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—No es real —repitió Rand mientras Nynaeve lo ataba con tejidos de Aire y después lo arrastraba hacia la versión de Campo de Emond creada por el Oscuro.

Los dos Myrddraal fueron presurosos detrás de ella. Ahora era una ciudad grande. Las casas daban la sensación de ser ratones apiñados delante de un gato, todas y cada una de ellas con la misma uniformidad lúgubre. La gente caminaba a toda prisa por los callejones, bajos los ojos.

Las personas se dispersaban delante de Nynaeve y a veces la llamaban «ama». Otros la denominaban Elegida. Los dos Myrddraal avanzaban rápido por la ciudad, como sombras. Cuando Rand y Nynaeve llegaron a la fortaleza, un pequeño grupo se había reunido en el patio. Doce personas; entre ellas, Rand percibió que los cuatro hombres del grupo abrazaban el Saidin, aunque sólo reconoció a Damer Flinn. Un par de mujeres eran chicas que había conocido en Dos Ríos.

Había trece encauzadores. Y trece Myrddraal, reunidos bajo aquel cielo encapotado. Rand sintió miedo por primera vez desde que comenzó la visión. Eso no. Cualquier cosa menos eso.

¿Y si lo Trasmutaban? Aquello no era real, sino una visión de la realidad. Uno de los mundos reflejos de los espejos de la Rueda, un mundo creado por el Oscuro. ¿Qué repercusión tendría en él si lo Trasmutaban allí? ¿Habría caído en la trampa con tanta facilidad?

Asaltado por el pánico, empezó a debatirse contra las ataduras de Aire. Por supuesto, sus forcejeos fueron inútiles.

—Eres interesante —dijo Nynaeve, que se volvió hacia él.

No parecía ni un día mayor de lo que era cuando la había dejado en la caverna, pero sí había otras diferencias. Volvía a llevar trenza, si bien tenía la cara más descarnada y más... severa. Y los ojos...

Todo estaba mal en esos ojos.

—¿Cómo has sobrevivido ahí fuera? —le preguntó a Rand—. ¿Cómo has estado tanto tiempo sin ser descubierto?

—Vengo de un lugar donde el Oscuro no gobierna.

—Ridículo. —Nynaeve se echó a reír—. Un cuento para niños. El Gran Señor ha gobernado siempre.

Rand lo veía ahora. Su conexión con el Entramado, el atisbo de verdades a medias y caminos en sombras. Esta posibilidad... podría llegar a ocurrir. Era un camino que el mundo podía tomar. Allí, el Oscuro había ganado la Última Batalla y había destruido la Rueda del Tiempo.

Eso le había permitido rehacerlo, tejer un nuevo Entramado. Un Entramado distinto. Todas las personas vivas habían olvidado el pasado y ahora sólo sabían lo que el Oscuro les había insertado en la mente. Rand atisbaba la verdad —la historia de ese lugar— en los hilos del Entramado que había tocado antes.

Nynaeve, Egwene, Logain y Cadsuane formaban parte ahora de los Renegados, Trasmutados a la Sombra contra su voluntad. A Moraine la habían ejecutado por ser demasiado débil.

Elayne, Min, Aviendha... Habían sido sometidas a tortura, una y otra vez, en Shayol Ghul.

El mundo vivía una auténtica pesadilla. Cada uno de los Renegados gobernaba como un déspota en su pequeño sector del mundo. En aquel interminable y desvaído otoño, ellos lanzaban ejércitos, Señores del Espanto y facciones unos contra otros. Una eterna batalla.

La Llaga se había extendido a todos y cada uno de los océanos. El imperio seanchan ya no existía, destruido y abrasado hasta el punto de que ni siquiera las ratas ni los cuervos podrían sobrevivir allí. Todo aquel capaz de encauzar era descubierto de joven y acababa Trasmutado. Al Oscuro no le gustaba correr el riesgo de que alguien pudiera llevar esperanza al mundo de nuevo.

Y nadie lo haría nunca.

Rand gritó cuando los trece empezaron a encauzar.

—¡¿Esto es lo peor que puedes hacerme?! —gritó.

Empujaron sus voluntades contra la suya. Lo sentía como clavos machacándole el cráneo, partiendo la carne. Él empujó a su vez con todo cuanto tenía, pero los otros empezaron a ejercer una presión vibrante. Cada vibración, como un golpe de hacha, penetraba más y más en él.

Y ASÍ, YO GANO.

El fracaso golpeó con fuerza a Rand, saber que lo que había ocurrido allí era culpa suya. Nynaeve, Egwene, Trasmutadas a la Sombra debido a él. Aquellos a quienes amaba convertidos en juguetes para la Sombra.

Él tendría que haberlos protegido.

YO GANO. OTRA VEZ.

—¡¿Crees que soy el mismo joven que Ishamael intentó asustar con tanto empeño?! —gritó Rand al tiempo que refrenaba el terror y la vergüenza.

LA LUCHA HA ACABADO.

—¡AÚN NO HA EMPEZADO! —bramó Rand.

La realidad a su alrededor se deshizo de nuevo en cintas de luz. La cara de Nynaeve se rasgó por la mitad, como un encaje que se suelta al sacarle un hilo y se deshace. El suelo se desintegró y el fuerte dejó de existir.

Rand cayó de las ataduras de Aire que jamás habían estado del todo allí. La realidad creada por el Oscuro, frágil, se destejió en las piezas que la integraban. Hilos de luz se soltaron y salieron en espiral, vibrantes como las cuerdas de un arpa.

Y esperaron a ser tejidos.

Rand respiró profundamente a través de los dientes apretados y alzó los ojos hacia la oscuridad que había más allá de los hilos.

—Esta vez no voy a quedarme sentado, sufriendo pasivamente, Shai’tan. No seré presa de tus pesadillas. Me he convertido en algo más grande de lo que fui otrora.

Dicho esto, se hizo con los hilos que se enroscaban a su alrededor, los tomó... cientos y cientos de ellos. Allí no había Fuego, Aire, Tierra, Agua o Energía... Éstos eran de algún modo más esenciales, más variados. Cada cual era individual, único. En lugar de Cinco Poderes, eran miles.

Rand los asió, los agrupó y sostuvo en la mano la urdimbre de la propia creación.

Entonces encauzó en ella y la tejió como una posibilidad diferente.

—Ahora —dijo, con una profunda inhalación, tratando de borrar el horror que había visto—. Ahora yo te mostraré lo que va a pasar.

—Los hombres está en sus puestos, madre —anunció Bryne con una reverencia.

Egwene respiró hondo. Mat había enviado las fuerzas de la Torre Blanca al otro lado del lecho seco del río, más abajo del vado y alrededor del lado occidental de las ciénagas; había llegado el momento de que Egwene se reuniera con su ejército. Vaciló un momento y miró el puesto de mando de Mat a través del acceso. Su mirada se trabó por encima de la mesa con la de la mujer seanchan, que permanecía sentada en su trono con aire imperioso.

«Aún no he acabado contigo», pensó Egwene.

—Vámonos —dijo en voz alta, girando sobre sus talones.

Hizo un gesto a Yukiri para que cerrara el acceso al puesto de mando, y toqueteó el sa’angreal de Vora que llevaba en una mano mientras salía de la tienda.

Vaciló al ver algo en el suelo. Algo minúsculo. Diminutas grietas como telarañas en las piedras. Se agachó.

—Cada vez hay más de ésas en derredor, madre —indicó Yukiri, que se agachó a su lado—. Creemos que cuando los Señores del Espanto encauzan las grietas se extienden. Sobre todo cuando utilizan el fuego compacto...

Egwene las tocó con cuidado. Aunque parecían grietas normales al tacto, se abrían a la pura nada. Negrura, demasiado profunda para que unas simples grietas produjeran sombras en la luz.

Tejió. Los Cinco Poderes, juntos, tantearon las grietas. Sí...

No sabía con exactitud qué había hecho, pero un flamante y bisoño tejido cubrió las grietas como un vendaje. La oscuridad se desvaneció y sólo quedaron unas fisuras corrientes... y una fina película de cristales.

—Interesante —comentó Yukiri—. ¿Qué era ese tejido?

—No lo sé. Me pareció que era bueno —repuso Egwene—. Gawyn, ¿has visto...? —Dejó la frase a medias.

Gawyn.

Egwene se incorporó con brusquedad. Recordaba vagamente que él había salido de la tienda de mando para tomar un poco el aire. ¿Cuánto tiempo había pasado? Giró despacio sobre sí misma para percibir su ubicación. El vínculo le indicaría la dirección. Se detuvo cuando miró hacia donde se encontraba él.