—Estoy intentando leer ese pensamiento —dijo Pevara—. ¿Acabas de compararme con... una correa de cuero?
Él enrojeció.
—Pensaré que es algo propio de los talabarteros. —Dio otro sorbo de té.
—Bueno, tú no dejas de compararme con... ¿Qué es? ¿Un conjunto de figurillas?
—Mi familia —repuso ella, sonriendo.
Unas personas a las que habían asesinado Amigos Siniestros.
—Lo siento.
—Ocurrió hace mucho, mucho tiempo, Androl.
Con todo, él percibió que Pevara seguía furiosa por aquello.
—Luz —dijo—. Siempre olvido que eres mayor que la mayoría de los árboles, Pevara.
—Mmmmm... Primero soy una correa de cuero, ahora soy más vieja que los árboles. Supongo que, a pesar de las varias docenas de trabajos que has tenido en tu vida, ninguna parte de tu entrenamiento estaba relacionada con aprender a hablar con una dama, ¿verdad?
Él se encogió de hombros. De joven puede que se hubiera sentido violento por quedarse atorado, como si la lengua se le hubiera hecho un nudo, pero había aprendido que era algo imposible de evitar. Intentarlo sólo llevaba a empeorar las cosas. Curiosamente la forma en que él reaccionó la complació. Debía de ser que a las mujeres les gustaba ver a un hombre desconcertado.
Sin embargo, el regocijo de Pevara se extinguió cuando por casualidad alzó la vista al cielo. De repente, Androl recordó los campos vacíos allá abajo, en el valle. Los árboles muertos. El sordo gruñido del trueno. No era momento para el júbilo; ni para el amor. No obstante, por alguna razón se sorprendió a sí mismo aferrándose a ambas sensaciones precisamente por ello.
—Deberíamos ponernos en marcha pronto —dijo él—. ¿Qué plan tienes?
—Taim estará siempre rodeado de secuaces. Si seguimos atacando como hemos hecho, nos harán trizas antes de que consigamos llegar a él. Tenemos que acercarnos con sigilo.
—¿Y cómo vamos a conseguirlo?
—Eso depende. ¿Hasta qué punto actuarías como un loco si la situación lo justificara?
El valle de Thakan’dar se había convertido en un lugar de humo, caos y muerte.
Rhuarc avanzaba con sigilo, flanqueado por Trask y Baelder. Eran sus hermanos de la asociación Escudos Rojos. Nunca los había visto hasta que llegaron a ese lugar, pero aun así eran hermanos y su vínculo se había sellado con la sangre derramada de Engendros de la Sombra y traidores.
Un rayo desgarró el aire y cayó cerca. Al caminar, los pies de Rhuarc crujían en la arena que se había convertido en fragmentos cristalinos por los rayos. Llegó al lugar donde ponerse a cubierto —unos cadáveres de trollocs amontonados— y se agazapó detrás; Trask y Baelder se reunieron con él. La tormenta había estallado finalmente, y vientos violentos asaltaban el valle con una fuerza que casi le arrancaba el velo de la cara.
Era difícil distinguir algo. La niebla se había disipado, pero el cielo estaba más oscuro y la tormenta levantaba remolinos de polvo y humo. Había mucha gente que combatía en patrullas que deambulaban por el valle.
Ya no había líneas de combate. Horas antes, un ataque de los Myrddraal —y la subsiguiente ofensiva trolloc a gran escala— había conseguido romper por fin la resistencia de los defensores en la boca del valle. Los tearianos y los Juramentados del Dragón se habían retirado al interior del valle, hacia Shayol Ghul, y ahora la mayoría combatía casi al pie de la montaña.
Por suerte, el número de los trollocs que habían entrado amontonados ya no era abrumador. La matanza en el paso y el largo asedio habían reducido el contingente trolloc de Thakan’dar. En total, los trollocs restantes probablemente igualaban el número de defensores.
Lo cual seguía siendo un problema; pero, en su opinión, los Sin Honor que llevaban velos rojos eran un peligro mucho mayor. Ésos merodeaban por toda la extensión del valle, como hacían los Aiel. En aquel campo de muerte abierto, tan enturbiado por los remolinos de polvo y humo que apenas había visibilidad, Rhuarc estaba de caza. De vez en cuando se topaba con algún grupo de trollocs, pero los Fados habían azuzado a la mayoría a combatir con las tropas de soldados tearianos y domani, mientras que los encauzadores seguían defendiendo el sendero que subía por la montaña hasta la caverna donde el Car’a’carn luchaba con el Cegador de la Vista.
Rand al’Thor tendría que terminar su batalla pronto, porque Rhuarc sospechaba que no pasaría mucho antes de que la Sombra se apoderara del valle.
Él y sus hermanos llegaron a donde un grupo de Aiel danzaba las lanzas con los traidores que llevaban velos rojos. Aunque muchos de los velos rojos podían encauzar, parecía que ninguno de ese grupo lo hacía. Rhuarc y sus dos compañeros entraron en la danza arremetiendo con las lanzas.
Esos velos rojos luchaban bien. Trask despertó del sueño durante ese enfrentamiento, aunque antes acabó con uno de los velos rojos al tiempo que él caía. La escaramuza acabó cuando los restantes velos rojos se dieron a la fuga. Rhuarc mató a uno con el arco, y Baelder abatió a otro. Disparar a hombres por la espalda era algo que no habrían hecho si hubiesen estado luchando contra verdaderos Aiel, pero esos seres eran peores que los Engendros de la Sombra.
Los tres restantes Aiel a los que habían ayudado dieron las gracias con un cabeceo. Se unieron a Rhuarc y a Baelder, y juntos regresaron hacia Shayol Ghul para comprobar las defensas allí.
Por suerte el ejército en aquella zona todavía resistía. Muchos eran de esos Juramentados del Dragón que habían llegado los últimos a la batalla y que en su mayoría eran hombres y mujeres corrientes. Sí, había alguna Aes Sedai entre ellos, incluso algunos Aiel y un par de Asha’man. Sin embargo, en su mayor parte empuñaban espadas que no se habían utilizado hacía años o varas de combate que antes debían de haber sido herramientas agrícolas.
Luchaban contra los trollocs como lobos acorralados. Rhuarc meneó la cabeza. Si los Asesinos del Árbol hubieran luchado con esa ferocidad, quizá Laman todavía ocuparía su trono.
El estampido de un rayo llegó desde el aire y mató a varios de los defensores. Rhuarc parpadeó porque el fogonazo del rayo lo había deslumbrado, se volvió hacia un lado y examinó los alrededores a través del ventarrón. Allí.
Hizo una seña a sus hermanos para que se quedaran atrás y luego se deslizó hacia adelante, agazapado. Recogió un puñado del polvo gris como ceniza que cubría el suelo y se frotó con él las ropas y la cara; el viento le arrebató parte del polvo de los dedos.
Se tumbó boca abajo en el suelo, con una daga sujeta entre los dientes. Su presa se encontraba en lo alto de una pequeña elevación y contemplaba el combate. Uno de los velos rojos, con el velo bajado, sonreía. El ser no tenía los dientes afilados en punta. Todos los que los llevaban así podían encauzar, pero también sabían hacerlo algunos que no los tenían afilados. Rhuarc ignoraba lo que significaba eso.
Aquel tipo puso de manifiesto que era encauzador cuando creó un tejido de Fuego en forma de lanza que arrojó contra los fearianos que combatían a corta distancia. Sigiloso, Rhuarc avanzó muy despacio por una depresión formada en el suelo rocoso.
Tuvo que presenciar cómo el velo rojo mataba a un Defensor tras otro, pero no se apresuró. Siguió aproximándose con angustiosa lentitud mientras oía el chisporroteo del fuego, en tanto que el encauzador permanecía con las manos enlazadas a la espalda y los tejidos del Poder Único se descargaban a su alrededor.
El hombre no lo vio. Aunque había velos rojos que luchaban como Aiel, muchos de ellos no lo hacían. No acechaban en silencio, ni parecían saber manejar el arco y la lanza tan bien como deberían. Los hombres como el que Rhuarc tenía delante... Rhuarc dudaba que alguna vez tuvieran que moverse en silencio o acercarse a hurtadillas a un enemigo o cazar un venado en territorio agreste. ¿Para qué querrían hacerlo cuando podían encauzar?
El velo rojo no advirtió que Rhuarc se deslizaba alrededor del cadáver de un trolloc que yacía cerca de los pies del velo rojo; Rhuarc alargó la mano y le cortó al hombre los tendones de las corvas. El velo rojo se desplomó con un grito y, antes de que pudiera encauzar, Rhuarc lo degolló. A continuación se deslizó hacia atrás y se ocultó entre dos cadáveres.