Выбрать главу

Sharaníes al frente, una inmensa fuerza trolloc agrupándose detrás, todo directamente al oeste de los Altos. El estampido del disparo de un dragón hendió el aire desde la cumbre de los Altos, y a no tardar los sharaníes respondían con explosiones propias.

Lan situó la lanza en posición, apuntó a un soldado sharaní que cargaba hacia los Altos de Polov, y se preparó.

Elayne alzó la cabeza y giró hacia un lado. Ese terrible canto, un arrullo, un canturreo hermoso y terrible al mismo tiempo. Taconeó a Sombra de Luna, atraída hacia ese suave sonido. ¿De dónde venía?

Procedía de alguna parte dentro del campamento seanchan, al pie de Alcor Dashar. Echar una bronca a Mat por no explicarle su plan de guerra podía esperar. Tenía que encontrar la fuente de ese sonido, ese canto maravilloso que...

—¡Elayne! —gritó Birgitte.

Elayne taconeó los flancos de su montura para que prosiguiera.

—¡Elayne! ¡Draghkar!

Draghkar. Elayne se sacudió, miró hacia arriba y se encontró con las criaturas que caían como gotas de agua por todo el campamento. Las mujeres de la guardia bajaron las espadas y abrieron mucho los ojos a medida que el arrullo continuaba.

Elayne tejió un trueno y lo lanzó; el estampido hendió el aire extendiéndose a través de las guardias, que gritaron y se taparon los oídos. Elayne sintió un pinchazo de dolor en la cabeza y maldijo mientras cerraba los ojos, asaltada por la conmoción. Y entonces... dejó de oír.

De eso se trataba.

Se obligó a abrir los ojos para ver a los Draghkar todo en derredor, con los cuerpos larguiruchos y los ojos inhumanos. Abrieron los labios para canturrear, pero los oídos ensordecidos de Elayne no oyeron el arrullo. Sonrió mientras tejía látigos de fuego y arremetió contra las criaturas. No oyó los chillidos de dolor, lo cual era una lástima.

Recobradas, las mujeres de la guardia que habían caído de rodillas se incorporaron y apartaron las manos de los oídos. Por la expresión aturdida, Elayne comprendió que también estaban sordas. Birgitte las tenía enseguida atacando a los sorprendidos Draghkar. Tres de las criaturas intentaron emprender el vuelo para huir, pero Birgitte se ocupó de ellas con una flecha de penacho blanco para cada una; la última que derribó se precipitó sobre una tienda cercana.

Elayne agitó la mano para llamar la atención de Birgitte. Los primeros sonidos de los Draghkar no habían llegado de arriba, sino de más adentro del campamento. Elayne señaló, taconeó a Sombra de Luna para que se pusiera en movimiento, y condujo a sus tropas entre los seanchan. Por doquier, yacían hombres que contemplaban el cielo con las bocas abiertas. Muchos parecían respirar, pero no había vida en los ojos que miraban al vacío. Los Draghkar habían consumido sus almas, pero dejaban vivos los cuerpos como corteza cortada del pan de un hombre rico.

Ese grupo de Draghkar —Luz, había más de un centenar— podría haber tomado un hombre cada uno, matarlo y después retirarse sin que se descubriera su presencia. El clamor lejano de la batalla —toques de cuerno, estampidos de dragones, silbantes bolas de fuego, todo lo cual Elayne notaba ahora, pero que apenas oía debido a los oídos dañados— habría ocultado el ataque Draghkar. Las criaturas podrían haber atacado y huir, pero eran glotonas.

Sus guardias se dispersaron y atacaron a los sorprendidos Draghkar, muchos de los cuales tenían soldados sujetos. Esos seres no eran luchadores resistentes si se tomaba como referente la fuerza de los brazos. Elayne esperó mientras preparaba tejidos. A los Draghkar que intentaron huir, los abatió con fuego en el aire.

Cuando todos hubieron muerto —al menos los que estaban a la vista— Elayne hizo un gesto a Birgitte para que se acercara. En el aire flotaba un intenso olor a carne quemada. Elayne encogió la nariz y se inclinó para poner las manos en la cabeza de Birgitte y Curarle los oídos. Los bebés dieron pataditas cuando lo hizo. ¿De verdad reaccionaban así cuando Curaba a alguien o sólo eran imaginaciones suyas? Elayne bajó una mano para sujetarse el vientre con un brazo al tiempo que Birgitte daba un paso atrás y miraba a su alrededor.

La Guardiana encajó una flecha en la cuerda; Elayne percibió su alarma. Birgitte disparó y un Draghkar salió a descubierto del interior de una tienda cercana, trastabillando. Luego apareció un seanchan, también a trompicones y con los ojos vidriosos. La muerte había interrumpido a la criatura cuando estaba a mitad de la ingesta; ese pobre tipo no volvería a estar en su sano juicio.

Elayne dio media vuelta a la montura y vio algunas tropas seanchan que llegaban cargando hacia el área. Birgitte habló con ellos y luego se volvió para hablarle a Elayne, pero ésta sacudió la cabeza y Birgitte vaciló; entonces dijo algo más a los seanchan.

Las guardias de Elayne se agruparon a su alrededor de nuevo y observaron a los seanchan con desconfianza. Elayne entendía perfectamente su reacción.

Birgitte le hizo un gesto con la mano para que siguiera adelante y el grupo continuó en la dirección que llevaban antes. En esto, una damane y su sul’dam se acercaron y —cosa sorprendente— le hicieron una reverencia a Elayne. Quizá la tal Fortuona les había dado órdenes de mostrarse respetuosas con los monarcas de otros países.

Elayne vaciló, pero ¿qué iba a hacer? Podía regresar al campamento para recibir la Curación, pero eso la entretendría un buen rato y era urgente que hablara con Mat. ¿De qué servía pasarse días trazando planes de guerra si él los desechaba después? Confiaba en Mat —Luz, no le quedaba más remedio—, pero preferiría saber qué se proponía hacer.

Suspiró y extendió el pie hacia la damane. La mujer frunció el entrecejo y luego miró a la sul’dam. Por lo visto, ambas se lo habían tomado como un insulto. Desde luego ella lo había hecho con intención de que lo pareciera.

La sul’dam asintió y su damane alargó la mano para tocar la pierna de Elayne justo por encima de la bota. Las resistentes botas eran parecidas a las que llevaría cualquier soldado, no una reina, pero ella no tenía intención de entrar en batalla llevando unos zapatos finos.

Una leve sacudida del frío de la Curación le recorrió el cuerpo, y empezó a recuperar el oído poco a poco. Los tonos graves fueron los primeros. Explosiones. El lejano estampido de disparos de dragones. El discurrir del río cercano. Varios seanchan hablando. Las siguientes fueron las frecuencias medias, y luego un torrente de sonidos. El suave movimiento de faldones de tiendas, gritos de soldados, toques de cuernos.

—Diles que Curen a las otras —indicó Elayne a Birgitte.

Ésta enarcó una ceja, probablemente preguntándose por qué no daba ella la orden directamente. Bueno, esos seanchan eran muy quisquillosos en cuanto qué clases sociales podían hablar entre sí. Elayne no les haría el honor de hablarles directamente.

Birgitte transmitió la orden y los labios de la sul’dam se apretaron en una fina línea. Llevaba los lados de la cabeza afeitados; era de alta cuna. Quisiera la Luz que haciendo eso hubiera conseguido insultarla otra vez.

—Lo haré —repuso la mujer—. Aunque por qué cualquiera de vosotros quiere que os Cure un animal escapa a mi comprensión.

Los seanchan no eran partidarios de permitir que una damane Curara. Al menos, eso era lo que no dejaban de proclamar, si bien tal afirmación no había impedido que, a regañadientes, enseñaran los tejidos a sus mujeres cautivas ahora que habían sido testigos de la ventaja que implicaba para la batalla. Sin embargo, por lo que Elayne había oído, los nobles rara vez accedían a recibir Curación.

—Vayámonos —dijo Elayne, que hizo un gesto a sus guardias para que se quedaran y las Curaran, y emprendió galope.