Выбрать главу

Miraba hacia el lecho del río, un poco más arriba del vado, donde Mat había apostado las fuerzas de Elayne.

«Oh, Luz...»

—¿Qué? —preguntó Silviana.

—Gawyn ha ido a combatir —dijo Egwene, que mantuvo la voz sosegada con esfuerzo.

¡Ese hombre, cabeza de chorlito! ¿Es que no podía esperar una hora o dos hasta que sus ejércitos estuvieran en posición? ¡Sabía que él estaba ansioso por combatir, pero al menos tendría que haberle preguntado!

Bryne emitió un quedo gemido.

—Enviad alguien a buscarlo —ordenó Egwene. Ahora la voz le sonó fría, colérica. Fue incapaz de evitarlo—. Al parecer se ha unido a los ejércitos andoreños.

—Iré yo —propuso Bryne, con una mano en la espada y el otro brazo alzado hacia los mozos de cuadra—. No se me puede confiar la dirección de los ejércitos, pero al menos esto sí puedo hacerlo.

Tenía sentido su razonamiento.

—Llevaos a Yukiri —indicó Egwene—. Cuando hayáis encontrado a mi estúpido Guardián, Viajad al oeste de las ciénagas para reuniros con nosotros.

Bryne hizo una reverencia y se alejó. Siuan lo observó, vacilante.

—Puedes ir con él —dijo Egwene.

—¿Es allí donde me necesitáis? —preguntó Siuan.

—A decir verdad... —Egwene bajó la voz—. Quiero que alguien se reúna con Mat y la emperatriz seanchan y escuche con oídos acostumbrados a captar lo que no se dice.

Siuan asintió en un gesto de aprobación, incluso de orgullo. Egwene era Amyrlin; no necesitaba ninguna de esas dos emociones de Siuan y, sin embargo, sirvieron para aliviarle un poco la tremenda fatiga.

—Pareces risueña —comentó Egwene.

—Cuando Moraine y yo emprendimos la tarea de encontrar al muchacho, no tenía ni idea de que el Entramado nos enviaría también a vos —repuso Siuan.

—¿Tu sustituta?

—Conforme una dirigente va entrando en años, empieza a pensar sobre su legado —explicó Siuan—. Luz, probablemente todas las damas empiezan a pensar lo mismo. ¿Tendrá un heredero que se haga cargo de lo que ha creado? A medida que una mujer gana en sabiduría, se da cuenta de que lo que ella sola puede conseguir es poco comparado con lo que su legado es capaz de lograr.

»Bien, pues, supongo que no puedo decir que seáis mía del todo, y no me complació exactamente que alguien me sucediera. Pero es... reconfortante saber que he tenido algo que ver en dar forma a lo que está por llegar. Y, si una mujer fuera a pedir un deseo para su legado, no imaginaría uno mayor que el que sois vos. Gracias. Vigilaré a esa seanchan por vos, y puede que ayude a la pobre Min a escapar de la red para el pez lanceta en la que se ha metido.

Siuan se marchó y llamó a Yukiri para que le abriera un acceso antes de irse con Bryne. Egwene sonrió al verla dar un beso al general. Siuan. Besando a un hombre delante de todo el mundo.

Silviana encauzó, y Egwene montó en Glorioso mientras se abría un acceso frente a ella. Abrazó la Fuente, sosteniendo el sa’angreal de Vora ante sí, y cruzó el acceso al trote, detrás de un grupo de Guardias de la Torre. De inmediato la asaltó el olor a humo.

El mayor Chubai la esperaba al otro lado. El hombre de cabello oscuro siempre la sorprendía por parecerle demasiado joven para ocupar ese puesto, pero suponía que no todos los comandantes tenían que peinar canas, como Bryne. Después de todo, habían confiado la dirección de esta batalla a alguien que sólo era un poco mayor que ella, y ella misma era la Amyrlin más joven en la historia de la Torre.

Egwene se volvió hacia los Altos y descubrió que apenas podía verlos a través de los fuegos que ardían a lo largo de la pendiente y al borde oriental de las ciénagas.

—¿Qué ha ocurrido? —inquirió.

—Flechas incendiarias —respondió Chubai—, disparadas por nuestras fuerzas situadas en el río. Al principio pensé que Cauthon se había vuelto loco, pero ahora veo su razonamiento. Disparó a los trollocs para prender fuego allí, en los Altos, y en la base para darnos cobertura. La vegetación allí está seca y quebradiza como yesca. El fuego ha obligado a los trollocs y a la caballería sharaní a regresar pendiente arriba, de momento. Y creo que Cauthon cuenta con que el humo encubrirá nuestros movimientos cuando empecemos a rodear las ciénagas.

La Sombra sabría que alguien se movía por allí, pero para descubrir el número de tropas y su configuración... tendría que depender de exploradores, en lugar de aprovechar la ventaja de su posición en la cumbre de los Altos.

—¿Vuestras órdenes? —preguntó Chubai.

—¿No os las pasó él? —preguntó Egwene a su vez.

—No —dijo el hombre al tiempo que movía la cabeza—. Sólo nos situó en esta posición.

—Seguimos hacia arriba por el lado occidental de la ciénaga y salimos por detrás de los sharaníes —explicó ella.

—De ese modo fragmentamos nuestras tropas muchísimo —comentó Chubai con un gruñido—. ¿Y ahora los ataca en los Altos, después de rendírselos?

Egwene no tenía respuesta a eso. En fin, había sido ella —básicamente— la que había puesto a Mat al mando. Echó otra mirada hacia las ciénagas, allí donde percibía la presencia de Gawyn. Estaría luchando en...

Egwene vaciló. Su posición anterior le había permitido percibir a Gawyn en dirección al río; pero, tras cruzar el acceso, tenía una mejor percepción de su ubicación. No estaba en el río con los ejércitos de Elayne.

Gawyn estaba en los Altos, donde el dominio de la Sombra era mayor.

«Oh, Luz —pensó—. Gawyn..., ¿qué estás haciendo?»

Gawyn avanzaba entre el humo. Los negros zarcillos se enroscaban a su alrededor y el calor de la hierba que se consumía lentamente, sin llama, le calentaba las suelas de las botas, pero el fuego casi se había apagado allí arriba, en la cumbre de los Altos, dejando el suelo oscuro de ceniza.

Cadáveres y algunos dragones rotos yacían en el suelo, ennegrecidos, como montones de escoria o carbón. Gawyn sabía que algunas veces los granjeros quemaban las hierbas y los rastrojos del año anterior para renovar los campos. El propio mundo se hallaba en llamas ahora y, mientras se deslizaba a través del agitado y retorcido humo negro —con un pañuelo húmedo atado a la cara para cubrirse la nariz y la boca—, rezó por un renacimiento para el mundo.

Había grietas como telarañas por todo el suelo. La Sombra estaba destruyendo ese lugar.

La mayoría de los trollocs se reunían en los Altos desde donde se veía Vado de Hawal, aunque un puñado se afanaba en mover y empujar cuerpos en la ladera. Quizá los había atraído el olor a carne quemándose. Un Myrddraal salió entre el humo y empezó a reconvenirlos en un lenguaje que Gawyn no comprendía. Luego azotó a los trollocs en la espalda con un látigo.

Gawyn se quedó inmóvil, si bien el Semihombre no reparó en él mientras conducía a los retrasados hacia donde se apiñaban los demás trollocs. Gawyn esperó y respiró despacio a través del pañuelo, sintiendo que las sombras de los Puñales Sanguinarios lo envolvían. Los tres anillos le habían hecho algo. Se sentía acelerado, y los miembros se le movían demasiado deprisa cuando caminaba. Había tenido tiempo para ir acostumbrándose a los cambios, para mantener el equilibrio cada vez que se movía.

Un trolloc con rasgos de lobo surgió detrás de un montón de escombros que había cerca y husmeó el aire, con la mirada fija en el Fado. Luego salió del escondrijo, cauteloso, con un cadáver cargado al hombro. Pasó delante de Gawyn a menos de cinco pies de distancia y se paró para husmear el aire otra vez. Después, agazapado, siguió avanzando. Del cuerpo que llevaba echado al hombro colgaba la capa de un Guardián. Pobre Symon. No volvería a echar otra partida de cartas. Gawyn emitió un quedo gruñido y, antes de lograr controlarse, saltó hacia adelante. Ejecutó Besar a la víbora, y en el giro segó la cabeza del trolloc.