—No —contestó—. No, ni siquiera voy a planteármelo. Además, si él muere, eso sólo conseguiría protegerme transmitiéndote el dolor a ti.
—Yo no soy la Amyrlin.
—No. Si él muere, sobreviviré a ello y seguiré combatiendo. Llegar hasta él saltando de acceso en acceso sería absurdo, como tú dices, y tampoco dejaré que tú lo hagas. Se encuentra en los Altos. Forzaremos nuestro ascenso hasta allí, como se ha ordenado, y así podremos llegar hasta Gawyn. Es la mejor opción.
Silviana vaciló, pero después asintió con la cabeza. Tendría que valer. Regresaron juntas a la ladera occidental de los Altos, pero Silviana estaba que echaba chispas. ¡Necio! Si moría, para Egwene iba a ser un suplicio seguir combatiendo.
La Sombra no tenía que acabar con la propia Amyrlin para frenarla. Sólo tenía que matar a un muchacho estúpido.
—¿Qué hacen esos sharaníes? —preguntó en voz queda Elayne.
Birgitte controló su montura y tomó el visor de lentes que le tendía Elayne. Lo alzó y miró más allá del cauce seco del río, hacia la pendiente de los Altos, donde se había reunido un gran número de tropas sharaníes.
—Probablemente están esperando que cosan a flechazos a los trollocs.
—Lo dices sin mucho convencimiento —comentó Elayne, que recuperó el visor.
Abrazaba el Saidar, pero de momento no lo utilizaba. Su ejército llevaba dos horas luchando allí, en el río. Los trollocs se habían lanzado en oleadas por el cauce seco de Mora desde arriba y desde abajo, pero sus tropas los estaban conteniendo y no los dejaban pisar suelo shienariano. Las ciénagas impedían que el enemigo diera un rodeo por su flanco izquierdo; el flanco derecho era más vulnerable y habría que estar pendiente de ese lado. Sería mucho peor si todos los trollocs estuvieran presionando a través del río, pero la caballería de Egwene no dejaba de castigarlos desde atrás, cosa que le quitaba parte de la presión a su ejército.
Los hombres rechazaban a los trollocs con picas, y el pequeño chorro de agua que todavía fluía se había teñido de rojo. Elayne mantenía el gesto resuelto y permanecía allí, firme; para seguir el curso de la batalla, desde luego, pero también para estar a la vista de sus tropas. Lo más florido de Andor sangraba y moría conteniendo a los trollocs con dificultad. El ejército sharaní parecía estar preparando una carga desde los Altos, pero Elayne no creía que fueran a lanzar el ataque todavía; el ataque de la Torre Blanca en la ladera occidental, por detrás de los Altos, había sido un golpe de genialidad.
—Es que cualquier cosa que digo lo hago sin convencimiento —susurró Birgitte—. Ninguno en absoluto. Ya dudo de muchas cosas.
Elayne frunció el entrecejo. Pensaba que ese tema de la conversación se había acabado. ¿A qué refería Birgitte?
—¿Y qué me dices de tus recuerdos? —le preguntó a la Guardiana.
—Lo primero que recuerdo ahora es despertarme y veros a ti y a Nynaeve —susurró—. Me acuerdo de nuestras conversaciones estando en el Mundo de los Sueños, pero no recuerdo el lugar en sí. Todo se me ha borrado de la mente, se me ha escapado como agua entre los dedos.
—Oh, Birgitte...
La mujer se encogió de hombros.
—No puedo echar de menos lo que no recuerdo —dijo.
El dolor que denotaba la voz contradecía sus palabras.
—¿Gaidal?
—Nada —contestó Birgitte al tiempo que negaba con la cabeza—. Siento que debería conocer alguien con ese nombre, pero no recuerdo. —Soltó una risita—. Como he dicho, no sé lo que he perdido, así que no pasa nada.
—¿Estás mintiendo?
—Puñetas, por supuesto que sí. Es como si tuviera un agujero dentro de mí, Elayne. Un inmenso y profundo agujero por el que se desangra mi vida y mis recuerdos. —Desvió los ojos.
—Birgitte..., lo siento.
La otra mujer hizo volver grupas a su caballo y se alejó un poco; era obvio que no deseaba hablar más de ese tema. Su dolor irradió punzante en el nudo de emociones que era su vínculo con Elayne.
¿Qué se sentiría al perder tanto? Birgitte no tenía infancia, ni padres. Toda su vida, todo cuanto recordaba, por lo general llegaba a menos de un año. Elayne hizo intención de ir tras ella, pero en ese momento sus guardias se apartaron para abrir paso a Galad, ataviado con armadura, tabardo y capa de capitán general de los Hijos de la Luz.
—Galad —saludó Elayne, prietos los labios.
—Hermana —respondió él—. Supongo que sería del todo infructuoso recordarte lo inapropiado que es para una mujer en tu estado permanecer en el campo de batalla.
—Si perdemos esta guerra, Galad, mis hijos nacerán cautivos del Oscuro, si es que nacen. Creo, pues, que merece la pena correr el riesgo de estar en el frente.
—Siempre y cuando te refrenes de empuñar la espada personalmente.
Galad entrecerró los ojos e inspeccionó el campo de batalla. Sus palabras implicaban que le daba permiso —¡permiso!— para que dirigiera sus tropas.
Destellos de luz saltaron de los Altos y alcanzaron a los últimos dragones que disparaban desde el campo que había detrás de sus tropas. ¡Qué potencia! Demandred manejaba un Poder que eclipsaba el de Rand.
«Si ataca de ese modo a mis tropas...»
—¿Por qué me ha hecho venir aquí Cauthon? —preguntó Galad en voz baja—. Quería que doce de mis mejores hombres...
—No estarás pidiéndome que adivine lo que le ronda por la mente a Matrim Cauthon, ¿verdad? —lo interrumpió Elayne—. Estoy convencida de que Mat sólo actúa con aparente simpleza para que la gente lo deje salirse con la suya; de ese modo hace lo que quiere.
Galad meneó la cabeza. Elayne vio un grupo de hombres reunidos cerca; señalaban hacia los trollocs que subían despacio río arriba por la ribera arafelina. Elayne se dio cuenta de que su flanco derecho peligraba.
—Que vengan seis compañías de ballesteros —le dijo a Birgitte—. Guybon tiene que reforzar nuestras tropas río arriba.
«Luz. Esto empieza a tener muy mal cariz.» La Torre Blanca se encontraba allá, en la pendiente occidental de los Altos, donde el encauzamiento era más violento. No se veía mucho de lo que pasaba, pero lo percibía.
En la cima de los Altos salían humaredas que se iluminaban por los destellos de las explosiones; daba la impresión de que una bestia anubarrada y hambrienta se desperezara en mitad de la negrura y abriera los ojos centelleantes al despertar.
Elayne fue consciente de golpe del penetrante olor a humo que había en el aire, de los gritos de dolor de hombres. Tronadas en el cielo, sacudidas en el suelo. El aire frío afianzado en una tierra en la que nada crecería, las armas rotas, el rechinar de picas contra escudos. El fin. En verdad había llegado y ella se hallaba al borde del precipicio.
Llegó un mensajero a galope, con un sobre. Le dio el santo y seña a los guardias de Elayne, desmontó y se le permitió acercarse a ella y a Galad. El mensajero se dirigió a su hermanastro y le entregó la carta.
—De lord Cauthon, señor. Me dijo que os encontraría aquí.
Galad recogió la carta y, fruncido el entrecejo, la abrió. Sacó una hoja de papel del interior.
Elayne esperó con paciencia —con mucha paciencia— hasta contar tres, y luego acercó el caballo junto a la montura de Galad para estirar el cuello y leer. Oyendo hablar a su hermanastro, cualquiera habría dado por sentado que le preocupaba la comodidad de una mujer embarazada.
La carta la había escrito Mat. Y Elayne advirtió con regocijo que la letra era mucho más clara y la ortografía mucho mejor en ésta que en la que le había enviado a ella semanas atrás. Por lo visto, la presión de la batalla hacía de Matrim Cauthon un escribiente más ducho.
Galad:
No hay tiempo para ser más florido. Eres el único del que me fío para confiarte esta misión. Tú harás lo que es correcto, incluso si nadie quiere que lo hagas, puñetas. Tal vez los fronterizos no tuvieran agallas para hacer este trabajo, pero apuesto que puedo fiarme en que un Capa Blanca sí las tiene. Toma esto. Que Elayne te proporcione un acceso. Haz lo que debe hacerse.