Manteniéndose entre las sombras, avanzó con rapidez, aferrando la pequeña mano de la señora Brown. Zigzaguearon a través de callejas llenas de basuras e infestadas de ratas. El hedor a inmundicia, pobreza y humanidad sucia se mezclaba con los chillidos cercanos de las mujeres y los ásperos gritos de los hombres. Graves gruñidos y débiles gemidos emanaban de un sombrío umbral, y Robert aceleró el paso. Esperaba que la señora Brown flaqueara, que se quejase, que ahogara gritos de horror, que chillara, o que sucumbiera a los olores hediondos, pero ella se mantuvo a su altura, sin articular ni un sonido. El único indicio por el que sabía que ella continuaba tras él era la palma de la mano de ella firmemente apretada a la suya y el ligero susurro de las enaguas.
Ya estaban cerca… cerca de un lugar donde podrían tornar un coche de alquiler. Sólo dos esquinas más y la conduciría a un lugar seguro. No fallaría. No como hizo con Nate…
Torcieron la segunda esquina y Robert pudo respirar por fin. Allí, bajo el tenue círculo de luz que proyectaba un farol, había un carruaje. Fue la visión más agradable que Robert había tenido nunca.
Tanto el cochero como el caballo parecían estar dormidos, pero se despertaron en cuanto Robert y la señora Brown se aproximaron. Robert gritó la dirección de la mansión Bradford al adormilado cochero mientras ayudaba a la señora Brown a subir al carruaje.
Después de sentarse frente a ella, Robert respiró profundamente en lo que le pareció la primera vez en muchas horas. Estaban a salvo. De camino a casa. Apretó los párpados un instante mientras le inundaba una mezcla de alivio, triunfo y, cansancio. No había fallado.
Pero quería saber por qué la señora Brown y él habían acabado atados como pavos en el suelo de un almacén de los muelles. Dejó el cuchillo en el duro asiento que tenía a su lado, y se pasó las manos cabello; hizo un gesto de dolor cuando sus dedos se toparon con un bulto del tamaño de un huevo.
– ¿Se encuentra bien? -dijo la suave voz de la señora Brown.
– Sólo es un golpe. ¿Cómo está…?
Su voz se apagó cuando, al pasar bajo una farola de gas, pudo verla bien por primera vez. Los ojos de la señora Brown parecían enormes y tenía el rostro pálido como el yeso. Alzó una mano que temblaba visiblemente para apartarse un mechón suelto que le colgaba sobre la blanca mejilla. El corazón de Robert estuvo a punto de detenerse.
La mano que vio estaba cubierta de sangre.
5
¡Dios, cómo odiaba ver sangre! Siempre había sido igual. Incluso de niño. Tenía un vívido recuerdo de haberse cortado en el pie con una piedra afilada a los seis años. Había contemplado la sangre que le manaba de la herida y a punto había estado de desmayarse. Lo único que le impidió hacerlo fue el saber que Austin y William se habrían burlado de él despiadadamente si se hubiese desvanecido como una jovencita.
Una sola mirada a la mano de la señora Brown y a la mancha de sangre que ensuciaba su pálida mejilla había sido suficiente para que el estómago se le pusiera del revés.
– Está herida -dijo. Maldición, la voz le sonaba débil. ¿Por qué no había notado la sangre mientras la ayudaba a avanzar agarrándole de la mano? ¿Habría empeorado la herida al apretársela? ¿Le habría hecho daño? No, se dijo. La sangre le manaba de la mano derecha, y él le había agarrado la izquierda.
Se aclaró la garganta y la sujetó suavemente por los antebrazos. Le hizo estirar las manos y los labios se le tensaron formando una fina línea. Incluso bajo aquella tenue luz podía ver que las muñecas de la joven estaban en carne viva. Múltiples arañazos sangrantes le cubrían las palmas y los dedos, pero era el largo corte que tenía en la mano derecha lo que más le preocupaba. Una gota de sangre cayó desde la punta del dedo de la joven y Robert tuvo que tragar saliva.
– Hay que tratar estas heridas inmediatamente.
Hizo rápidos cálculos mentales. Tardarían treinta minutos como mínimo en recorrer el laberinto de calles que les llevaría hasta la mansión. Sus habitaciones se hallaban aún más lejos. No podía soportar la idea de que ella pasara sangrando todo ese tiempo. iDios! Aquella mujer no había pronunciado ni una sola palabra de queja y debía de estar sufriendo terriblemente. Se sintió invadido por una ternura compasiva, y casi no pudo resistir el impulso de sentarla en su regazo y acunarla como a un niño herido. Puesto que eso era exactamente lo que parecía.
De pronto se le ocurrió una idea y se aferró a ella como un perro hambriento a un hueso. Le hizo una señal al cochero y le gritó una dirección diferente.
– Un soberano para usted si llegamos en cinco minutos -gritó. El coche salió disparado, casi haciéndole caer del asiento.
– ¿Adónde vamos? -preguntó la señora Brown. Sus ojos parecían incluso más grandes y asustados que un momento antes.
La mirada de Robert recorrió la mancha de sangre que tenía en la mejilla.
– A casa de un amigo. Vive cerca de aquí. Esas heridas necesitan atención inmediata. -Metió la mano en el bolsillo y extrajo un pañuelo con el que enjugó cuidadosamente las manos de la señora Brown-. Lo lamento mucho… Le debe de doler terriblemente.
Ella no contestó, y la mirada de Robert volvió a posarse sobre su rostro y casi se le partió el corazón al ver que le temblaba el labio inferior.
– Para serle sincera -susurró la mujer-, no es nada comparado con lo que me duelen los pies.
– ¿Los pies? -Robert bajó la vista hacia el suelo, pero lo único que pudo ver fueron sus propias botas y la falda negra de la mujer.
– Sí. Al parecer he perdido un zapato y como me costaba mucho correr con uno sólo, me lo he sacado. Me temo que las medias no han sido una gran protección.
– Dios mío. Déjeme ver. -Un músculo le tironeó en el mentón.
La señora Brown dudó un instante y luego lanzó lentamente un pie.
Robert se lo sujetó suavemente por el tobillo a través de la lana de la falda. Ella tragó aire.
– Perdóneme -se disculpó Robert. Lentamente alzó la tela hasta que se pudo ver el pie. No se molestó en contener el gemido que le nació en la garganta. La media estaba totalmente destrozada y los rotos bordes colgaban alrededor del delicado tobillo. Tierra, barro y Dios sabría qué cubrían el pie de la señora Brown. Ella gimió y Robert alzó la mirada hasta su rostro. La señora Brown tenía los ojos cerrados y los labios apretados. No había duda de que sentía un dolor intenso.
La furia y la compasión se mezclaron en Robert.
– El canalla que la raptó pagará por ello. Le doy mi palabra.
La señora Brown abrió los ojos y durante varios segundos se contemplaron en silencio. Ella parecía a punto de decir algo, pero antes de que pudiera hacerlo, el coche se detuvo. Robert miró hacia el exterior y vio que habían llegado a su destino.
– No se mueva -dijo. Abrió la puerta del vehículo y descendió a la calle adoquinada. Sacó dos monedas de oro del bolsillo y se las lanzó al conductor-. No se marche hasta que hayamos entrado -le pidió al hombre, quien asintió con la cabeza y abrió los ojos sorprendido al contemplar la cantidad de dinero que tenía en las manos. Robert se inclinó hacia el interior del coche y se encontró con la mirada inquisitiva y dolorida de la señora Brown.
– La llevaré -afirmó él en un tono que no admitía réplica.
Ella intentó protestar.
– Pero usted no puede…
– Sí, sí que puedo. Sus heridas necesitan cuidados y no correré el riesgo de que empeoren permitiéndole caminar. Ésta es la casa de un amigo, Michael Evers. Él sabe de estas cosas y es muy discreto. -Le clavó una penetrante mirada-. Soy consciente de que esto se sale de lo corriente, pero lo mismo pasa con las presentes circunstancias.
Ella le mantuvo la mirada y él se preguntó qué estaría pasando por su mente. Esperaba que no fuera a permitir que un inoportuno sentido de la decencia se mezclara en el asunto. No después de todo lo que habían pasado juntos. Atados… apretados el uno contra el otro. La imagen de la señora Brown pegada a él en el almacén se le pasó por la mente, pero la alejó con firmeza.