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Enfundó la espada en la vaina, meneó la cabeza y lanzó una bola de fuego hacia el dragón que seguía disparando.

El dragón enmudeció. Demandred echó a andar a lo largo del borde de la pendiente empinada que daba al río, con la guardia sharaní a su alrededor. Gawyn cayó tendido en el suelo, aturdido, derramando la vida en la hierba quemada. Intentó contener la sangre con los temblorosos dedos.

De algún modo consiguió ponerse de rodillas otra vez. Su corazón clamaba por regresar junto a Egwene. Empezó a gatear; la sangre se mezclaba con la tierra sobre la que pasaba a medida que escapaba por la herida. A pesar de tener la vista velada por el sudor frío que le entraba en los ojos, localizó varios caballos unos veinte pasos más adelante, atados a una línea de estacas; los animales hurgaban en las hierbas ennegrecidas que tenían debajo de las patas. Tras unos minutos de esfuerzo que se le hicieron interminables y que lo dejaron agotado, Gawyn se subió a lomos del primer caballo al que pudo llegar y desatar. Se encorvó en la silla, mareado, y se aferró a la crin con una mano. Haciendo acopio de las fuerzas que le quedaban, tocó los ijares del animal con los talones.

—Milady —le dijo Mandevwin a Faile—, ¡conozco a esos dos hombres desde hace años! No digo que no hayan tenido algún problema en el pasado. Ningún hombre llega a la Compañía sin tener unos cuantos. Pero, así lo quiera la Luz, ¡no son Amigos Siniestros!

Faile comía su ración de mediodía en silencio y escuchaba con toda la paciencia de la que era capaz las protestas de Mandevwin. Ojalá Perrin estuviera allí para tener una buena discusión y descargar los nervios. Se sentía como si fuera a reventar por la tensión.

Estaban cerca de Thakan’dar, terriblemente cerca. El cielo negro retumbaba con los relámpagos y no habían visto un ser vivo —peligroso o no— desde hacía días. Tampoco habían vuelto a ver a Vanin ni a Harnan; a pesar de lo cual, Faile doblaba la guardia todas las noches. Los esbirros del Oscuro no cejaban, no se daban por vencidos.

En consecuencia, ahora llevaba el Cuerno en una bolsa grande atada a la cintura. Los otros lo sabían, y pasaban alternativamente del orgullo de su misión al horror de la importancia de ésta. Al menos ahora lo compartía con ellos.

—Milady —insistió Mandevwin, que se arrodilló a su lado—, Vanin se encuentra cerca, ahí fuera, en alguna parte. Es un explorador muy diestro, el mejor de la Compañía. No lo veremos a menos que él quiera que lo hagamos, pero juraría que nos viene siguiendo. ¿A qué otro lugar iba a ir? Quizá si lo llamamos y lo invitamos a acercarse para que explique su versión de lo ocurrido, podríamos resolver esto.

—Lo pensaré, Mandevwin —dijo Faile.

Él asintió con la cabeza. El hombre tuerto era un buen comandante, pero tenía tan pocas luces como un ladrillo. Un hombre sencillo daba por hecho que otros actuaban por motivaciones sencillas, y no podía imaginar que alguien como Vanin o Harnan, que habían sido parte de la Compañía durante tanto tiempo —siguiendo órdenes, sin duda, para no levantar sospechas—, fuera capaz de hacer algo tan terrible.

Al menos ahora Faile sabía que no se había preocupado sin motivo. Aquella mirada de puro terror en los ojos de Vanin cuando lo sorprendió había bastado para confirmarlo, si pillarlo con el Cuerno en las manos no era suficiente. Lo que no había esperado era que hubiera dos Amigos Siniestros, y le habían ganado en astucia con su robo. Sin embargo, también habían subestimado los peligros de la Llaga. Detestaba pensar qué habría ocurrido si no hubiesen atraído la atención de aquel ser con aspecto de oso. Ella habría permanecido en la tienda esperando la llegada de los ladrones, que ya habrían desaparecido con uno de los artefactos más poderosos que había en el mundo.

El cielo retumbó. El oscuro pico de Shayol Ghul se erguía, amenazador, un poco más adelante, elevándose sobre el valle de Thakan’dar entre una cadena de montañas más pequeñas. El aire se había vuelto frío, casi invernal. Llegar a aquel pico sería difícil pero, de un modo u otro, iba a llevar el Cuerno a las fuerzas de la Luz para la Última Batalla. Posó los dedos en la bolsa que cargaba al costado y tanteó el metal que iba dentro.

Cerca, Olver correteaba por la desolada roca gris de las Tierras Malditas, con el cuchillo metido en el cinturón como si fuera una espada. Quizá no debería haberlo llevado con ellos. Claro que en las Tierras Fronterizas los chicos de su edad aprendían a llevar mensajes y a transportar suministros a los torreones asediados. No salían con una tropa de guerra ni se los destinaba a un puesto hasta que al menos tuvieran doce años, pero el entrenamiento empezaba mucho antes.

—Milady...

Faile miró a Selande y a Arrela, que se aproximaban. Faile había puesto a Selande al mando de los exploradores, ahora que Vanin se había desenmascarado a sí mismo. La mujer, menuda y de tez pálida, tenía menos apariencia de Aiel que muchos de los otros componente de Cha Faile. Pero la actitud ayudaba.

—¿Sí?

—Hay movimiento, milady —informó en voz queda Selande.

—¿Qué? —Faile se puso de pie—. ¿Qué clase de movimiento?

—Una especie de caravana.

—¿En las Tierras Malditas? —se extrañó Faile—. Muéstramelo.

No era sólo una caravana. Allí había un pueblo. Faile lo divisó a través del visor de lentes, aunque sólo unos manchones oscuros indicaban la presencia de edificios. Se levantaba en las estribaciones cercanas a Thakan’dar. Un pueblo. ¡Luz bendita!

Faile movió el visor hacia donde la caravana avanzaba muy despacio a través de inhóspito paisaje, en dirección a un puesto de abastecimiento establecido fuera del pueblo, a cierta distancia.

—Están haciendo lo que hicimos nosotros —susurró.

—¿A qué os referís, milady?

Arrela estaba tendida en el suelo al lado de Faile. Mandevwin se encontraba al otro lado y miraba con atención por su propio visor.

—Es un puesto central de abastecimiento —explicó Faile mientras observaba los montones de cajas y haces de flechas—. Los Engendros de la Sombra no pueden pasar a través de accesos, pero sus suministros sí. Así no tienen que ir cargados con flechas y armas de repuesto durante la invasión. En cambio, los suministros se recogen aquí y luego se envían a los campos de batalla cuando los necesitan.

En efecto, allí abajo un hilo de luz anunció la apertura de un acceso. Una larga fila de hombres de aspecto sucio avanzó penosamente a través de él con paquetes cargados a la espalda, seguidos de docenas de otros que tiraban de pequeños carros.

—A dondequiera que vayan esos suministros, cerca habrá una batalla —dijo despacio Faile—. Esos carros llevan flechas, pero no comida, ya que los trollocs recogen cadáveres todas las noches para darse un festín.

—De modo que si pudiéramos colarnos por uno de esos accesos... —empezó Mandevwin.

Arrela resopló con sorna, como si la conversación fuera una broma. Miró a Faile y la sonrisa se le borró en los labios.

—¡No hablaréis en serio! —exclamó.

—Aún nos queda una larga caminata hasta Thakan’dar —expuso Faile—. Y ese pueblo nos cierra el paso. Podría ser más fácil colarnos a través de uno de esos accesos que intentar llegar al valle avanzando despacio y con dificultad.

—¡Acabaríamos detrás de las líneas enemigas!

—Ya estamos detrás de sus líneas —señaló Faile con gesto sombrío—, así que nada cambiaría respecto a eso.

Arrela guardó silencio.

—Eso será un problema —dijo en voz baja Mandevwin mientras giraba el visor—. Fijaos en los tipos que se acercan a la caravana desde el pueblo.

Faile se llevó el visor al ojo de nuevo.

—¿Aiel? —susurró—. ¡Por la Luz! ¿Los Shaido se han unido a las fuerzas del Oscuro?

—Ni siquiera los perros Shaido harían algo así —afirmó Arrela, que escupió el suelo.