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—Y yo estoy segura de que sí —replicó Janina.

Perrin cerró los ojos. Eso la convencería de que iba a hacer lo que ella decía. Luego, cuando se marchara, podría levantarse.

—Estoy segura de que sí —repitió la Sabia, cuya voz se tornó más suave por alguna razón.

«Dormir —pensó—. Me estoy quedando dormido.» De nuevo vio ante él los tres caminos. Esta vez, uno conducía al sueño normal; otro, el que normalmente tomaba, llevaba al Sueño del Lobo mientras uno dormía.

Y, entre ambos, un tercer camino: al Sueño del Lobo, en persona.

Se sintió fuertemente tentado de escoger este último, pero de momento decidió hacerlo. Eligió el sueño normal cuando —en un instante de lucidez— supo que su cuerpo moriría si no dormía.

Respirando con dificultad, Androl yacía boca arriba y contemplaba el cielo en algún sitio lejos del campo de batalla, tras la huida de la cima de los Altos.

Ese ataque... Qué poderoso había sido.

¿Qué fue eso?, transmitió a Pevara.

No era Taim, contestó ella, que se puso de pie y se sacudió el polvo de la falda. Creo que era Demandred.

Nos trasladé a propósito a un lugar lejos de donde él estaba combatiendo.

Sí. ¿Cómo se atreve a desplazarse e interferir con el grupo de encauzadores que atacan a sus fuerzas?

Androl se sentó, gemebundo.

¿Sabes, Pevara?, transmitió, sorprendido por la jocosidad de la mujer. Eres atípicamente socarrona para ser una Aes Sedai.

No conoces a las Aes Sedai tan bien como te imaginas. Pevara se acerco a Emarin para examinarle las heridas.

Androl respiró hondo y se llenó de los aromas del otoño. Hojas caídas. Agua estancada. Un otoño que había llegado demasiado pronto. La ladera donde se encontraban se asomaba a un valle en el que, como si desafiaran lo que ocurría en el mundo, algunos granjeros habían cultivado la tierra en grandes parcelas cuadradas.

Nada había crecido.

Cerca, Theodrin se puso de pie.

—Aquello es una locura —dijo, enrojecido el semblante.

Androl percibió la desaprobación de Pevara hacia la chica. No tendría que haber mostrado sus emociones sin rebozo. Todavía no había aprendido a mantener el control Aes Sedai como era debido.

En realidad todavía no es una Aes Sedai, diga lo que diga la Amyrlin, le transmitió Pevara al leerle los pensamientos. No ha pasado la prueba todavía.

Theodrin parecía saber lo que pensaba Pevara, así que las dos guardaban las distancias entre sí. Pevara Curó a Emarin, que lo asumió de forma estoica. Theodrin Curó un corte que Jonneth tenía en el brazo; a él parecieron hacerle gracia sus atenciones maternales.

Lo habrá vinculado dentro de nada, transmitió Pevara. ¿No te diste cuenta de que dejó que una de las otras mujeres escogiera al que le correspondía a ella de los cincuenta y luego empezó a seguirlo a él por todas partes? No se ha apartado de nosotros desde la Torre Negra.

¿Y si él la vincula a su vez?, envió Androl.

Pues entonces veremos si lo que tenemos tú y yo es algo excepcional o no. Pevara vaciló antes de seguir. Estamos topando con cosas que nunca se habían visto hasta ahora.

Él le sostuvo la mirada. Pevara se refería a lo que quiera que hubiera ocurrido durante la coligación de ambos la última vez. Ella había abierto un acceso, pero del mismo modo que lo habría hecho él.

Vamos a tener que intentarlo de nuevo, le transmitió a Pevara.

Pronto, repuso ella, que Ahondó a Emarin para asegurarse de que la Curación había surtido efecto.

—Estoy bastante bien, Pevara Sedai —dijo él, cortés como siempre—. Y, si se me permite decirlo, parece que a vos tampoco os vendría mal un poco de Curación.

Ella bajó la vista hacia la tela quemada de la manga. Todavía se sentía insegura respecto a dejar que un hombre la Curara, pero también se sentía irritada consigo misma por su timidez.

—Gracias —le dijo a Emarin con voz firme y dejó que él le tocara el brazo y encauzara.

Androl desenganchó una pequeña taza de estaño que llevaba en el cinturón y con gesto ausente alzó la mano, con los dedos hacia abajo. Apretó los dedos como si pellizcara algo entre ellos y, cuando los separó, se abrió un pequeño acceso en el centro. Se vertió agua y llenó la taza.

Pevara se sentó a su lado y aceptó la taza que le ofrecía y bebió.

—Fresca como la de un manantial de montaña —comentó, con un suspiro.

—Es que lo es —contestó Androl.

—Eso me recuerda que quería preguntarte algo. ¿Cómo haces eso?

—¿Esto? Sólo es un acceso pequeño...

—No me refiero a eso. Androl, acabas de llegar aquí. No es posible que hayas tenido tiempo de memorizar esta zona lo bastante bien para abrir un acceso a algún manantial de montaña a cientos de millas de distancia.

Androl la miró sin comprender, como si acabara de oír algo sorprendente.

—No lo sé. A lo mejor tiene algo que ver con mi Talento —dijo luego.

—Comprendo. —Pevara guardó silencio unos instantes—. Por cierto, ¿qué le ha pasado a tu espada?

Androl se llevó la mano al costado. La vaina colgaba allí, vacía. Había soltado la espada cuando el rayo había caído cerca de ellos y no había tenido la presencia de ánimo suficiente para recogerla al huir. Soltó un gemido.

—Si Garfin supiera esto, me mandaría a moler cebada en el almacén del oficial de intendencia durante semanas.

—Eso no es importante —contestó Pevara—. Tienes otras armas mejores.

—Es cuestión de principios. Llevar espada me hace recordar lo que soy. Es como... Bueno, ver una red hace que recuerde cuando pescaba por Mayene, y el agua de manantial me recuerda a Jain. Pequeñas cosas, pero las cosas pequeñas tienen importancia. Necesito volver a ser un soldado. He de encontrar a Taim, Pevara. Los sellos...

—Bueno, no podemos encontrarlo de la forma que lo hemos intentado. ¿Estás de acuerdo en eso?

Él suspiró, pero asintió con la cabeza.

—Estupendo —dijo Pevara—. Detesto ser un blanco.

—¿Qué hacemos entonces?

—Habremos de abordarlo tras hacer un análisis concienzudo, no blandiendo espadas.

Probablemente ella tenía razón.

—¿Y qué tal... lo que hicimos? —sugirió Androl—. Pevara, tú utilizaste mi Talento.

—Veremos. —Pevara dio un sorbo de agua—. Lástima que no sea té.

Androl enarcó las cejas. Le cogió la taza, abrió un pequeño acceso entre dos dedos y dejó caer en la taza unas cuantas hojas de té secas. Hizo que el agua hirviera un momento con un hilo de Fuego y después echó dentro miel, a través de otro acceso.

—Tenía un poco en mi taller de la Torre Negra —explicó mientras le tendía la taza de nuevo—. Por lo visto nadie lo ha tocado.

Ella sorbió el té y esbozó una gran cálida sonrisa.

—Androl, eres maravilloso.

Él sonrió a su vez. ¡Luz! ¿Cuánto tiempo hacía que no se había sentido así con una mujer? Se suponía que el amor era cosa de jóvenes tontos, ¿no?

Por supuesto, los jóvenes tontos nunca se fijaban en cosas importantes. Buscaban una cara bonita y nada más. Androl tenía suficiente edad para saber que un rostro atractivo no era nada comparado con la clase de seguridad que transmitía una mujer como Pevara. Control, estabilidad, determinación. Ésas eran cosas que sólo podían llegar con el punto justo de madurez.

Era igual que con la piel. La piel nueva era fina, pero una piel verdaderamente buena era la que se había usado y desgastado, como una correa a la que se ha cuidado a lo largo de los años. Uno nunca sabía con seguridad si podía fiarse de una correa nueva.