—Me encargaré de que se realice —le dijo Rand a la oscuridad—. Éste es tu punto débil. Felicidad, vegetación, amor...
ESTAS GENTES SON MÍAS AHORA. LAS TOMARÉ.
—Eres oscuridad —replicó Rand en voz alta—. La oscuridad no puede hacer retroceder a la Luz. La oscuridad sólo existe cuando la Luz flaquea, cuando huye. Yo no flaquearé. Yo no huiré. No puedes vencer mientras yo te obstruya el paso, Shai’tan.
VEREMOS.
Rand le dio la espalda a la oscuridad y continuó caminando con tenacidad alrededor de la fuente. Al otro lado de la plaza, un gran tramo de majestuosos escalones blancos conducía a un edificio de cuatro plantas de altura, una inspirada creación de increíble talento, con relieves tallados y coronada por un resplandeciente tejado de cobre. Cien años. Un siglo de vida, un siglo de paz.
Las facciones de la mujer que se encontraba en lo alto de la escalinata le resultaban familiares. Algunos de sus rasgos eran de ascendencia saldaenina, pero también el rizoso cabello oscuro apuntaba claramente su ascendencia de Dos Ríos. Lady Adora, nieta de Perrin y alcaldesa de Campo de Emond. Rand subió los escalones y ella pronunció el discurso de conmemoración. Nadie reparó en él. Rand había hecho que fuera así. Se deslizó como un Hombre Gris detrás de ella mientras Adora proclamaba el día de celebración; después entró en el edificio.
No era un edificio gubernamental, aunque podría parecerlo por la fachada. Era algo mucho más importante.
Una academia.
A la derecha, los suntuosos pasillos estaban adornados con ornamentos y cuadros que rivalizarían con los de cualquier palacio, pero éstos representaban grandes maestros y narradores de relatos del pasado, desde Anla hasta Thom Merrilin. Rand recorrió uno de los pasillos y se fue asomando a las salas en las que cualquiera podía entrar y adquirir conocimientos, desde el granjero más pobre hasta los hijos de la alcaldesa. El edificio tenía que ser grande para acoger a todos los que deseaban instruirse.
TU PARAÍSO TIENE FALLOS, ADVERSARIO.
La oscuridad se asomaba a un espejo que Rand tenía a su derecha. El espejo no reflejaba el pasillo, sino SU presencia.
¿CREES QUE PUEDES ACABAR CON EL SUFRIMIENTO? AUN EN EL CASO DE QUE VENCIERAS NO LO CONSEGUIRÍAS. EN ESAS CALLES PERFECTAS TODAVÍA SE ASESINA A HOMBRES POR LA NOCHE. LOS NIÑOS PASAN HAMBRE A DESPECHO DE LOS ESFUERZOS DE TUS PROSÉLITOS. LOS PODEROSOS EXPLOTAN A UNOS Y CORROMPEN A OTROS; SÓLO QUE LO HACEN SIN LLAMAR LA ATENCIÓN, BAJO CUERDA.
—Es mejor —susurró Rand—. Es bueno.
NO ES SUFICIENTE, Y NUNCA LO SERÁ. TU SUEÑO ES FALLIDO. TU SUEÑO ES UNA MENTIRA. YO SOY LO ÚNICO CIERTO QUE TU MUNDO HA CONOCIDO.
El Oscuro arremetió.
El ataque llegó como una tormenta. Un golpe de viento tan terrible que amenazó con desgarrarlo hasta dejarle los huesos pelados. Aguantó con entereza, los ojos fijos en la nada, los brazos enlazados a la espalda. El ataque arrasó la visión, arrambló con todo: la hermosa ciudad, la gente y sus risas, el monumento a la ilustración y la paz. El Oscuro lo consumió, y de nuevo se convirtió en mera posibilidad.
Silviana asió el Poder Único, lo sintió fluir dentro de ella, dando luminosidad al mundo. Cuando abrazaba el Saidar se sentía como si fuera capaz de verlo todo. Era una experiencia gloriosa, siempre que reconociera que era una mera sensación, que no era verdad. La fascinación del poder del Saidar había inducido a muchas mujeres a realizar actos temerarios. Desde luego, muchas Azules los habían llevado a cabo en un momento u otro.
Silviana modeló fuego desde la silla de su montura y arrasó soldados sharaníes. Había enseñado a su castrado, Aguijón, a no ponerse nervioso cuando se encauzaba.
—¡Arqueros, atrás! —gritó Chubai a su espalda—. ¡Fuera, fuera! ¡Infantería pesada, adelante!
Soldados de a pie equipados con armadura pasaron junto a Silviana con hachas y mazas para enfrentarse a los desorientados sharaníes en las pendientes. Habría sido mejor con picas, pero las que tenían no eran ni de lejos suficientes para todo el mundo.
Silviana lanzó otro tejido de fuego al enemigo a fin de prepararle el camino a la infantería, y después dirigió la atención a los arqueros sharaníes que se encontraban más arriba en la pendiente.
Una vez que las fuerzas de Egwene habían rodeado las ciénagas, se habían dividido en dos grupos de asalto. Las Aes Sedai se habían desplazado con la infantería de la Torre Blanca para atacar a los sharaníes de los Altos desde el oeste. Para entonces, los fuegos se habían extinguido y la mayoría de los trollocs habían abandonado los Altos para atacar abajo.
La otra mitad del ejército de Egwene, en su mayor parte caballería, se dirigió a la cañada que bordeaba las ciénagas y continuó hacia el vado; atacaron los flancos vulnerables en la retaguardia de los trollocs, que habían bajado de las laderas para atacar a las tropas de Elayne, las cuales defendían las zonas colindantes con el vado.
La tarea primordial del primer grupo era subir la vertiente occidental. Silviana empezó a dirigir una serie de descargas de rayos a los sharaníes que avanzaban para repelerlos.
—Una vez que la infantería se haya abierto paso cuesta arriba —dijo Chubai al lado de Egwene—, será el momento de que las Aes Sedai empiecen a... ¿Madre? —La voz de Chubai había adquirido un timbre agudo.
Silviana se volvió en la silla y miró a Egwene, alarmada. La Amyrlin no estaba encauzando. Temblaba, y tenía el rostro demudado. ¿La habría alcanzado algún tejido? Que Silviana viera, no.
En la cumbre de los Altos, unas figuras apartaban a empujones a la infantería sharaní. Empezaron a encauzar y los rayos cayeron sobre el ejército de la Torre Blanca, cada uno de ellos con un destello de luz que hendía el aire y un estampido lo bastante intenso para aturdir.
—¡Madre!
Silviana azuzó con las rodillas a su montura para situarse junto a la de Egwene. Demandred debía de estar atacándola. Tocando el sa’angreal que Egwene sostenía en la mano a fin de absorber más Poder, Silviana tejió un acceso. La mujer seanchan que cabalgaba detrás de Egwene asió las riendas del caballo de la Amyrlin y tiró de él hacia la seguridad del otro lado de acceso. Silviana fue detrás mientras gritaba:
—¡Aguantad contra esos sharaníes! ¡Advertid a los encauzadores varones del ataque de Demandred a la Sede Amyrlin!
—No —dijo con voz débil Egwene, que se tambaleaba en la silla mientras los caballos se dirigían a paso lento hacia una tienda grande. A Silviana le habría gustado llevarla más lejos, pero no conocía el área lo suficiente para hacer un salto largo—. No, no es...
—¿Qué ocurre, madre? —preguntó Silviana, que se aproximó a ella y dejó que el acceso se cerrara.
—Es Gawyn —dijo, pálida, temblorosa—. Lo han herido. Gravemente. Se está muriendo, Silviana.
«Oh, Luz», pensó Silviana. ¡Guardianes! Se había temido que ocurriera algo así desde el momento en que había puesto los ojos en ese estúpido muchacho.
—¿Dónde? —inquirió.
—En los Altos. Voy a buscarlo. Utilizaré accesos, Viajaré en su dirección...
—Luz bendita, madre —exclamó Silviana—. ¿Tenéis la más ligera idea de lo peligroso que sería hacer eso? Quedaos aquí y dirigid a las fuerzas de la Torre Blanca. Yo intentaré dar con él.
—Tú no lo percibes.
—Pasadme el vínculo.
Egwene se quedó pasmada.
—Sabéis que es lo mejor que podemos hacer —dijo Silviana—. Si él muere, el vínculo podría destruiros. Dejad que lo tenga yo. Me permitirá encontrarlo y os protegerá a vos si él muriera.
Egwene la miró como si la mujer le acabara de confesar que profesaba lealtad al Oscuro. ¿Cómo osaba sugerirle tal cosa? Claro que, siendo Roja, no sabía mucho sobre Guardianes, y las hermanas de su Ajah solían tener ideas peregrinas respecto a ellos.