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«Soy yo, Robert Jamison. ¿Puede oirme? Hábleme, por favor! Se sentía totalmente confusa. ¿Lord Robert? Le oía tan cercano… como si pudiese tocarlo. Se obligó a abrir los ojos. La rodeó la oscuridad. La cabeza le crepitó de dolor y, cerrando los ojos, ahogó un grito. ¿Dónde se hallaba? Seguro que no en el salón ni en su dormitorio de la mansión Bradford. ¿Cómo había llegado hasta… donde fuera que se hallaba? ¿Y por qué le dolía todo tanto? Se lamió los resecos labios e hizo una mueca al notar el desagradable sabor que le cubría la boca. Ese horrible sabor. ¿Cómo…?

El recuerdo inundó su mente corno si hubiera reventado un dique en su memoria. El paseo por el jardín… el hombre que la atacó… aquella horrible mordaza llenándole la boca. Y luego la oscuridad. La verdad la sacudió como si le lanzaran un cubo de agua helada, haciéndola despertar de su estupor. Alguien había intentado raptarla. No, no era así. Alguien la había raptado. Y la había abandonado en medio de esa terrible y maloliente oscuridad.

El miedo se apoderó de ella, dejándola sin respiración. Intentó moverse y descubrió que estaba atada. El miedo amenazaba con convertirse en pánico. ¿Quién le habría hecho eso? ¿Quién quería perjudicarla? ¿Por qué? ¿Y por qué? Aquello no se podía confundir con un accidente. Pero lo primero era…

– Señora Brown, ¿puede oírme? Por favor, despierte.

Un bálsamo de alivio apaciguó su miedo. La voz no había sido fruto de su imaginación. Se humedeció los labios resecos.

– ¿Lord Robert?-La voz le salió como un susurro roto. ¿Dónde está?

Sintió junto al oído una ráfaga de aire que sonaba como un sentido suspiro de alivio.

– Gracias a Dios que ha despertado. Estoy aquí. Justo a su espalda. Estamos atados juntos.

Robert sacudió los hombros y una punzada de dolor recorrió la espalda de Allie.

– ¿Dónde estamos?

– No estoy seguro, pero me parece que cerca de los muelles. Esto parece ser una especie de almacén.

Allie lo sintió moverse a su espalda, y se dio cuenta de que la masa sólida y cálida que sentía apretada contra ella desde los hombros hasta la cintura era la amplia espalda de lord Robert. Tragó saliva antes de hablar.

– ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

– Regresé a la mansión a por mi bastón y vi a alguien saliendo sigilosamente del jardín de Austin, con un saco a la espalda. Lo seguí, esperando recuperar lo robado, sin imaginarme que lo que había robado era a usted. Acababa de darme cuenta cuando me aporrearon por la espalda, y aquí estamos ahora. -Se movió de nuevo-. No deseo asustarla, señora Brown, y yo también me hago muchas preguntas, pero tendrán que esperar. Debemos soltarnos y escapar de aquí antes de que quien nos haya atado vuelva. ¿Cómo se encuentra? ¿Está herida?

Allie probó a mover las piernas y las dobló tanto como se lo permitieron las cuerdas que la sujetaban.

– Un poco dolorida, pero por lo que parece, no tengo nada roto. ¿Cómo se encuentra usted?

– A juzgar por el intenso golpeteo dentro de mi cabeza, diría que tengo un chichón del tamaño de un huevo en el cráneo, pero aparte de eso estoy bien. -Se movió un poco y gruñó- Estas ataduras están bien hechas. No puedo mover las cuerdas. -Se le escapó otra serie de gruñidos y lo que sonaba como obscenidades masculladas-. Claro que tener los dedos dormidos no ayuda. ¿Cómo tiene las manos?

Allie movió los dedos, que rozaron los de Robert.

– Con calambres, pero no dormidos.

– Excelente. Tengo un cuchillo en la bota, o por lo menos lo tenía… -Ella lo notó removerse-. Aún está ahí -dijo en un susurro triunfal unos segundos después-. Puedo ver la punta del mango.

Allie sintió renacer la esperanza.

– ¿Puede agarrarlo? -preguntó.

– Sí, pero hará falta moverse un poco… los dos.

– Sólo dígame qué tengo que hacer.

– Intentaré ser lo más cuidadoso posible…

– Lord Robert. Aunque aprecio su preocupación por mi sensibilidad, no soy una frágil flor de invernadero, ni tampoco la clase de mujer dada a los desmayos o a los gritos de horror. Éste es un asunto de vida o muerte. Tengo tanto interés en salir de este lugar como usted, así que déjese de gentilezas. Haga lo que deba hacer. Tendrá mi total cooperación.

– Muy, bien. A la de tres me inclinaré hacia delante y sacaré el cuchillo con los dientes. Necesito que me ayude tirándose hacia atrás y luego manteniendo la presión. ¿Preparada?

– Sí.

– Uno, dos, tres.

Allie se tiró hacia atrás, arqueando la columna, mientras él se doblaba hacia delante. La posición resultaba incómoda, pero Allie la aguantó, casi sin atreverse a respirar para no moverse de manera que interfiriera en la concentración de Robert y le hiciera fracasar. En menos de un minuto, oyó el ligero sonido del metal al ser desenvainado y luego un golpe sordo.

– Lo conseguí -le informó Robert con un seco susurro-. Lo he dejado caer al suelo a mi lado. Tengo las manos inútiles, así que tenemos que movernos para que usted pueda agarrar el cuchillo. Luego lo único que tiene que hacer es cortar las cuerdas.

– Sin amputarnos ningún dedo en el proceso, supongo.

– Ése sería el mejor método, sí.

– En ese caso, intentaré ser lo más cuidadosa posible -repuso ella, con las mismas palabras que él había empleado antes.

Allie notó que Robert volvía la cabeza, y ella volvió la suya, mirando por encima del hombro. Podía verle la sombra del perfil, y creyó vislumbrar sus blancos dientes destellando en medio de la oscuridad al sonreír.

– Creo que nuestra mejor opción es hacer palanca. El suelo es de madera y nos ayudará. Doble las rodillas, clave los talones y luego haga fuerza contra mi espalda mientras mueve el… esto… culo. Yo haré lo mismo. Nos moveremos unos cinco o diez centímetros cada vez. ¿Lo ha entendido?

– Perfectamente.

– A la de tres, yo iré hacia mi derecha, su izquierda -dijo él.

Robert contó y Allie clavó los talones contra la áspera madera. Sintió un agudo dolor en el talón y apretó los dientes para no gritar. Era evidente que había perdido un zapato, porque notaba la madera directamente sobre la piel.

– ¿Algún problema? -le preguntó él por encima del hombro.

– No.

Volvió a hacer fuerza contra la espalda de él y movió el trasero varios centímetros hacia la izquierda.

– Excelente -dijo él-. Ahora hace falta que me incline hacia delante. Usted me empuja y yo tiro.

Consiguieron moverse. Allie se mordía el labio debido al dolor que le causaba la astilla que se le había clavado profundamente en el talón.

– Un poco más hacia su izquierda -indicó lord Robert-, y el cuchillo estará exactamente bajo sus dedos.

Se movieron de nuevo, y con la punta de los dedos Allie rozó el liso metal.

– Lo noto -susurró.

– Agárrelo por el mango para no cortarse. Está muy afilado.

Retorciendo las manos, Allie detectó la parte quc correspondía al mango. Lo envolvió con los dedos y casi no pudo evitar un grito de triunfo.

– ¡Ya lo tengo!

– ¡Buena chica! Ahora corte las cuerdas y podremos salir de aquí.

Habló en un tono apagado, pero Allie notó la tensión que se ocultaba tras sus palabras. Era evidente que no quería parecer asustado y que no quería que ella se asustara. Pero Allie estaba asustada. Cada segundo que pasaba, el hombre que la había raptado y atado podía regresar. Y condenarlos a un destino peor del que les había deparado hasta el momento.

Como para darle la razón, un sonido distante de voces masculinas rompió el silencio y les heló la sangre.

– Dése prisa -insistió lord Robert-. No sé si será nuestro hombre, pero preferiría no descubrirlo.

– Estoy totalmente de acuerdo. -Agarró el mango del cuchillo y se concentró con toda su alma en cortar las cuerdas, esperando no realizar ninguna amputación. La posición era difícil y el avance resultaba tan lento que casi no pudo contener el impulso de gritar de frustración. Aguzó el oído en busca de las voces masculinas, pero lo único que oyó fueron sus propios jadeos y los latidos de su corazón. Siguió cortando las cuerdas, luchando contra la desesperación y el pánico que la amenazaban.