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Allie se sintió agradecida y sorprendida al escucharlo. Aunque lord Robert se lo había explicado antes, una vez superado el peligro podía pensar con claridad, y se daba completa cuenta de lo que significaban sus palabras. Dios, ¿qué le habría pasado si él no hubiera seguido al ladrón? Un escalofrío le recorrió la espalda y se obligó a apartar esa pregunta de su mente. Ni siquiera deseaba considerar esa posibilidad. Pero una cosa era indudable: lord Robert le había salvado la vida, y para ello había arriesgado la suya propia. Y en unos minutos empezaría a hacerle preguntas, a exigir respuestas y explicaciones que sin duda merecía, pero que ella no estaba preparada para dar.

Abrió los ojos y miró hacia el extremo del sofá. Allí se encontró con la perturbadora visión de lord Robert inclinado sobre ella, extrayéndole delicadamente la astilla que tenía clavada en el talón. Se le veía grande, fuerte y capaz; una ola de calor la recorrió y se aposentó en el plexo solar. Lord Robert tenía un mechón de su cabello color ébano caído hacia delante, lo que impedía a Allie verle la parte superior del rostro, pero le podía ver la boca con toda claridad. Tenía los labios apretados en un gesto de concentración. Su tacto era tierno y suave y Allie sintió agradables cosquilleos que le subían por las piernas. Lord Robert había remangado las mangas de la que había sido su inmaculada camisa, dejando al descubierto unos antebrazos musculosos. La mirada de Allie se deslizó hacia abajo, y aspiró con fuerza. Tenía las muñecas rodeadas de una banda de piel enrojecida y lacerada.

Lord Robert alzó la cabeza repentinamente y sus miradas se encontraron, la de él cargada de preocupación.

– Lo siento… pero al menos la astilla ya está fuera. ¿Le he hecho daño?

– No. Acabo… acabo de fijarme en sus muñecas. Está herido. -Robert negó con un gesto.

– Son arañazos. Michael se ocupará de mí en cuanto hayamos acabado con usted.

Michael lanzó un bufido poco elegante.

– ¿Y qué te hace pensar eso?

– El ser uno de tus mejores clientes. No querrás perderme.

– ¿Cliente? -preguntó Allie.

– Michael es dueño de lo que es, discutiblemente, el mejor salón de boxeo de Londres. Y él es, indiscutiblemente, el mejor púgil del país.

Allie fijó su atención en Michael Evers, quien le estaba vendando la muñeca con una delicada destreza que indicaba experiencia en esos menesteres. Sus rasgos eran pronunciados y tenían una cierta aspereza, como si los hubieran tallado en granito. Por la forma de la nariz, era evidente que se la había roto al menos una vez, lo cual no resultaba sorprendente dada su profesión. Y tampoco sorprendía la pequeña cicatriz que le dividía en dos la ceja izquierda. Tenía un cabello espeso y oscuro que necesitaba urgentemente un corte. Era un hombre corpulent sin embargo, sus movimientos poseían una gracia casi felina. Y a pesar de su tamaño, sus manos la tocaban con suavidad. Con sus rasgos ásperos, su voz ronca, el acento irlandés y una predilección por el y vocabulario soez, no parecía ni hablaba como un caballero, pero era evidente que él y lord Robert eran amigos.

En ese momento, Michael Evers se volvió hacia ella, y se sonrojó ser pillada mirándolo. Unos ojos del color del ónice la examinaron concienzudamente.

– Ha tenido mucha suerte de que Robert regresara a por su bastón señora Brown -dijo.

– Sin duda, señor Evers.

– Lo que me lleva a la primera de mis muchas preguntas -intervino lord Robert-. ¿Cómo os atrapó ese hombre? ¿Se hallaba en interior de la casa?

Era evidente que se había acabado la tregua y comenzaban las inevitables preguntas. Allie respiró hondo antes de contestar.

– No. Salí al jardín…

– ¿Al jardín? -le interrumpió lord Robert frunciendo el ceño.

– Sí. No podía dormir. Necesitaba un poco de aire fresco.

Sus miradas se encontraron y Allie casi pudo sentir algo entre ello Algo cálido, mutuo e íntimo. Notó que el calor le subía por el cuello y apartó la mirada; no quería arriesgarse a que lord Robert leyera en sus ojos que había sido él la razón de esa inquietud.

– No sé como son las cosas en América, señora Brown -dijo el señor Evers-, pero debería saber que aquí no es seguro para una mujer salir sola. Sobre todo por la noche.

– Es un error que no volveré a cometer, se lo aseguro.

– Así pues usted estaba paseando por el jardín -recapituló Robert-, ¿y él la agarró?

– Sí. Por detrás. No pude verle el rostro. Intenté gritar, pero antes de que pudiera hacerlo me metió un trapo en la boca. Recuerdo dolor en la cabeza y luego nada más hasta que me desperté, atada a usted, lord Robert.

– ¿El raptor le dio alguna pista de lo que pretendía?

– No.

Lord Robert se volvió hacia su amigo.

– Tú siempre tienes la oreja pegada al suelo, Michael. ¿Qué opinas? Ya sé que en Londres hay mucho crimen, pero aun así, ¿tener la audacia de raptar a una dama? ¿En Mayfair? ¿En la residencia del duque? ¿Has oído hablar de algún delito parecido?

– No. Lo que me lleva a preguntarme si ha sido un hecho casual o si bien alguien de la residencia del duque era el blanco concreto.

El rostro de lord Robert se ensombreció.

– Hay que informar a Austin. Le escribiré… -Se interrumpió, y luego negó con la cabeza-. No. Será mejor que espere y se lo explique personalmente. Elizabeth está a salvo, y estoy seguro de que él nunca se aleja más de tres pasos de ella. Y con la inminente llegada del bebé, ya tiene bastantes preocupaciones. No quiero alarmarlo innecesariamente.

– Una estrategia inteligente -alabó el señor Evers-, sobre todo si consideramos que también es posible que el objetivo fuese la señora Brown.

Ambos hombres la miraron. Allie trató de mantener el rostro inexpresivo, pero no estaba segura de estar lográndolo.

– No veo cómo podría ser posible -respondió, orgullosa de que la voz no le temblara-. Aquí nadie me conoce. He llegado hoy mismo. Estoy segura de que sólo ha sido un accidente desafortunado, causado por mi propia estupidez al pasearme sola por la noche. Un accidente que podría haber acabado de forma trágica si no hubiese sido por la valiente intervención de lord Robert. -Sus ojos se encontraron-. Se lo agradezco. -Se volvió hacia Michael Evers-. Y también a usted, señor Evers, por su ayuda.

– No hay de qué -murmuró el señor Evers. La observó durante unos largos segundos, y Allie se obligó a aguantarle la mirada. Finalmente, Evers siguió vendándole las muñecas mientras lord Robert le hacía lo mismo en los pies. Allie notaba un silencio denso y cargado de tensión, y deseaba romperlo. Pero no tenía ningún deseo de iniciar una conversación que podría conducir a nuevas preguntas, así que permaneció callada.

Varios minutos después, el señor Evers se puso en pie.

– Ya está -dijo-. Le dolerá durante unos días, pero eso es todo. -Se volvió hacia Robert-. Asegúrate de que se cambien los vendajes una vez al día. Y ahora, déjame que le eche un vistazo.

A pesar de las protestas de lord Robert, el señor Evers le limpió y vendó las muñecas.

– Sobrevivirás -aseguró. Luego hizo una señal con la cabeza hacia el pasillo y dijo-: Dejemos a la señora Brown sola un momento para que se tranquilice. Vayamos a arreglar el transporte para volver a casa.

Lord Robert y el señor Evers salieron de la sala y cerraron la puerta tras de sí. Allie cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. Le dolían las muñecas y también el pie donde se había clavado la astilla. Y aún tenía dolor de cabeza, pero ya no tan fuerte como antes. En conjunto, se sentía bastante bien, considerando que podría haber acabado gravemente herida. O muerta.