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– Ummm. Lo que sospechaba. Parece M.M.R. -Al ver la mirada interrogante de Allie, le lanzó una desenfadada sonrisa-. Mucho Más Recuperada. ¿Cómo se encuentra?

– Como dice usted, M.M.R. Las manos, los pies y la cabeza casi no me duelen. ¿Y usted?

– Muchísimo mejor que la última vez que la vi. Es sorprendente las maravillas que pueden obrar unas cuantas horas de sueño, un buen desayuno y una charla con el magistrado.

– ¿Qué le ha dicho?

– Ha encontrado el caso de lo más desconcertante. -Fue hasta el aparador, se sirvió un plato de huevos con jamón y se sentó frente a Allie en la gran mesa de caoba-. Aunque me ha asegurado que hará todo lo que esté en su mano para localizar al responsable, también me ha advertido que no es probable que se le encuentre. A no ser, claro, que lo intente de nuevo. -Le clavó una seria mirada azul oscuro-. Lo que no hará en esta mansión porque no habrá nadie a quien raptar puesto que nadie estará paseándose por el jardín. ¿Correcto?

Allie inclinó la cabeza en conformidad.

– Excelente. Y ahora, con respecto a sus planes para hoy… Lo he arreglado para que tenga un carruaje a su disposición. Yo también estoy a su disposición, encantado de escoltarla por toda la ciudad o acompañarla de compras, ayudarla en cualquier recado… lo que usted desee.

Los dedos de Allie rozaron el borde de la carta del señor Fitzmoreland.

– En realidad hay algo en lo que puede ayudarme. ¿Conoce al conde de Shelbourne?

Las cejas de lord Robert se alzaron de sorpresa. Después de lo que pareció un largo silencio, le respondió.

– Lo conozco, sí.

En sus ojos se veían las preguntas que querría formular, pero no dijo nada más, sólo la observó de una manera que la hizo preguntarse si lord Robert estaría en buenas o malas relaciones con el conde. Cuando fue evidente que no iba a decir nada más, ella insistió.

– ¿Sabe dónde reside?

El tenedor cargado de huevo se detuvo a medio camino de la boca de lord Robert, que le lanzó una mirada desconfiada, revestida de algo más que ella no supo definir.

– Las tierras de la familia están en Cornwall.

– Ah. ¿Y eso está lejos de aquí?

– Mucho. A una semana de viaje como mínimo. -Robert vio cómo el semblante de la joven se cubría de decepción, y se le ocurrió una docena de preguntas. ¿Por qué razón estaría indagando sobre Geoffrey Hadmore? ¿Cómo se habría enterado de su existencia? Se aclaró la garganta y añadió-: También mantiene una casa aquí, en la ciudad.

Una inconfundible esperanza iluminó los ojos de Allie.

– ¿Cree usted posible que se halle en Londres?

– Pienso que es muy probable. Odia el campo. ¿Por qué me pregunta por él?

La señora Brown se inclinó hacia delante y el seductor aroma de su perfume floral llegó hasta Robert. Aunque no sonreía, Robert no podía negar que era cuando más animadas había visto sus facciones, lo que a la vez lo confundió y lo irritó. Los ojos de la mujer casi destellaban. Demonios, ¿por qué tenía que ponerse tan… tan lo que fuera ante la idea de que Shelbourne se hallara en la ciudad?

– Deseo tener un encuentro con él. Lo antes posible. ¿Podría presentármelo?

Robert se inclinó hacia delante y la observó con atención. ¿Presentárselo? ¿A uno de los peores bribones de Londres? Dios santo, Elizabeth lo decapitaría. Eso sin mencionar el nudo que se le formaba en el estómago al pensar en un encuentro entre el conde, un muy buen partido, y la encantadora viuda. Era cierto que no conocía a Shelbourne muy bien, pero su reputación con las mujeres era sabida de todos. Las encandilaba, las seducía y luego solía desembarazarse de ellas con una frialdad que Robert ni entendía ni le gustaba. No tenía ninguna duda de que la hermosa señora Brown atraería el interés de Shelbourne.

«Como ha atraído el tuyo.»

Apretó los dientes ante el inoportuno comentario de su conciencia y volvió a centrar su atención en el asunto que estaban tratando. ¿Qué razón podía tener para querer conocer a tal libertino? De repente se quedó de piedra. ¿Podía ser que ya conociera la reputación de Shelbourne? ¿Sería posible que estuviera pensando en mantener una relación con ese hombre?

Apretó los puños ante esa idea. En vez de responder a la pregunta que le había formulado, le contestó con otra.

– No estaba al corriente de que usted conociera a nadie en Inglaterra excepto a Elizabeth. ¿Cómo es que ha oído hablar de Shelbourne?

– Conocía… conocía a mi marido.

Parte de la tensión de sus hombros desapareció y se reprochó mentalmente el albergar sospechas injustificadas. Lo único que la señora Brown pretendía era conocer a un amigo de su esposo. Moralmente comprensible. Y mientras él la acompañara, Shelhourne se compotaría honorablemente.

– En tal caso, enviaré una nota a su mansión para concertar una cita. Si está en la ciudad, yo la acompañaré.

Un velo pareció cubrir el semblante de la señora Brown.

– Muchas gracias. Le agradezco que envíe la nota, pero no necesito que nadie me acompañe.

Algo que se parecía mucho a los celos, pero que no podía ser tal cosa, recorrió el cuerpo de Robert, sensación que se intensificó al ver el intenso rubor que cubrió las mejillas de la mujer. Tal vez, después de todo, sus sospechas no fueran infundadas.

– Me temo que debo insistir -dijo, obligándose a sonreír-. El protocolo inglés y todo eso, ya sabe.

Un ceño oscureció la frente de la señora Brown y se mordisqueó el labio inferior. Se la veía claramente dividida entre el deseo de que Robert no la acompañara y el deseo de respetar las convenciones. Y si Robert no hubiera estado tan emocionado de verla mordisquearse el carnoso labio, se habría sentido terriblemente molesto de que rechazara su compañía.

Finalmente, la señora Brown asintió secamente.

– Muy bien. Podrá acompañarme.

A pesar de su enfado, Robert no pudo evitar sentirse ligeramente divertido por el tono contrariado de la joven.

– Oh, muchas gracias.

La señora Brown se levantó.

– Le dejaré para que se ocupe de su correspondencia con el conde.

– De nuevo le doy las gracias. Sin embargo, no acostumbro escribir cartas en la sala del desayuno. No hay nada peor que huevo sobre el papel. En cuanto acabe de comer, escribiré la nota.

El rubor de la joven se intensificó.

– Perdóneme. Sólo es que estoy ansiosa por…

Dejó la frase sin concluir, y Robert se encontró deseando que la acabara.

«Sí, señora Brown. ¿Qué es exactamente lo que usted está ansiosa por hacer?»

Pero en vez de satisfacer su creciente curiosidad, ella se despidió con una inclinación de cabeza.

– Como tengo mi propia correspondencia que atender, debo desearle buenos días, caballero.

Salió rápidamente de la habitación, antes de que Robert tuviera la oportunidad de replicar. Era evidente que la despedida de la señora Brown era definitiva, al menos hasta que recibiera la respuesta de Shelbourne. Y de no ser por los acontecimientos de la noche anterior, Robert la hubiera dejado que se las arreglase sola. Porque sus planes para ese día habían sido ir a visitar a su abogado.

Pero la noche anterior le había hecho cambiar de idea. Podía visitar a su abogado cualquier otro día. Hasta que la dejara a salvo en Bradford Hall, tenía la intención de no quitarle el ojo de encima.

En su mente se dibujó la imagen del hermoso rostro de la señora Brown y reprimió un gruñido. Al llegar había afirmado que dormir unas cuantas horas le había sentado de maravilla, pero su sueño había sido cualquier cosa menos reparador.

En cuanto se tumbó en el lecho, en sus pensamientos sólo hubo lugar para ella. La sensación de su cuerpo apretado contra el suyo. Su perfume que lo envolvía. Sus ojos, muy abiertos por una mezcla de miedo y fortaleza, que lo llenaban de preocupación y admiración al mismo tiempo. Y algo más. Algo cálido que cubría a Robert como la miel. Y algo ardiente que le encendía la sangre y le hacía sentirse impaciente, frustrado y ansioso. Había permanecido en la cama incapaz de apartarla de su pensamiento, y cuando finalmente había conseguido dormir, ella había invadido sus sueños. En ellos, se había desprendido de sus negros vestidos y le había indicado que se acercara. Había ido hacia ella, hambriento, pero antes de que llegara a tocarla, ella había desaparecido, como una voluta de humo. Se había despertado con un sentimiento de vacío y abandono. Y sumamente excitado.