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El cadáver se desplomó en el suelo con un golpetazo. Gawyn siguió con la espada enarbolada, pero entonces se maldijo y se agazapó para retroceder hacia el humo. Encubriría su olor, y los negros remolinos harían otro tanto con su figura borrosa. Necio, arriesgarse a ponerse en evidencia por matar a un trolloc. El cadáver de Symon acabaría en un caldero de todos modos. Él no podía acabar con todo el ejército. Estaba allí por un hombre.

Se agachó y esperó a ver si su ataque había llamado la atención. Quizá no podrían verlo —no estaba seguro de hasta qué punto lo encubrían los anillos—, pero cualquiera que hubiera estado mirando habría visto caer al trolloc.

No sonó ninguna llamada de alarma. Gawyn se incorporó y siguió adelante. Sólo entonces notó que tenía los dedos rojos y cubiertos de ceniza. Se los había quemado. El dolor era algo distante. Los anillos. Le costaba trabajo pensar, pero eso —por suerte— no entorpecía su habilidad para luchar. Si acaso, ahora los reflejos eran más intensos.

Demandred. ¿Dónde estaba? Gawyn recorrió los Altos de un lado a otro. Cauthon tenía tropas estacionadas en el río, cerca del vado, pero el humo hacía imposible ver quiénes formaban el contingente. En el otro extremo, los fronterizos estaban trabados con una unidad de caballería sharaní. Sin embargo allí, en la cima, todo se hallaba tranquilo a despecho de la presencia de Engendros de la Sombra y sharaníes. Gawyn avanzó cauteloso a lo largo de las líneas de retaguardia de trollocs, sin apartarse de los rodales de hierbas y madera muerta. Nadie parecía reparar en él. Allí había sombras, y las sombras significaban protección. Allá abajo, en la cañada entre los Altos y las ciénagas, los fuegos empezaban a apagarse. Era demasiado pronto para que se hubieran consumido por sí mismos. ¿Encauzamiento?

La intención de Gawyn había sido localizar a Demandred buscando el origen de los ataques, pero si éste se limitaba a encauzar para apagar los fuegos...

El ejército de la Sombra inició la carga y se lanzó pendiente abajo, hacia Vado de Hawal. Aunque los sharaníes se quedaron atrás, el grueso de la fuerza trolloc avanzó. Era obvio que el objetivo era presionar por el lecho seco del río y enfrentarse al ejército de Cauthon.

Si el propósito de Cauthon era atraer con un señuelo a todas las tropas que Demandred tenía en los Altos, había fracasado. Muchos sharaníes se quedaron allí, unidades de infantería y de caballería que contemplaban impasibles el atronador avance de los trollocs a la batalla.

A lo largo de la pendiente retumbaron explosiones que lanzaron trollocs por el aire como tierra al sacudir una esterilla. Gawyn vaciló y se agachó más. Dragones, los pocos que funcionaban. Mat los había mandado llevar a algún sitio al otro lado del río; era difícil ver su posición exacta debido al humo. Por el sonido, sólo había una media docena, pero el daño que causaron fue enorme, sobre todo si se tenía en cuenta la distancia.

Un estallido de luz roja en los Altos, a corta distancia, salió lanzado hacia el humo de los dragones. Gawyn sonrió.

«Muchísimas gracias», pensó, posando la mano en la espada. Había llegado el momento de probar lo bien que funcionaban los anillos.

Salió disparado de su escondrijo, agachado y deprisa. Casi todos los trollocs se amontonaban pendiente abajo y corrían a grandes zancadas hacia el cauce seco. Sobre ellos llovieron virotes de ballestas y flechas, y otra tanda de disparos de los dragones llegó desde una localización ligeramente diferente. Cauthon hacía que los dragones se desplazaran, y Demandred tenía problemas para precisar su ubicación.

Gawyn corrió entre los aullidos de los Engendros de la Sombra. El suelo parecía palpitar como el latido de un corazón con los impactos en el suelo, detrás de él. El humo se agitó a su alrededor y le produjo escozor en la garganta. Las manos se le habían puesto negras e imaginaba que le había pasado lo mismo en la cara. Confiaba en que eso lo ayudara a mantenerse oculto.

Los trollocs dieron media vuelta entre chillidos y gruñidos, pero ninguno de ellos se fijó en él. Sabían que algo había pasado por allí, pero para ellos era un mero borrón.

A través del vínculo sintió desbordarse la cólera de Egwene. Gawyn sonrió. No había esperado que se sintiera complacida. Encontró la paz en su decisión mientras corría y se clavaban flechas en el suelo a su alrededor. Tal vez en otro tiempo habría hecho aquello por el orgullo de la batalla y la oportunidad de enfrentarse a Demandred.

Pero no lo movía eso ahora. Era lo que le pedía el corazón. Alguien tenía que hacer frente a ese ser, alguien tenía que matarlo o perderían esta batalla. Todos se daban cuenta de eso. Que Egwene o Logain se pusieran en peligro sería correr un riesgo demasiado grande.

Él sí podía arriesgarse. Nadie le encargaría hacer aquello —nadie se atrevería—, pero era necesario. Tenía una oportunidad de cambiar las cosas, de hacer algo que era realmente importante. Lo hacía por Andor, por Egwene, por el propio mundo.

Un poco más adelante, Demandred bramaba su ya conocido desafío:

—¡Mandad a al’Thor, no esos supuestos dragones!

Otra descarga de fuego salió lanzada desde él. Gawyn pasó junto a los trollocs que corrían a la carga y salió detrás de un gran grupo de sharaníes con unos arcos extraños, casi tan grandes como los de Dos Ríos. Rodeaban a un hombre montado a caballo y cubierto con armadura de monedas enlazadas, unidas por los agujeros abiertos en el centro, así como guardabrazos y gorguera. La placa frontal del atemorizador yelmo estaba abierta. El orgulloso semblante, apuesto e imperioso, le resultó inquietantemente familiar a Gawyn.

«Esto tendrá que ser rápido —pensó—. Y, por la Luz, más me vale no darle ocasión de encauzar.»

Los arqueros sharaníes estaban preparados, pero sólo dos se volvieron cuando Gawyn se metió entre ellos. Gawyn sacó el cuchillo de la vaina del cinturón. Tendría que desmontar a Demandred del caballo y después arremeter con el cuchillo contra la cara del Renegado. Le parecía un ataque cobarde, pero era el mejor modo. Si lo tiraba al suelo, entonces podría...

Demandred giró de repente con rapidez y miró hacia Gawyn. Un segundo después el hombre adelantaba la mano con rapidez y una barra de fuego al rojo blanco, fina como una ramita, salía disparada hacia Gawyn.

Falló, y golpeó justo a su lado cuando él se apartó de un salto. Se abrieron grietas por todo el suelo alrededor. Una grietas profundas, negras, que parecían abrirse a la mismísima eternidad.

Gawyn saltó hacia adelante y cortó la cincha de la silla del Renegado. Qué rapidez. Esos anillos le permitían reaccionar mientras Demandred seguía mirando con desconcierto.

La silla se soltó, y Gawyn asestó una cuchillada al flanco del caballo. El animal relinchó y se encabritó, lanzando a Demandred hacia atrás, con silla y todo.

Gawyn extrajo el cuchillo ensangrentado al tiempo que el caballo huía desbocado y los arqueros gritaban; saltó con el arma enarbolada con ambas manos, cernido amenazadoramente sobre Demandred.

El cuerpo del Renegado se sacudió de repente, y el hombre cayó hacia un lado. Una corriente de aire levantó cenizas en el suelo ennegrecido cuando tejidos de Aire sostuvieron a Demandred y lo hicieron girar sobre sí, depositándolo de pie en el suelo con un tintineo metálico y la espada ya desenvainada. El Renegado se agachó y soltó otro tejido; Gawyn sintió una brisa a su alrededor, como si los hilos hubieran intentado asirlo. Él era demasiado rápido y, obviamente, Demandred tenía problemas para acertar a darle debido a los anillos.

Gawyn retrocedió y se cambió el cuchillo a la mano izquierda al tiempo que desenvainaba la espada con la derecha.

—Ah, un asesino —dijo Demandred—. Y Lews Therin siempre hablaba del «honor» de enfrentarse a un hombre cara a cara.

—No me envía el Dragón Renacido.

—¿No? ¿Rodeado con la Sombra de la Noche, un tejido que nadie de esta era recuerda? ¿Sabes que lo que Lews Therin te ha hecho te absorberá la vida? Estás muerto, hombrecillo.