la zona de Viaje que había cerca de la empalizada. Cien hombres de la Compañía, encabezados por Delarn, que enarbolaban una jodida bandera roja. Los Brazos Rojos iban acompañados por unas quinientas personas que vestían ropas muy usadas.
—Y todo esto ¿a cuento de qué? —preguntó Grady—. Enviasteis a esos cien hombres a un pueblo del sur para reclutar gente, supongo.
Para eso y para algo más.
«Te salvé la vida, hombre —pensó Mat, que intentaba distinguir a Delarn entre el grupo—. Y entonces te ofreciste voluntario para esto. Maldito estúpido.» Delarn se comportaba como si ése fuera su sino.
—Llévalos río arriba —indicó Mat—. Los mapas muestran que sólo hay un sitio apropiado para represar la corriente del Mora. Un estrecho cañón situado a unas pocas leguas al nordeste de aquí.
—De acuerdo. Habrá encauzadores involucrados —opinó Grady.
—Tendrás que ocuparte de ellos —contestó Mat—. Sin embargo, principalmente quiero que dejes a esos seiscientos hombres y mujeres defender el río. Tú no te arriesgues demasiado. Deja que Delarn y su gente hagan el trabajo.
—Perdón, pero no es una fuerza que parezca muy grande —opinó Grady—. La mayoría no son soldados entrenados.
—Sé lo que hago —repuso Mat. «Eso espero.»
Grady asintió en silencio, a regañadientes, y se alejó.
Egwene observaba a Mat con curiosidad.
—En este combate no hay retirada —dijo Mat en voz queda—. No retrocedemos. No hay adónde ir. Resistimos aquí o lo perdemos todo.
—Siempre hay una salida —arguyó Egwene.
—No. Ya no.
Mat se apoyó la ashandarei en el hombro. Recorrió el entorno con la mirada mientras los recuerdos aparecían como si surgieran de la luz y del polvo que había ante él. Rion, en Colina Hune. Naath y los San d’ma Shadar. La Caída de Pipkin. Cientos y cientos de campos de batalla, centenares de victorias. Miles de muertos.
Mat veía pasar a través del campo los recuerdos como destellos producto de su imaginación.
—¿Has hablado con los intendentes? Andamos cortos de comida, Egwene. No podemos ganar una guerra demasiado prolongada, combatiendo y replegándonos. El enemigo nos machacará si hacemos eso. Igual que Eyal en las Marcas de Maighande. Ahora, aunque castigados, nos encontramos en nuestro mejor momento. Si retrocedemos, nos resignamos a morir de inanición mientras los trollocs nos destruyen.
—Sólo tenemos que resistir hasta que Rand salga victorioso de su lucha —dijo Egwene.
—Eso es verdad... en cierto modo —replicó Mat, que se volvió hacia los Altos de Polov.
En su mente, veía lo que podría acontecer, las posibilidades. Imaginaba jinetes en los Altos, como sombras. Serían derrotados si intentaban retener esas lomas, pero tal vez...
—Si Rand pierde, dará igual —prosiguió—. La jodida Rueda se romperá y todos nos convertiremos en nada, si tenemos suerte. En fin, no podemos hacer más al respecto. Pero ahí está el quid. Aunque Rand haga lo que se supone que ha de hacer, todavía podemos perder la guerra, y eso será lo que ocurra si no detenemos a los ejércitos de la Sombra.
Parpadeó, mientras lo veía: todo el campo de batalla extendido ante él. La lucha en el vado. Flechas desde la empalizada.
—No podemos contentarnos con vencerlos, Egwene —dijo—. No podemos limitarnos a resistir y a aguantar. Tenemos que destruirlos, hacerlos huir y después darles caza a todos, hasta el último trolloc. No podemos conformarnos con sobrevivir... Tenemos que vencer.
—¿Y cómo vamos a hacer eso? —preguntó Egwene—. Mat, no hablas con sentido común. ¿No decías ayer mismo lo mucho que nos superarían en número?
Él miró hacia las ciénagas al imaginar sombras intentando avanzar de forma trabajosa a través de ellas. Sombras de polvo y remembranza.
—Tengo que cambiarlo todo —declaró. No se podía permitir hacer lo que ellos esperaban que hiciera. No podía hacer lo que los espías podrían haber informado ya sobre lo que planeaba—. Rayos y truenos... Una última tirada de dados. A todo cuanto tenemos, apilado en un montón...
Un grupo de hombres con armadura oscura salió por un acceso a la cima del montículo; jadeaban, como si hubieran tenido que dar caza a una damane para que los subiera allí. Los petos estaban lacados en un intenso color rojo, pero ese grupo no necesitaba un despliegue amedrentador para resultar intimidantes. Parecían lo bastante furiosos para cascar huevos con una mirada.
El Guardia de la Muerte que comandaba el grupo, un hombre llamado Gelen, señaló con el dedo a Mat y se dirigió hacia él.
—Se requiere vuestra presencia en...
Mat alzó una mano para que se callara.
—¡No me eludiréis otra vez! —exclamó Gelen—. Tengo órdenes de...
Mat asestó una mirada feroz al hombre, que se paró en seco, y se volvió de nuevo hacia el norte. Un viento frío, de algún modo familiar, sopló en torno a él agitando el largo chaquetón y rozando el sombrero. Entrecerró el ojo. Rand tiraba de él.
Los dados seguían repicando en su cabeza.
—Están aquí —dijo Mat.