«Lo prometiste —se dijo para sus adentros—. Afirmaste que permanecerías de buen grado a su sombra.»
Lo cual no significaba que tuviera que dejar de hacer una tarea importante, ¿verdad? Metió la mano en el bolsillo y sacó un anillo de los Puñales Sanguinarios. Se lo puso y de inmediato recobró las fuerzas, desaparecido el agotamiento por completo.
Vaciló y después sacó los otros anillos y también se los puso.
En la ribera meridional del río Mora, delante de las ruinas al nordeste de Alcor Dashar, Tam al’Thor buscó el vacío como Kimtin le había enseñado a hacer tantos años atrás. Tam imaginó una llama y volcó sus emociones en ella. La calma empezó a llenarlo; a continuación lo abandonó, y sólo quedó el vacío. Como una pared recién pintada, hermosa y blanca, que acabaran de enlucir. Todo se difuminó.
Tam era el vacío. Tensó el arco, curvando la buena madera oscura de tejo, con la flecha a la altura de la mejilla. Apuntó, pero eso sólo era una formalidad. Cuando estaba tan sumergido en el vacío, la flecha haría exactamente lo que él le ordenara. No era que lo «supiera», igual que el sol no sabía que saldría ni las ramas que tirarían las hojas. Ésas no eran cosas sabidas; eran, sin más.
Disparó, la cuerda del arco chascó con un ruido seco, la flecha atravesó el aire. Otra la siguió, y otra más. Tenía cinco en el aire al mismo tiempo, cada cual apuntada previendo los vientos cambiantes.
Los primeros cinco trollocs cayeron mientras intentaban cruzar a través de uno de los muchos puentes de balsas que habían conseguido colocar allí, en el río. Los trollocs odiaban el agua; incluso la que era poco profunda los amedrentaba. Lo que quiera que Mat hubiera hecho corriente arriba para proteger el río estaba funcionando de momento, dado que seguía fluyendo. La Sombra intentaría represarlo. Al parecer, ya lo intentaba, pues de vez en cuando el cadáver de un trolloc o de una mula pasaba flotando río abajo.
Tam siguió disparando flechas, así como Abell y otros hombres de Dos Ríos. A veces apuntaban a la masa, sin elegir un trolloc en particular, aunque eso era raro. Un soldado regular podría disparar sin ver bien en cierto momento y dar por sentado que su flecha encontraría carne donde clavarse, algo que no haría un buen arquero de Dos Ríos. Las flechas eran objetos corrientes para los soldados, pero no para los leñadores. Los trollocs caían en oleadas. Además de Tam y los hombres de Dos Ríos, los ballesteros tensaban el disparador de sus armas y soltaban andanada tras andanada contra los Engendros de la Sombra. Los Fados que iban detrás fustigaban y azuzaban a los trollocs para que se apresuraran a cruzar el río, aunque con poco éxito.
La flecha de Tam se clavó justo donde un Fado debería haber tenido los ojos. Cerca, un hombretón llamado Bayrd, que observaba cómo caían las flechas apoyado en su hacha, soltó un silbido de admiración. Formaba parte de una fuerza de soldados situados justo detrás de los arqueros para adelantarse y protegerlos una vez que los trollocs cruzaran el río.
Bayrd era uno de los cabecillas mercenarios que se habían pasado al ejército y, aunque era andoreño, ni él ni los cien hombres, más o menos, a los que capitaneaba querían hablar de dónde procedían.
—Tengo que conseguir uno de esos arcos —les dijo Bayrd a sus compañeros—. La Luz me abrase, ¿habéis visto eso?
Cerca, Abell y Azi sonrieron y siguieron disparando. Tam no sonrió. Dentro del vacío no existía el sentido del humor; fuera, sin embargo, un pensamiento aleteó fugaz. Tam sabía la razón de que Abell y Azi hubieran sonreído. Tener un arco de Dos Ríos no lo convertía a uno en un arquero de Dos Ríos.
—Creo que te harías más daño a ti mismo que al enemigo si intentaras usar uno de ésos —dijo Galad Damodred, que estaba montado a caballo, cerca—. Al’Thor, ¿cuántas más?
Tam disparó otra flecha antes de responder.
—Cinco más —repuso al tiempo que alargaba la mano hacia la aljaba para sacar la siguiente flecha.
La encajó en la cuerda, disparó y continuó. Dos, tres, cuatro, cinco. Cinco trollocs más muertos. En total, había disparado más de treinta flechas. Había fallado una vez, pero sólo porque Abell había matado al trolloc al que Tam apuntaba.
—¡Arqueros, alto! —gritó Tam.
Los hombres de Dos Ríos retrocedieron; Tam soltó el vacío justo cuando un grupo disperso de trollocs bajaba a trompicones por la orilla del río. Tam todavía dirigía las tropas de Perrin hasta cierto punto. Los Capas Blancas, los ghealdanos y la Guardia del Lobo, todos ellos esperaban que Tam tuviera la última palabra, pero cada grupo también tenía sus propios líderes. Él comandaba a los arqueros.
«Perrin, más vale que esa herida cierre y te recuperes pronto.» Cuando Haral había encontrado al muchacho tendido en la hierba el día anterior a las afueras del campamento, ensangrentado y casi muerto... Luz, todos se habían llevado un buen susto.
Perrin se hallaba a salvo en Mayene, donde probablemente se pasaría el resto de la Última Batalla. Un hombre no se recuperaba pronto del tipo de herida que el muchacho había recibido, ni siquiera con la Curación Aes Sedai. Seguramente Perrin se pondría furioso por perderse el combate, pero a veces pasaban esas cosas. Formaba parte de ser un soldado.
Tam y los arqueros se retiraron a las ruinas para tener una vista mejor de la batalla, así que organizó a los arqueros por si acaso los necesitaban; mientras tanto, mandó corredores para que les llevaran más flechas. Mat había situado todas las tropas de Perrin junto a los Juramentados del Dragón, dirigidos por Tinna, una mujer escultural. Tam no sabía de dónde llegaba ni por qué los comandaba; tenía el porte de una dama, el físico de una Aiel y la tez de una saldaenina. Parecía que los otros le hacían caso. Tam no encontraba mucho sentido a los Juramentados del Dragón, así que procuraba no relacionarse con ellos.
Al ejército de Tam le habían dicho que resistiera. Mat había esperado que el ataque de los sharaníes y los trollocs por el oeste fuera el más duro; en consecuencia, Tam estaba sorprendido al ver que Mat enviaba más refuerzos río arriba. Los Capas Blancas casi acababan de llegar, y sus capas ondeaban mientras cargaban a lo largo de la orilla del río arremetiendo contra los trollocs, que se tambaleaban y caían de los inestables puentes flotantes.
Empezaron a volar flechas desde la horda trolloc, en la orilla opuesta, contra Galad y sus hombres. Los chasquidos y tintineos de las puntas de flecha contra las armaduras y los escudos de los Capas Blancas sonaban como granizo sobre un tejado. Tam ordenó a Arganda que hiciera avanzar a los soldados de infantería, incluidos Bayrd y sus mercenarios.
No tenían suficientes picas, así que los hombres de Arganda se armaron con alabardas y lanzas. Los hombres empezaron a gritar y a morir, y los trollocs a aullar. Cerca de la posición de retaguardia de Tam, Alliandre llegó a caballo rodeada de sus bien armados soldados de infantería. Tam la saludó alzando el arco y ella respondió con una leve inclinación de cabeza, tras lo cual se situó desde donde podía observar. Había querido estar allí para la batalla; Tam lo entendía, y no le reprochaba que ordenara a sus soldados que la pusieran a salvo a la primera señal de que esa batalla se volvía contra ellos.
—¡Tam! ¡Tam!
Dannil llegó a galope, y Tam hizo una seña a Abell para que se pusiera al mando de los arqueros. Luego se acercó a Dannil y se reunió con el muchacho a la sombra de las ruinas.
Dentro de esos muros derruidos, las tropas de reserva de Mat observaban la batalla con nerviosismo. La mayoría de ellos eran arqueros sacados de bandas de mercenarios y de los Juramentados del Dragón. Muchos de ese último grupo no habían estado nunca en batalla. En fin, era lo mismo que había pasado con la mayoría de los hombres de Dos Ríos hasta hacía unos pocos meses. Aprenderían deprisa. Alcanzar a un trolloc con una flecha no era tan distinto de abatir a un ciervo.