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—Y, aun así, sabes que te necesitamos aquí —arguyó Mat—. De otro modo, ya te habrías marchado.

Logain no dijo nada.

—Ve con Egwene —indicó Mat—. Lleva a todos los que estén contigo y mantened ocupados a esos encauzadores sharaníes.

—¿Y qué pasa con Demandred? —preguntó con suavidad Logain—. Llama a voces al Dragón. Tiene la fuerza de una docena de hombres. Ninguno de nosotros puede enfrentarse a él.

—Pero lo quieres intentar, ¿verdad? —replicó Mat—. Ésa es la verdadera razón de que estés ahora aquí. Quieres que te mande contra Demandred.

Logain vaciló, pero finalmente asintió con la cabeza.

—No puede tener al Dragón Renacido —dijo—. Me tendrá a mí en su lugar. El... sustituto del Dragón, por así decirlo.

«Rayos y centellas... Están todos locos.» Por desgracia, ¿qué otra cosa podía hacer él contra uno de los Renegados? Ahora mismo, su plan de batalla giraba en torno a mantener ocupado a Demandred, en forzarlo a responder a sus ataques. Si Demandred tenía que actuar como general, no podría ocasionar tantos daños encauzando.

Tendría que ocurrírsele algo para encargarse del Renegado. Estaba trabajando en ello. Llevaba dándole vueltas a lo mismo toda la jodida batalla y no se le había ocurrido nada.

Mat volvió a observar la lucha a través del acceso. A Elayne la estaban presionando demasiado. Tenía que hacer algo. ¿Enviar seanchan allí? Los tenía situados en el extremo meridional del campo, en las márgenes del Erinin. Serían un comodín con Demandred que evitaría que el Renegado asignara todas sus tropas a las batallas que se libraban al pie de los Altos. Además, tenía planes para ellos. Planes importantes.

Logain no tendría muchas posibilidades contra Demandred, en su opinión. Pero había que encargarse de ese Renegado de algún modo. Si Logain quería intentarlo, pues que así fuera.

—Puedes luchar con él —dijo Mat—. Hazlo ahora o aguarda hasta que se haya debilitado un poco. Luz, espero que podamos debilitarlo. En fin, lo dejo a tu arbitrio. Elige el momento y ataca.

Logain sonrió y después abrió un acceso justo en mitad del recinto; lo cruzó con la mano en la empuñadura de la espada. Mat meneó la cabeza. Lo que daría por no tener que tratar con todos esos engolados. Puede que él fuera uno de ellos ahora, pero eso podría arreglarse. Lo único que tenía que hacer era convencer a Tuon de que renunciara al trono y escapara con él. No sería fácil, pero, puñetas, él estaba combatiendo la Última Batalla. Comparado con el reto que afrontaba ahora, Tuon parecía un nudo fácil de desatar.

—La gloria de los hombres... —susurró Min— aún está por llegar.

—Que alguien compruebe cómo están esos guardias —ordenó Mat mientras se volvía hacia sus mapas—. Tuon, es posible que tengamos que trasladarte. Este sitio nunca ha sido seguro y Logain acaba de demostrarlo.

—Puedo cuidar de mí misma —replicó ella con altanería.

Con demasiada. Mat la miró y enarcó una ceja; ella asintió con la cabeza.

«¿En serio? —pensó Mat—. ¿Sobre este motivo quieres montar la discusión?» Tenía ciertas dudas de que el espía se lo tragara. Era una razón muy tonta.

Su plan con Tuon era seguir el ejemplo de lo que Rand había hecho una vez con Perrin. Si él conseguía fingir una ruptura ente los seanchan y él, y con ello hacía que Tuon retirara a sus fuerzas, quizá la Sombra haría caso omiso de ella. Mat necesitaba algún tipo de ventaja.

Entraron dos guardias. No, tres. Era fácil que ese otro tipo pasara inadvertido. Mat hizo un gesto negativo con la cabeza a Tuon —hacía falta encontrar un motivo de disputa más verosímil— y volvió a mirar los mapas. Algo relacionado con el guardia pequeño lo incomodaba.

«Más parece un sirviente que un soldado», pensó. Se obligó a alzar la vista, aunque en realidad no tendría que entretenerse a causa de un criado normal y corriente. Sí, ahí estaba el tipo, junto a la mesa. Alguien que no merecía que se reparara en él, aunque estuviera sacando un cuchillo.

Un cuchillo.

Mat reculó a trompicones al tiempo que el Hombre Gris atacaba. Mat chilló y buscó uno de sus propios cuchillos justo cuando Mika gritaba:

—¡Encauzamiento! ¡Cerca!

Min se tiró sobre Fortuona en el momento en que la pared del puesto de mando estallaba en llamas. Unos sharaníes con extrañas armaduras hechas con bandas de metal pintadas en dorado se introducían a través del agujero en llamas. Encauzadores con rostros tatuados los acompañaban: las mujeres con largos vestidos negros de tela tiesa; los hombres con el torso desnudo y pantalón andrajoso. Min se fijó en todo eso antes de volcar el trono de Fortuona.

El fuego rugió en el aire por encima de Min, le chamuscó los ropajes de seda y consumió la pared que tenían detrás. Fortuona salió gateando de debajo de Min, se aplastó contra el suelo y Min parpadeó con sorpresa. La mujer se había despojado del aparatoso vestido —estaba hecho para desmontarlo en un suspiro en caso de necesidad— y vio que debajo llevaba un lustroso pantalón de seda y una camisa ajustada, ambas prendas negras.

Tuon se incorporó con un puñal en la mano al tiempo que emitía un gruñido casi salvaje. Cerca, Mat caía de espaldas al suelo con un hombre que empuñaba un cuchillo encima de él. ¿De dónde había salido ese hombre? Min no recordaba haberlo visto entrar.

Tuon corrió hacia Mat mientras los encauzadores sharaníes empezaban a machacar el puesto de mando con fuego. Min se incorporó con esfuerzo por culpa del horrible vestido. Empuñó una de sus dagas y se parapetó detrás del trono, con la espalda pegada a él, mientras el suelo se sacudía.

No podía llegar hasta Fortuona, así que se obligó a salir por la pared trasera, confeccionada con un material semejante al papel y que los seanchan llamaban tenmi.

Tosió por el humo, aunque allí fuera el aire no era tan asfixiante. Ninguno de los sharaníes se encontraba a ese lado del recinto. Todos estaban atacando desde otras direcciones. Corrió a lo largo de la pared. Los encauzadores eran peligrosos; pero, si lograba clavarle la daga a uno, daría igual todo el Poder Único que manejara.

Se asomó por la esquina y se sorprendió al ver a un hombre agazapado allí, con una mirada feroz en los ojos. Tenía el rostro huesudo, el cuello cubierto de tatuajes rojos en forma de garras que abrazaban la barbilla y la afeitada cabeza de piel clara.

Gruñó y Min se echó hacia atrás, al suelo, esquivando un chorro de fuego al tiempo que arrojaba la daga.

El hombre atrapó el arma en el aire y avanzó agachado, sonriéndole con aire bestial.

De repente sufrió una convulsión y cayó al suelo, sacudido por espasmos. Un hilillo de sangre le caía entre los labios.

—Eso —dijo una mujer que había cerca, con un timbre de absoluta aversión en la voz— es algo que se supone que no he de saber cómo se hace, pero parar el corazón de alguien con el Poder Único es silencioso. Apenas se necesita Poder, cosa sorprendente, lo cual es muy oportuno en mi caso.

—¡Siuan! —exclamó Min—. Se supone que no deberías estar aquí.

—Tienes suerte de que sí esté —replicó Siuan con un resoplido; se agachó y examinó el cuerpo—. Bah. Es una ruindad, pero si vas a comerte un pescado, tendrás que estar dispuesta a destriparlo tú misma. ¿Qué ocurre, muchacha? Ahora estás a salvo. No tienes que estar tan pálida.

—¡Se supone que no tienes que estar aquí! —repitió Min—. Te lo dije. ¡Permanece cerca de Gareth Bryne!

—He estado cerca de él, casi tanto como lo está su ropa interior, para que lo sepas. Gracias a eso nos hemos salvado la vida el uno al otro varias veces, así que supongo que tu visión era correcta. ¿Alguna vez fallan?

—No, te lo he dicho ya —susurró Min—. Nunca. Siuan, vi un halo alrededor de Bryne que significaba que ambos teníais que permanecer juntos o los dos moriríais. Ahora mismo flota sobre ti. Lo que quiera que creas que hicisteis, la visión aún no se ha cumplido. Sigue ahí.