Birgitte la miró, pero no hizo objeciones. Las dos se apresuraron; Birgitte montó en su caballo y cabalgó con Elayne hacia el recinto del puesto de mando de los seanchan. De una planta, estaba instalado en una amplia hendidura de altas paredes, al pie de la cara sur de Alcor Dashar; lo habían trasladado de la parte superior, ya que a Mat le preocupaba que estuviera demasiado expuesto. La cumbre seguiría usándose para supervisar la batalla a cortos intervalos.
Elayne dejó que Birgitte la ayudara a desmontar. Luz, empezaba a sentirse muy torpe, le costaba moverse. Como si fuera un barco en dique seco. Se permitió un instante para recobrar la compostura. Relajó el rostro y controló las emociones. Se atusó el cabello, se alisó el vestido y luego se dirigió al pabellón.
—En nombre de un puñetero trolloc con dos dedos de zarpa —entró diciendo—, ¿se puede saber qué crees que estás haciendo, Matrim Cauthon?
Como era de esperar, el juramento lo hizo sonreír y alzar la mirada de la mesa de los mapas. Llevaba el sombrero y la chaqueta encima de unas ropas de bonita seda que parecían como si se hubiesen confeccionado para hacer juego con el color del sombrero, además de incorporarles puños y cuello de piel grabada, como para no estar fuera de lugar. Olía a algún tipo de acuerdo. Sin embargo, ¿por qué llevaba en la base del sombrero una banda rosa?
—Hola, Elayne —saludó Mat—. Supuse que no tardarías en venir a verme.
—Hizo un gesto señalando un sillón que había a un lado de la estancia, con los colores rojo y blanco de Andor. Era muy mullido, y al lado, humeando en una pequeña mesa, había una taza de té caliente.
«Así te abrases, Matrim Cauthon —pensó—. ¿Desde cuándo eres tan listo?»
La emperatriz seanchan se encontraba sentada en su trono al fondo de la estancia, con Min a su lado; Min iba vestida con suficiente seda verde para abastecer una tienda en Caemlyn para dos semanas. A Elayne no le pasó inadvertido el hecho de que el trono de Fortuona era dos dedos más alto que su sillón. Esa puñetera, insufrible mujer.
—Mat, hay Draghkar en tu campamento.
—Maldición. ¿Dónde?
—Debería haber dicho que «había» Draghkar en tu campamento —aclaró Elayne—. Nos ocupamos de ellos. Debes decir a tus arqueros que vigilen mejor.
—Ya se lo he dicho —protestó Mat—. Maldita sea. Que alguien compruebe cómo están los arqueros, yo...
—¡Gran príncipe! —dijo un mensajero seanchan, que entró presuroso, se puso de rodillas y luego se postró con un movimiento suave, sin dejar de informar—. ¡Los arqueros de la orilla han caído a manos de avanzadillas sharaníes! Ocultaron el ataque con el humo de bolas de fuego.
—¡Rayos y centellas! —maldijo Mat—. ¡Enviad ahora mismo dieciséis damane y e sul’dam allí abajo! Que bajen las unidades de arqueros septentrionales y los escuadrones cuarenta y dos y cincuenta. Y diles a los exploradores que los haré azotar si dejan que vuelva a ocurrir algo así.
—Poderoso Señor —dijo el mensajero, que saludó mientras se incorporaba y salía del recinto caminando hacia atrás, sin alzar la vista para evitar el riesgo de que su mirada se cruzara con la de Mat.
En general, Elayne estaba impresionada por la facilidad del mensajero para mezclar reverencia e informe. También se sentía asqueada. Ningún dirigente debería exigir ese sometimiento a sus súbditos. La fuerza de una nación provenía de la fuerza de sus gentes; si uno los quebrantaba, se quebrantaba su propia espalda.
—Sabías que venía —dijo Elayne después de que Mat impartiera unas cuantas órdenes más a sus ayudantes—. Y previste la cólera que tu cambio de planes causaría. Maldita sea, Mat Cauthon, ¿por qué has tenido que hacerlo? Creía que nuestro plan de batalla era bueno.
—Lo era.
—¡Entonces, ¿por qué cambiarlo?!
—Elayne —empezó Mat, que se volvió hacia ella—. Todo el mundo me pone al mando, contra mi deseo, porque los Renegados no pueden influir en mi mente, ¿correcto?
—Ésa es la idea general. Aunque yo habría dicho que tal cesión de poder estaba menos fundamentada en ese medallón tuyo que en el hecho de que tengas la cabeza tan dura que no hay Compulsión que la penetre.
—Jodidamente cierto —convino Mat—. Sea como sea, si los Renegados están usando Compulsión en la gente de nuestros campamentos, probablemente se habrán enterado de unas cuantas cosas de nuestras reuniones.
—Supongo que sí.
—De modo que conocen nuestro plan. Nuestro gran plan, a cuya preparación dedicamos tanto tiempo. Lo conocen.
Elayne vaciló.
—¡Luz! —exclamó Mat mientras meneaba la cabeza—. La primera y más importante regla para ganar una guerra es saber lo que tu adversario va a hacer.
—Creía que la primera regla era conocer el terreno —dijo Elayne mientras cruzaba los brazos.
—Ésa también. Sea como sea, comprendí que si el enemigo sabía lo que íbamos a hacer, teníamos que hacer cambios. De inmediato. Unos planes de guerra malos son mejores que unos buenos que el enemigo conoce de antemano.
—¿Y por qué no imaginaste que esto ocurriría? —demandó Elayne.
Él la miró con rostro inexpresivo. Una de las comisuras de la boca se curvó fugazmente. Entonces Mat se caló más el sombrero de forma que el ala arrojaba sombra sobre el parche del ojo.
—Luz —exclamó Elayne—. Lo sabías. Te has pasado toda esta semana haciendo planes con nosotros y sabías todo el tiempo que los tirarías junto con el agua de fregar los platos.
—Eso es darme demasiado crédito —repuso Mat, que volvió a mirar los mapas—. Creo que es posible que una parte de mí lo supiera desde el principio, pero no caí en ello hasta el instante antes de que los sharaníes llegaran aquí.
—Entonces, ¿cuál es el nuevo plan?
Mat no respondió.
—Vas a mantenerlo en tu cabeza —dijo Elayne, que sintió que las piernas le flaqueaban—. Vas a liderar la batalla y ninguno de nosotros sabrá qué puñetas estás planeando, ¿verdad? De otro modo, alguien podría oírlo a hurtadillas y las noticias le llegarían a la Sombra.
Él asintió con la cabeza.
—Que el Creador nos proteja —susurró Elayne.
—¿Sabes? —comentó Mat, con el ceño fruncido—. Eso mismo fue lo que dijo Tuon.
En los Altos, Ino se tapaba los oídos mientras los cercanos dragones escupían fuego a trollocs y a sharaníes, al oeste de su posición. El olor intenso a algo acre flotaba en el aire, y los estampidos eran tan ensordecedores que ni siquiera oía sus jodidas maldiciones.
Allá abajo, los jinetes de Lan Mandragoran batían los laterales de la fuerza de asalto para mantenerla agrupada a fin de que los dragones pudieran causar más daño. Los sharaníes llevaban trollocs con ellos. También tenían encauzadores, montones de ellos. Río arriba, otro gran contingente trolloc, el que había hecho tanto daño a las fuerzas del Dai Shan, había llegado desde el nordeste y enseguida estarían en Campo de Merrilor.
Los dragones enmudecieron momentáneamente mientras los dragoneros volvían a llenarles las fauces con lo que quiera que los hiciera funcionar. Ino no pensaba acercarse a esos puñeteros artefactos. Artilugios que traían mal fario, eso eran. Estaba seguro.
El jefe de los dragoneros era un cairhienino enjuto, e Ino nunca había tenido muy buena opinión de esa gente. Cada vez que él hablaba, lo miraban con el jodido ceño fruncido. Éste iba montado en su caballo con aire altanero, y ni se inmutó cuando los dragones dispararon de nuevo.
La Sede Amyrlin había unido su suerte a la de esos hombres; y a la de los seanchan también. Pues él no iba a protestar, puñetas. Necesitaban todos los hombres que pudieran conseguir, incluidos los cairhieninos y los jodidos seanchan.
—¿Os gustan los dragones, capitán? —le dijo el cabecilla, Talmanes.
Capitán. Lo habían ascendido, qué puñetas. Ahora dirigía una fuerza de piqueros de la Torre y de caballería ligera recién reclutados.