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—¡Otra vez hemos atraído su atención! —dijo Emarin, que prendió fuego a un Myrddraal que empezaba a deslizarse hacia ellos.

El ser se sacudió entre las llamas mientras chillaba con una voz inhumana, negándose a morir. Sudorosa, Pevara sumó su Fuego al de Emarin para que la criatura siguiera ardiendo hasta que no quedaron más que huesos.

—¡Bueno, eso no ha estado nada mal! —alabó Androl—. Si atraemos suficiente atención, antes o después alguna mujer del Ajah Negro o de los hombres de Taim decidirá enfrentarse a nosotros.

—¡Eso es un poco como saltar a un hormiguero y esperar que te piquen! —masculló Jonneth, que acabó soltando una maldición.

—De hecho, se parece mucho —convino Androl—. Estad alertas. ¡Yo me encargaré de los trollocs!

Eso sí que ha sido toda una declaración, le transmitió Pevara.

Sonaba heroico, fue su respuesta, cálida como el calor que desprendía un anafre.

Imagino que te vendría bien un poco de fuerza añadida, ¿no?

Sí, por favor, transmitió él.

Pevara inició una coligación. Androl absorbió su fuerza y tomó el control del círculo. Como siempre, coligarse con él era una experiencia arrolladora. Sentía sus propias emociones yendo hacia él y volviendo a ella de nuevo, y eso la hizo enrojecer. ¿Percibiría Androl cómo empezaba a estimarlo?

«Estúpida como una chiquilla con el largo de la falda hasta la rodilla —se increpó para sus adentros, con cuidado de proteger sus pensamientos de él—, apenas lo bastante mayor para diferenciar chicos de chicas.» Y, además, con una guerra de por medio.

Le costaba mucho domeñar sus emociones —y debería saber cómo, siendo una Aes Sedai— cuando estaba coligada con Androl. Sus mitades se mezclaban como pinturas que se vierten en el mismo cuenco. Luchó contra ello, decidida a mantener su propia identidad. Eso era vital cuando se hacía una coligación, y a ella se lo habían repetido una y otra vez.

Androl apuntó con la mano hacia un grupo de trollocs que habían empezado a dispararle flechas. El acceso se alzó y se tragó las saetas. Pevara miró en derredor y descubrió que los proyectiles caían sobre otro grupo de trollocs.

Los accesos se abrían en el suelo y los monstruos se precipitaban por ellos al hacerlos aparecer a cientos de pies en el aire. Un diminuto acceso le rebanó la cabeza a un Myrddraal, dejando al ser sacudiéndose de aquí para allí mientras salpicaba sangre por el suelo a su alrededor. El equipo de Androl se encontraba cerca del sector occidental de los Altos, donde antes se hallaban situados los dragones. Había Engendros de la Sombra y sharaníes por todos lados.

¡Androl, encauzamiento! Pevara lo percibía elevándose sobre ellos en los Altos. Algo poderoso.

¡Taim! El violento estallido de rabia de Androl fue tan intenso que pareció como si fuera a consumirla. Era la pérdida de amigos, y la ira por la traición de aquel que debería haberlos protegido.

Cuidado. No sabemos si es él, transmitió.

El que los atacaba estaba en un círculo de hombres y mujeres, de otro modo Pevara no habría podido percibir al hombre. Por supuesto, sólo podía ver los tejidos del Saidar. Una gruesa columna de fuego, de un paso de anchura y tan caliente como para enrojecer el rocoso suelo, arremetió contra ellos.

Androl interpuso un acceso justo a tiempo, por los pelos; atrapó la columna de fuego y la dirigió de vuelta hacia el sitio de donde había salido. Los dos chorros abrasaron cadáveres trollocs e incendiaron algunos rodales de hierba seca.

Pevara no vio lo que ocurría a continuación. El acceso de Androl desapareció, como si se lo hubieran arrancado de las manos, y una explosión de rayos se descargó cerca de ellos. Pevara cayó al suelo hecha un ovillo y Androl chocó contra ella.

En ese momento, Pevara se dejó ir.

Lo hizo sin querer, a causa de la conmoción del impacto. La mayoría de las veces, la coligación se habría deshecho, pero Androl tenía un agarre consistente. El dique que mantenía separada la esencia de Pevara de la de Androl se rompió, y ambos se mezclaron. Era como pasar a través de un espejo para después verse en retrospectiva a uno mismo.

Se extrajo de allí a la fuerza, pero fue con una percepción imposible de describir.

Tenemos que salir de aquí, pensó, todavía coligada con Androl. Todos los demás parecían estar vivos, pero eso no duraría mucho si el enemigo descargaba más rayos. Pevara empezó el complejo tejido de un acceso por instinto, aunque no haría nada. Androl dirigía el círculo, así que sólo él...

El acceso se abrió de golpe y Pevara se quedó boquiabierta. Lo había hecho ella, no Androl. De los que ella conocía, aquél era uno de los más complejos, más difíciles y que más cantidad de poder exigía, pero lo había hecho con la facilidad de quien agita una mano. Y todo ello mientras otra persona dirigía el círculo.

La primera que pasó a trompicones a través del acceso fue Theodrin. La esbelta domani tiraba de Jonneth, que se tambaleaba. Los siguió Emarin, que cojeaba y llevaba un brazo colgando al costado, inutilizado. Androl miraba el acceso, estupefacto.

—Creía que una persona no podía encauzar si otra estaba dirigiendo el círculo del que forma parte —dijo.

—Y no se puede. Lo hice sin darme cuenta.

—¿Sin darte cuenta? Pero...

—Cruza el acceso, cabeza de chorlito —instó Pevara mientras lo empujaba hacia allí. Ella fue detrás y al llegar al otro lado se derrumbó.

—Damodred, necesito que te quedes dondequiera que estés —dijo Mat.

No levantó la vista, pero oyó el resoplido del caballo de Galad a través del acceso abierto.

—Uno no puede menos que cuestionar tu cordura, Cauthon —replicó Galad.

Mat levantó por fin la mirada de los mapas. Dudaba que alguna vez llegara a acostumbrarse a esos accesos. Se encontraba en el recinto de mando, el que Tuon había ordenado montar en la grieta abierta al pie de Alcor Dashar, y había un acceso en la pared rocosa. Al otro lado, Galad estaba a caballo luciendo el blanco y dorado de los Hijos de la Luz. Aún continuaba situado cerca de las ruinas, donde un ejército trolloc trataba de abrirse paso a la fuerza hacia el río Mora.

Galad Damodred era un hombre al que no le irían mal un par de tragos bien cargados. Podría pasar por una estatua, con esa cara bonita y esa expresión inmutable. No, las estatuas tenían más vida.

—Harás lo que se te ordena —dijo Mat, que bajó de nuevo la vista a los mapas—. Tienes que resistir río arriba y hacer lo que Tam te diga. Me da igual si piensas que tu posición no es bastante importante.

—De acuerdo —contestó Galad con una voz tan fría como un cadáver en la nieve.

Dio media vuelta a su caballo y Mika, la damane, cerró el acceso.

—Es un baño de sangre lo de ahí fuera, Mat —dijo Elayne.

¡Luz su voz era más fría incluso que la de Galad!

—Me disteis el mando. Dejad que haga mi trabajo.

—Te hicimos comandante de los ejércitos —replicó Elayne—. No te dimos el mando.

Era de esperar que una Aes Sedai discutiera hasta la última palabra de algo, por pequeña que fuera. Era... Alzó la vista, fruncido el entrecejo. Min acababa de susurrarle algo a Tuon en voz baja.

—¿Qué has dicho? —preguntó.

—Vi su cuerpo solo, en un campo de batalla —repitió Min—. Como si estuviera muerto.

—Matrim —dijo Tuon—. Estoy... preocupada.

—Por una vez estamos de acuerdo —declaró Elayne desde su trono al otro lado del recinto—. Mat, su general te está aventajando.

—No es tan jodidamente sencillo —repuso, con los dedos en el mapa—. Nunca lo es.

El hombre que lideraba los ejércitos de la Sombra era bueno. Muy bueno.

«Es Demandred —pensó Mat—. Estoy luchando contra uno de los jodidos Renegados.»

Entre los dos, Demandred y él estaban componiendo un gran cuadro. Cada cual respondía a los movimientos del otro con un cuidado sutil. Mat intentaba utilizar sólo un poquito más de la cuenta del color rojo en una de sus pinturas. Quería pintar el cuadro equivocado, pero que siguiera siendo razonable.