—Cauthon está en peligro —dijo Siuan, que se había quedado paralizada un momento.
—Pero...
—¡No importa, muchacha! —Cerca, el suelo tembló con la fuerza del Poder Único. Las damane respondían al ataque—. ¡Si Cauthon cae, esta batalla está perdida! Me da igual si las dos morimos por esto. Hemos de ayudar. ¡Muévete!
Min asintió con la cabeza y se unió a ella mientras rodeaba el costado del destrozado recinto. La lucha con fuego en el exterior era una mezcla de explosiones, humo y llamas. Miembros de la Guardia de la Muerte cargaban contra los sharaníes con espadas enarboladas, sin mirar siquiera a los compañeros que masacraban a su alrededor. Eso, al menos, mantenía ocupados a los encauzadores.
El puesto de mando ardía con tanta fuerza que Min tuvo que echarse hacia atrás y protegerse la cara con el brazo levantado.
—Espera —la detuvo Siuan, que usó el Poder Único para sacar una pequeña columna de agua de un barril cercano y dejarla caer sobre las dos—. Intentaré apagar las llamas —dijo, dirigiendo la pequeña columna de agua hacia el puesto de mando—. Muy bien. Adelante.
Min asintió con un gesto y cruzó veloz a través de las llamas, con Siuan detrás. Dentro, todas las paredes de tenmi se habían prendido, y ardían rápido. Del techo caía el fuego como si goteara.
—Allí —indicó Min, que parpadeó para librarse de las lágrimas provocadas por el calor y el humo.
Señaló hacia unas figuras oscuras que forcejeaban cerca del centro del recinto y de la mesa de mapas de Mat, que ardía. Parecía haber un grupo de tres o cuatro personas que luchaban con Mat. ¡Luz, todos eran Hombres Grises, no había sólo uno! Tuon estaba caída en el suelo.
Min pasó corriendo junto al cadáver de una sul’dam y de varios guardias. Siuan utilizó el Poder Único para tirar de uno de los Hombres Grises y apartarlo de Mat. A la luz del fuego, los cadáveres de los guardias creaban sombras en el suelo. Una damane seguía viva, acurrucada en un rincón, aterrada, con la correa tirada a un lado. Su sul’dam yacía a cierta distancia, inmóvil. Parecía que se le había soltado la correa y que después la habían matado cuando intentaba regresar junto a su damane.
—¡Haz algo! —le gritó Min a la chica al tiempo que la asía por el brazo.
La damane sacudió la cabeza sin dejar de llorar.
—Así te abrases... —rezongó Min.
El techo de la estructura crujió. Min corrió hacia Mat. Un Hombre Gris había muerto, pero quedaban otros dos vestidos con uniformes de guardias seanchan. A Min le resultaba difícil ver a los vivos; eran inhumanamente corrientes en todos los sentidos. Totalmente anodinos.
Mat bramó a la par que apuñalaba a uno de ellos, pero no tenía su lanza. Min no sabía dónde estaba. Mat se lanzó hacia adelante con temeridad, y recibió un corte en el costado. ¿Por qué hacía tal cosa?
«Tuon», comprendió Min, que se frenó en seco. Uno de los Hombres Grises, arrodillado sobre la figura inmóvil de la mujer, levantó una daga y...
Min lanzó el cuchillo.
Mat se fue al suelo, a unos pocos pies de Tuon: el último Hombre Gris lo había zancadilleado. El cuchillo de Min giró en el aire reflejando las llamas y se hundió en el pecho del Hombre Gris que se erguía sobre Tuon.
Min soltó la respiración contenida. Jamás en su vida se había sentido tan feliz de ver que un cuchillo daba en el blanco. Mat soltó una maldición, giró sobre sí y atizó una patada a su agresor en la cara. A continuación le arrojó un cuchillo y después gateó hacia Tuon; se la cargó al hombro.
—Siuan está aquí también —dijo Min al reunirse con él—. Se ha...
Mat señaló. Siuan yacía en el suelo del puesto de mando. Sus ojos miraban sin ver y todas las imágenes que antes flotaban por encima de ella habían desaparecido.
Muerta. Min se quedó paralizada, conmovida, con el corazón en un puño. ¡Siuan! Se dirigió hacia la mujer de todos modos, incapaz de creer que estuviera muerta, a pesar del vestido quemado por la explosión que la había alcanzado a ella y casi la mitad de la pared que había cerca.
—¡Fuera! —gritó Mat entre toses, con Tuon en los brazos.
Arremetió con el hombro la pared que sólo estaba medio quemada y salió al exterior.
Con un gemido, Min abandonó el cuerpo de Siuan y parpadeó para librarse de las lágrimas, esta vez causadas no sólo por el humo, sino por la pena. Tosió mientras seguía a Mat hacia el exterior. Qué olor tan dulce, tan fresco, allí fuera. Tras ellos, el recinto gimió y a continuación se desplomó.
En cuestión de segundos, Min y Mat se encontraron rodeados de miembros de la Guardia de la Muerte. Ninguno hizo siquiera el intento de quitarle de los brazos a Tuon, que todavía respiraba, aunque de forma superficial. Por la expresión de Mat, Min dudaba que hubieran conseguido hacerlo.
«Adiós, Siuan —pensó Min, que miró hacia atrás mientras los guardias la alejaban de la lucha que se sostenía al pie de Alcor Dashar—. Que el Creador dé cobijo a tu alma.»
Mandaría aviso a las otras para que protegieran a Bryne; pero en su fuero interno sabía que sería inútil. Él habría experimentado un estallido de rabia vengativa en el momento en que Siuan moría; además, estaba su visión.
Nunca se equivocaba. A veces Min odiaba lo certero de sus presagios. Pero nunca se equivocaba.
—¡Golpead sus tejidos! —gritó Egwene—. ¡Yo atacaré!
No esperó a ver si la obedecían. Atacó con todo el Poder que podía absorber a través del sa’angreal de Vora y lanzó tres bandas de fuego distintas pendiente arriba, a los sharaníes atrincherados.
A su alrededor, las bien entrenadas tropas de Bryne se debatían para mantener las líneas de batalla mientras se enfrentaban a soldados sharaníes, abriéndose paso poco a poco, ladera arriba, por la cara occidental de los Altos. La pendiente estaba plagada de cientos de surcos y agujeros creados por tejidos de uno y otro bando.
Egwene se esforzaba por avanzar, desesperada. Percibía a Gawyn arriba, pero le parecía que debía de estar inconsciente; su chispa vital era tan débil que casi no percibía su dirección. La única esperanza era luchar y conseguir atravesar las líneas sharaníes para llegar a él.
El suelo retumbó cuando vaporizó a una sharaní más arriba; Saerin, Doesine y otras hermanas se concentraban en desviar los tejidos del enemigo, en tanto que ella se dedicaba a lanzar ataques. Siguió adelante. Un paso tras otro.
«Ya voy, Gawyn —pensó, frenética—. Ya voy.»
—Venimos a informar, Wyld.
De momento, Demandred hizo caso omiso de los mensajeros. Volaba en alas de un azor e inspeccionaba la batalla a través de los ojos del ave. Los cuervos eran mejores; pero, cada vez que intentaba utilizar una de esas aves, un fronterizo u otro la abatía con una flecha. De todas las costumbres que podrían haberse mantenido en el recuerdo a lo largo de las eras, ¿por qué había tenido que ser ésa una de ellas?
Daba igual. Un azor serviría, aunque el ave se resistía a su control. Lo guió por el campo inspeccionando formaciones, despliegues y avances de tropas. No tenía que depender de los informes de otros.
Tendría que haber sido una ventaja casi insuperable. Lews Therin no podía hacer tal uso de un animal; lograrlo era un regalo que únicamente el Poder Verdadero otorgaba. Demandred sólo podía encauzar un pequeño flujo de Poder Verdadero, insuficiente para tejidos destructivos, pero había otros modos de ser peligroso. Por desgracia, Lews Therin tenía su propia ventaja. ¿Accesos que se asomaban a un campo de batalla desde el aire? Era inquietante ver las cosas que la gente de esa era descubría, cosas que no se conocían durante la Era de Leyenda.