Robert se incorporó y empezó a correr a toda velocidad. Unos segundos después llegó hasta la verja de la casa de Austin. Sus labios se contrajeron en una dura línea. La verja estaba entornada. Después de comprobar que llevaba el cuchillo bien seguro en la bota, corrió tras el coche. Cuando éste redujo la velocidad para tomar una curva, Robert se colgó detrás.
El coche abandonó el elegante West End y se dirigió hacia el este, hacia los muelles. Robert se agarró con fuerza. Decidió que intentaría evitar un enfrentamiento directo con el bribón que había robado a Austin, pero que si llegaba a ser necesario machacar a golpes al tipo para recuperar lo que pertenecía a su amigo, lo haría. Y además tenía el cuchillo, por si acaso.
El coche lo llevó por un laberinto de callejas. El olor a pescado podrido impregnó el aire, y Robert supo que se estaban acercando a los muelles. Cuando el vehículo empezó a aminorar la marcha, Robert saltó rápidamente, se escondió entre las sombras que proyectaban los edificios de ladrillo y lo siguió a pie. Pasados unos minutos, el coche se detuvo. Robert se apretó contra la pared y contempló cómo el fornido hombre salía del vehículo con el saco a la espalda y desaparecía entre dos edificios. El cochero sacudió las riendas y el coche se alejó. En cuanto lo perdió de vista, Robert salió de las sombras y entró en el callejón en el que había penetrado el hombre.
Lo vio no muy lejos. Le pareció que algo caía del saco antes de que el hombre desapareciera al meterse en lo que parecía una puerta. Robert avanzó con sigilo, forzando sus sentidos para ver u oír cualquier cosa por encima de los lejanos gritos de los homhres y los llantos de los niños. Se agachó y recogió lo que había caído del saco.
Era un zapato. Un zapato negro de mujer. Robert frunció el ceño. ¡Parecía el zapato de la señora Brown! ¿Podría haber sido suyo aquel grito ahogado?
Oyó un ruido cercano y se quedó inmóvil. En el mismo instante en que se daba cuenta de que el sonido se había producido detrás de él, algo le golpeó en la cabeza y perdió la conciencia.
4
Robert fue volviendo lentamente en sí, e inmediatamente se arrepintió de ello. Estaba tendido de lado sobre la cama más dura e incómoda de entre todas las que había tenido la desgracia de probar. Y le dolía todo. Los brazos, las piernas, los hombros… Sentía todo su cuerpo atacado por dolorosos calambres. Excepto las manos y los pies, que no podía sentir en absoluto. Ni el trasero… parecía como si se hubiese quedado sin nalgas.
Pero la cabeza… ¡por todos los Infiernos!, ojalá hubiera sido eso lo que hubiese perdido… Una pandilla de demonios le martilleaba el cráneo con grandes mazas, y juró matarlos a todos en cuanto reuniera las fuerzas suficientes para hacerlo. Dios, fuera cual fuera el licor del que había abusado la noche anterior, jamás volvería a probarlo.
Permaneció absolutamente inmóvil, respirando despacio, y se concentró en dominar la sensación de vaivén en el interior de su cráneo. Cuando lo hubo conseguido un poco, apretó los dientes, abrió un ojo y luego el otro. Una oscuridad completa lo envolvía. ¿Dónde diablos se hallaba? Sus habitaciones nunca eran tan oscuras. Intentó volver la cabeza pero desistió inmediatamente al sentir que una punzada de ardiente dolor le atravesaba el cerebro. Un gemido inaudible surgió de su garganta, rasposa y reseca. Cerró los ojos de golpe y se concentró en vencer las oleadas de náuseas que le sacudían el cuerpo.
Después de lo que le pareció una eternidad, pero que probablemente no fuera más de un minuto, se le calmó el estómago y exhaló un profundo suspiro de alivio. Sus confundidos sentidos registraron los salobres olores de agua de mar, pescado, y el estómago amenazó con rebelarse de nuevo.
Otro gemido resonó en su garganta, pero se forzó a abrir los ojos lentamente. Pasaron unos instantes antes de que se acostumbrara a la oscuridad. No podía distinguir mucho, aparte de las siluetas de lo que parecían cajones apilados. Y no estaba tumbado sobre una cama, sino sobre las bastas tablas de madera que formaban el suelo.
Frunció el ceño, y no pudo evitar una mueca cuando el dolor se le clavó detrás de los ojos. ¿Dónde diablos se hallaba? Ese húmedo lugar le era totalmente desconocido. El olor a pescado indicaba que el río no se hallaba lejos, pero ¿por qué y cómo había llegado allí? Se obligó a concentrarse para intentar recordar. Y de repente lo consiguió.
Alguien había robado en la casa de Austin. Él había seguido al ladrón. Hasta los muelles. Había recogido un zapato. Luego, nada. Hasta ese mismo momento… cuando incluso partes de su cuerpo de las que desconocía la existencia le dolían y palpitaban.
«Un zapato…»
De repente, la niebla que le cubría el cerebro se dispersó y tragó aire con fuerza. El zapato… había caído del saco que colgaba del hombro del ladrón… y era exactamente igual que el de la señora Brown. Un zapato que sin duda le cubría el pie cuando él había salido de la mansión, poco antes de regresar a por el bastón. Lo que significaba que el bribón no había robado los candelabros y la plata… ¡lo robado era la señora Brown!
En su mente se sucedieron una serie de imágenes espeluznantes sobre la posible suerte de la señora Brown, y un sudor frío le cubrió la piel. Podían robarle. O peor. ¿Violada? ¿Asesinada, su cadáver arrojado al Támesis? ¿U víctima de uno del creciente número de ladrones que vendían cuerpos para la investigación médica? La indignación y algo semejante al pánico se apoderaron de él. Debía encontrarla. Ayudarla. Sólo Dios sabía qué horrible desgracia le podía haber sucedido mientras él se hallaba inconsciente.
«Por favor, no permitas que llegue tarde… no otra vez.»
Azuzado por esos pensamientos, intentó sentarse.
Y descubrió que no podía moverse.
Era como si tuviera atado a un lastre que lo inmovilizaba. Apretó los dientes y lo intentó de nuevo. No hubo manera. Trató de mover los brazos y se dio cuenta de cuál era el problema. Estaba atado.
Aunque seguía sin sentir las manos ni los dedos, notó un dolor en las muñecas causado por una cuerda que se le clavaba en la piel, y el dolor en los hombros venía de tener los brazos echados hacia arrás. lntentó mover las piernas. Tenía los tobillos atados tan firmemente como las muñecas. Miró hacia abajo y vio que varias cuerdas le cruzaban el pecho.
Maldición! ¡Tenía que soltarse! Redoblo sus esfuerzos, y después de lo que le pareció una lucha interminable, consiguió sentarse. Jadeando, gruñendo y sudando, intentó recuperar el aliento y rogó por que le volvieran las fuerzas. ¿Qué demonios tenía atado a la espalda? Parecía el peso muerto de un cuerpo…
La sangre se le heló en las venas. Volvió la cabeza tan deprisa que todo le dio vueltas y trató de mirar por encima del hombro, pero sólo vio oscuridad. En ese instante captó un débil gemido justo a su espalda. ¡Un gemido suave y femenino! Aspiró una bocanada de aire y captó un ligero toque del esquivo aroma de la muyer… aquella suave fragancia floral. Tenía que ser ella. Debía serlo. Atada a él, espalda contra espalda. Y si gemía era señal de que estaba viva. Sintió renacer la esperanza.
Sacudió los hombros.
– Señora Brown -llamó en un susurro urgente-. ¿Señora Brown? Soy yo, Robert Jamison. ¿Puede oírme? Hábleme, por favor.
Una voz llena de apremio se filtro en la mente de Allie, como una marea subiendo y bajando en el interior de una cueva profunda y resonante. «¿Puede oírme? Hábleme…, por favor.» Lenta y penosamente, fue emergiendo del negro abismo en el que se hallaba sumergida. Le dolía tocho el cuerpo. Sentía la cabeza como si le hubiera estallado y se estuviera preparando para una segunda erupción. El mundo rodaba tras sus párpados como un caleidoscopio de colores que le revolvía el estómago. La cabeza se le inclinó hacia delante sobre el cuello inerte. Un largo gemido le subió por la garganta, seca y dolorida.