—¿Qué has dicho? —preguntó Egwene.
—Que están aquí.
—Los exploradores han dicho...
—Se equivocan —la interrumpió Mat.
Alzó la vista al cielo y divisó un par de raken que regresaban a toda velocidad al campamento. Lo habían visto. Los trollocs debían de haber marchado sin pausa durante toda la noche.
«Los sharaníes habrán llegado a través de accesos y avanzarán primero, para dar a los trollocs un respiro», pensó Mat.
—Enviad corredores —ordenó, señalando a los Guardias de la Muerte—, que hombres y mujeres ocupen sus puestos. Y tú, Egwene, advierte a Elayne que voy a cambiar el plan de batalla.
—¿Qué? —exclamó Egwene.
—¡Están aquí! —repitió Mat, volviéndose hacia los Guardias de la Muerte—. ¡¿Por qué puñetas no os habéis marchado ya?! ¡Moveos, moveos!
En lo alto, los raken chillaron. Cabe decir en su beneficio que Gelen saludó y echó a correr con sus compañeros, haciendo tintinear aquella enorme armadura.
—Ha llegado el momento, Egwene —dijo Mat—. Respira hondo, toma un último trago de brandy o prende tu última pizca de tabaco. Echa un buen vistazo al terreno que tienes ante ti, porque pronto se habrá cubierto de sangre. Dentro de una hora estaremos en lo más intenso del combate. Que la Luz vele por todos nosotros.
Perrin vagaba a la deriva en la oscuridad. Estaba tan cansado...
«Verdugo sigue vivo —pensó una parte de su cerebro—. Graendal está corrompiendo a los grandes capitanes. El fin se aproxima. ¡No puedes dejarte ir ahora! Aguanta.»
¿Aguantar? ¿Asido a qué? Intentó abrir los ojos, pero se sentía demasiado exhausto. Tendría que... Tendría que haber salido del Sueño del Lobo antes. Notaba todo el cuerpo entumecido, excepto...
Excepto el costado. Moviendo los dedos, que le parecían ladrillos, tocó algo caliente: su martillo. Estaba candente. Ese calor pareció fluir dedos arriba, y Perrin respiró hondo.
Debía despertar. Flotaba al borde de la inconsciencia, como cuando uno está a punto de dormirse, aunque todavía sigue un poco despierto. En ese estado, sintió como si tuviera ante sí un camino bifurcado. Uno de ellos conducía a una oscuridad más profunda. Y el otro... No lo veía, pero sabía que eso significaba... Significaba despertarse.
El calor del martillo irradió por el brazo hacia arriba. La mente adquirió agudeza, se tornó más perceptiva. Despertarse.
Eso era lo que Verdugo había hecho. Había... despertado... de algún modo.
A Perrin se le estaba escapando la vida, se le escurría entre los dedos. No quedaba mucho tiempo. Medio envuelto en el abrazo de la muerte, apretó los dientes, hizo una profunda inhalación y se obligó a... Despertar.
El silencio del Sueño del Lobo se hizo añicos.
Cayó en tierra blanda y entró en un sitio donde sonaban gritos. Gritos sobre algo de un frente de batalla, sobre preparar las líneas...
Cerca, alguien gritó. Y luego gritó alguien más. Y otros.
—¿Perrin? —Conocía esa voz—. ¡Perrin, muchacho!
¿Maese Luhhan? Cómo le pesaban los párpados. No podía abrirlos. Unos brazos lo agarraron.
—Aguanta. Ya te tengo, muchacho. Te tengo. Aguanta.
37
La última batalla
Aquella mañana rompió el alba en los Altos de Polov, pero el sol no brilló para los Defensores de la Luz. Del oeste y del norte llegaron los ejércitos de la Oscuridad para ganar esa última batalla y arrojar una Sombra sobre todo el mundo; para dar paso a una Era en la que los gemidos y los llantos de los dolientes no serían escuchados.
Lan sostuvo en alto la espada mientras galopaba a través del campamento a lomos de Mandarb. Arriba, las nubes matinales empezaban a teñirse de rojo al reflejar enormes bolas de fuego que se elevaban desde el masivo ejército sharaní que se acercaba por el oeste. Las bolas trazaban gráciles arcos en el aire, lentas en apariencia debido a la gran distancia.
Grupos de jinetes salieron del campamento para unirse a Lan. Los pocos malkieri que habían sobrevivido cabalgaban detrás de él, pero su fuerza había crecido como una marea. Andere se unió a él en la cabeza de la marcha; llevaba el estandarte de Malkier —la Grulla Dorada— que servía de bandera para todas las Tierras Fronterizas.
Los habían hecho sangrar, pero no los habían derrotado. Derribar a un hombre era el mejor modo de comprobar de qué pasta estaba hecho. Ese hombre tenía la posibilidad de echar a correr. Si no lo hacía, si permanecía en su sitio con sangre en la comisura de la boca y una mirada de determinación en los ojos, entonces lo sabías. Ese hombre estaba a punto de volverse realmente peligroso.
Las bolas de fuego parecieron moverse más deprisa al caer, y se estrellaron en el campamento con estampidos de roja furia. Las explosiones sacudieron el suelo. Cerca se alzaron gritos que acompañaron el estruendoso ruido acompasado de los cascos a galope. Todavía se iban uniendo más hombres a su tropa. Mat Cauthon había hecho correr la voz por todos los campamentos de que se necesitaba más caballería que se uniera al avance de Lan y reemplazara a los jinetes perdidos.
También había advertido cuál sería el coste de ir con ellos. La caballería estaría en la vanguardia del combate, rompiendo líneas de trollocs y sharaníes, y tendría poco descanso. Ellos se llevarían la peor parte en cuanto a las bajas de ese día.
Aun así, los hombres se unían a él. Fronterizos que deberían ser demasiado viejos para cabalgar. Mercaderes que habían dejado a un lado la bolsa del dinero y habían empuñado la espada. Un sorprendente número de sureños, incluidas muchas mujeres, equipados con petos y acero o con gorros de cuero y lanzas. No había bastantes lanzas para todos.
—¡La mitad de esos que se nos unen parecen granjeros más que soldados! —le gritó Andere para hacerse oír por encima de la trápala de los cascos.
—¿Alguna vez has visto a un hombre o una mujer de Dos Ríos cabalgar, Andere? —le respondió Lan, también a voces.
—No puedo decir que sí.
—Observa y sorpréndete.
La caballería de Lan llegó al río Mora, donde se encontraba un hombre de cabello largo y ondulado, vestido con chaqueta negra y con las manos enlazadas a la espalda. Logain tenía ahora cuarenta Aes Sedai y Asha’man con él. Miró el contingente de Lan y después alzó una mano hacia el cielo y estrujó —como si fuera un trozo de papel— una enorme bola de fuego que caía. El cielo restalló como un trueno y la bola de fuego destrozada esparció chispas por doquier mientras el humo se agitaba en el aire. Cayeron flotando pavesas que se apagaban al tocar la impetuosa corriente del río y esparcían pizcas blancas y negras en la superficie del agua.
Lan frenó un poco a Mandarb al aproximarse a Vado de Hawal, justo al sur de los Altos de Polov. Logain adelantó la otra mano hacia el río. Las aguas se agitaron y dieron bandazos hacia arriba mientras se alzaban en el aire, como si fluyeran por encima de una rampa invisible. Se desplomaron con estrépito por el otro lado y crearon una violenta catarata; al caer, el agua saltaba y salpicaba sobre de las riberas del río.
Lan hizo una leve inclinación de cabeza a Logain y siguió adelante guiando a Mandarb por debajo de la cascada y cruzando sobre las piedras del lecho del vado, todavía mojadas. Arriba, la luz del sol se filtraba a través del agua del río y centelleaba sobre Lan mientras pasaba bajo el túnel con estruendo, seguido por Andere y los malkieri. La catarata rugía a su izquierda y levantaba una neblina de agua pulverizada.
Lan se estremeció cuando salió de nuevo a cielo abierto; luego cargó a través de la cañada hacia los sharaníes. A su derecha se alzaban los Altos de Polov y a su izquierda se extendían las ciénagas, pero allí el paso era de tierra firme y llana. Arriba, en los Altos, arqueros, ballesteros y dragoneros se preparaban para disparar andanadas a los enemigos que se aproximaban.