Daba igual si esos hombres encauzadores era sharaníes. Los Asha’man contribuirían a esta batalla quitando de en medio a encauzadores enemigos. Habían discutido las tácticas con anterioridad. Cuando percibieran que un varón encauzaba, usarían saltos cortos con accesos para localizar dónde estaban, y entonces intentarían sorprenderlos y atacarlos.
—Si veis a uno de los hombres de Taim —instruyó Logain—, intentad capturarlo para que podamos sacarle información de dónde ha instalado Taim su base. —Hizo una pausa—. Si tenemos suerte, el propio M’Hael estará aquí. Sed precavidos por si llevara encima los sellos; no queremos destruirlos con un ataque. Si lo veis, regresad para informarme dónde se encuentra.
El equipo de Logain se puso en marcha. Lo dejaron con Gabrelle, Arel Malevin y Karldin Manfor. Había tenido suerte de que al menos algunos de sus hombres más diestros hubieran estado ausentes de la Torre durante la traición de Taim.
—¿Y qué pasa con Toveine? —preguntó Gabrelle, que lo miraba con gesto inexpresivo.
—La mataremos si la encontramos.
—¿Así de sencillo es para ti?
—Sí.
—Ella...
—¿Preferirías vivir si fueses ella, Gabrelle? ¿Vivir y servirle?
Ella cerró la boca y apretó los labios. Todavía le tenía miedo; Logain lo notaba. Bien.
«¿Era esto lo que deseabas cuando enarbolaste la bandera del Dragón —susurró su mente—, cuando buscabas salvar a la humanidad? ¿Lo hacías para ser temido? ¿Odiado?»
No hizo caso de esa vocecilla. Las únicas ocasiones en las que había logrado algo en la vida habían sido cuando lo temían. Era la única baza que había tenido contra Siuan y Leane. El Logain primario, ese instinto que anidaba en lo más hondo de su ser y que lo impulsaba a seguir vivo, necesitaba que la gente lo temiera.
—¿La percibes? —preguntó Gabrelle.
—La liberé del vínculo.
La envidia de la mujer le llegó instantánea, punzante. Lo sorprendió. Había creído que ella empezaba a disfrutar de esa unión o, al menos, a soportarla.
Aunque, por supuesto, todo era teatro para así poder manipularlo. Era el estilo de las Aes Sedai. Sí, antes había sentido deseo por ella, quizás incluso afecto. No estaba seguro de poder fiarse de lo que creía que había sentido por ella. Al parecer, a pesar de lo mucho que había intentado ser fuerte y libre, desde que había sido un muchachito siempre había habido alguien que tiraba de los hilos de su vida.
El encauzamiento de Demandred irradiaba potencia. Qué fuerza...
Un potente estampido resonó en los Altos. Logain rompió a reír con tantas ganas que echó la cabeza hacia atrás. En la cumbre, allá arriba, salieron lanzados al aire cuerpos como si fueran hojas.
—¡Coligaos conmigo! —ordenó a quienes se habían quedado con él—. Formemos un círculo y vayamos a dar caza al M’Hael, y también a sus hombres. Quiera la Luz que pueda encontrarlo... ¡Mi mesa sólo se merece el mejor plato, la cabeza del ciervo!
Y después de eso... ¿quién sabía? Siempre había querido probarse a sí mismo enfrentándose a uno de los Renegados. Volvió a abrirse a la Fuente y se aferró a los trallazos del Saidin como si fuera una serpiente que se retorcía e intentaba morderlo. Usó el angreal para absorber más, y entonces el Poder de los otros fluyó a raudales en él. Rió con más fuerza.
Gawyn se sentía muy cansado. Lo normal habría sido que en esa semana de preparativos se hubiera recuperado, pero se sentía como si hubiera recorrido a pie decenas de leguas.
La cosa no tenía remedio. Se obligó a centrar la atención en el acceso que había en la mesa delante de él, desde el que se divisaba el campo de batalla.
—¿Estáis segura de que no pueden ver esto? —le preguntó a Yukiri.
—Lo estoy —contestó ella—. Se han hecho pruebas de forma exhaustiva.
La mujer se había convertido en una experta con ese tipo de accesos de visualización. Había creado ése encima de una mesa que les habían llevado al campamento desde Tar Valon. Lo que veía ahora era el campo de batalla como lo haría con un mapa.
—Si de verdad has hecho invisible el otro lado, esto podría ser realmente útil... —especuló Egwene.
—Sería más fácil descubrirlo a corta distancia —admitió Yukiri—. Éste se encuentra tan alto en el cielo que nadie allí abajo podrá divisarlo.
—Luz, nos están aniquilando —susurró Bryne.
Gawyn lo miró. El general rechazaba las insinuaciones de que regresara a sus posesiones, incluso las dichas en tono firme. Insistía en que aún era capaz de blandir una espada; lo que no podían permitirle era liderar. Además —argumentaba— cualquiera de ellos podría estar sometido a la Compulsión. En cierto modo, saber que él lo estaba les daba una ventaja. Al menos a él podían vigilarlo.
Y Siuan lo hacía; lo sujetaba del brazo con gesto protector. Los únicos que se encontraban en la tienda aparte de ellos eran Silviana y Doesine.
La batalla no iba bien. Cauthon ya había perdido los Altos —el plan original era resistir allí todo el tiempo posible— y los dragones estaban hechos pedazos. El ataque de Demandred con el Poder Único había sido muchísimo más fuerte de lo que cualquiera de ellos había previsto. Y el otro gran ejército trolloc había llegado del nordeste y presionaba a los defensores que Cauthon había situado río arriba.
—¿Qué es lo que planea? —dijo Egwene mientras daba golpecitos con el dedo en la mesa. A través del acceso llegaban gritos lejanos—. Si esto sigue así, nuestros ejércitos van a quedar rodeados.
—Está intentando que muerdan el anzuelo para que salte la trampa —contestó Bryne.
—¿Qué clase de trampa?
—Es sólo una suposición, y la Luz sabe que mis valoraciones ya no son de fiar como lo eran antes —dijo Bryne—. Da la impresión de que Cauthon planea aunar todo en una batalla, sin retrasos, sin intentar desgastar a los trollocs. Tal como lo está haciendo, el resultado se decidirá en días. Puede que en horas.
—Eso suena exactamente como algo que Mat haría —señaló Egwene, resignada.
—Qué potencia la de esos tejidos —dijo Lelaine—. Qué fuerza...
—Demandred está en un círculo —indicó Egwene—. Testigos oculares afirman que es un círculo completo. Algo que no se veía desde la Era de Leyenda. Y además tiene un sa’angreal. Algunos de los soldados lo vieron... Semejaba un cetro.
Gawyn observaba el combate allí abajo, con la mano en la empuñadura de la espada. Oía gritar a los hombres cada vez que Demandred apuntaba tejido tras tejido de fuego contra ellos.
La voz del Renegado retumbó de repente, llegando muy alto en el aire.
—¡¿Dónde estás, Lews Therin?! Se te ha visto en todos los otros campos de batalla, disfrazado. ¿Estás también aquí? ¡Lucha conmigo!
La mano de Gawyn apretó la empuñadura. Los soldados descendían por el costado sudoccidental de los Altos para cruzar el vado. Unos cuantos grupos seguían defendiendo los declives, y los dragoneros —como pequeños insectos a esa distancia— llevaban los dragones restantes a lugar seguro, tirados por mulas.
Demandred arrojó destrucción a las tropas que huían. Él por sí solo era un ejército, lanzando cuerpos al aire, reventando caballos, abrasando y destruyendo. A su alrededor, los trollocs ocupaban el terreno alto. Los salvajes vítores llegaban a través del acceso.
—Vamos a tener que enfrentarnos a él, madre —explicó Silviana—. Pronto.
—Intenta hacernos salir a descubierto —replicó Egwene—. Tiene ese sa’angreal. Nosotros podríamos crear un círculo de setenta y dos, pero después ¿qué? ¿Caer en su trampa? ¿Acabar muertos todos?
—¿Y qué otra opción tenemos, madre? —preguntó Lelaine—. Luz, los está matando a miles.
Matando a miles. Y allí estaban ellos.
Gawyn se apartó hacia atrás.
Nadie pareció reparar en su retroceso aparte de Yukiri, que se apresuró a ocupar con ansia su sitio al lado de Egwene. Gawyn salió de la tienda y, cuando los guardias de la puerta lo miraron, les dijo que necesitaba salir un poco a tomar el aire. Egwene lo aprobaría. Ella notaba lo cansado que se sentía últimamente; se lo había mencionado en varias ocasiones. Sentía los párpados como si llevaran colgados pesos de plomo que tiraran de ellos hacia abajo. Miró hacia el cielo nublado. Se oían las lejanas explosiones. ¿Cuánto tiempo iba a seguir esperando sin hacer nada mientras morían hombres?