– Buenas tardes, señora Brown.
Estas palabras susurradas la arrancaron de su pasmo, y alzó rápidamente la mirada para encontrarse con la de él. Sus ojos azul oscuro la observaron con una mirada inquisitiva y a la vez de complicidad. Allie notó un súbito calor en el rostro, y casi no pudo resistir el impulso de cubrirse las ardientes mejillas con las manos. Quizá si rezaba con suficiente intensidad el suelo de madera se abriría y la tierra se la tragaría. Dios, la había pillado mirándolo. Y no simplemente mirándolo, sino mirándole eso.
Decidida a recobrar la compostura, alzó la barbilla y enarcó las cejas.
– Buenas tardes, lord Robert. No sabía que había regresado. -¿Regresado? No me he marchado.
– Pensé que se había ido. A escribir la carta que me prometió.
– La he escrito y la he enviado hace siglos. Tomé prestado papel de carta de Austin. Supongo que ha terminado con su propia correspondencia.
– Sí.
– En tal caso, quizá le gustaría pasear en coche por el parque. Hace un tiempo excepcionalmente bueno.
La idea de compartir un carruaje con él, sentada lo suficientemente cerca como para aspirar su aroma masculino, para observar sus ojos burlones y contemplar sus labios curvarse en esa sonrisa devastadora y traviesa, era terriblemente tentadora. Y por lo tanto totalmente prohibida.
– No, gracias contestó. Pero, por fávor, no debe dejar que le impida disfrutar de la tarde.
Interiormente se avergonzó del tono seco que había empleado. No pretendía ser tan brusca.
Pero en lugar de ofenderse, lord Robert se echó a reír.
– Ah, pero si ya la disfruto afinando mi juego. -Hizo un gesto con la cabeza indicando la mesa cubierta de fieltro-. ¿Juega?
– Me temo que no.
– ¿Le gustaría aprender?
Un «no» automático se alzó hasta sus labios, pero entonces dudó. Necesitaba desesperadamente algún tipo de distracción, y le agradaban mucho los juegos. Paseó la mirada por la mesa. Tenía casi unos cuatro metros de largo y dos de ancho. Sin duda lo suficientemente grande para mantenerse a una prudente distancia de él… mucha más distancia de la que podía proporcionarle un carruaje.
– Bueno, sí. Creo que podría ser divertido. -«Y seguro.»
– Excelente. Es un juego muy simple. Sólo hay tres bolas, una roja y dos blancas, y unas cuantas reglas. Todo lo demás es práctica y un poco de suerte. -Cruzó la sala, tomó otro afilado palo del soporte que había en la pared y regresó hasta ella.
– Esto es el taco -le dijo, tendiéndole el palo-. El objetivo del juego es ser el primero en sumar los puntos que convengamos.
– ¿Y cómo se consiguen los puntos?
– De varias maneras. -Y procedió a describirle el juego, explicándole términos desconocidos como «pot»,«carambola» y «tacada». Mientras hablaba, se inclinaba sobre la mesa y le iba mostrando las jugadas, informándole sobre bandas, agujeros y la «D».
– ¿Alguna pregunta? -inquirió al finalizar.
– Aún no, pero estoy segura de que se me ocurrirán por docenas en cuanto empecemos. -Lo cierto era que el juego parecía bastante simple.
– Entonces comencemos con algunos golpes de práctica. La manera correcta de sujetar el taco es así… -Él se la enseñó y ella le imitó- Muy bien -alabó-. Ahora póngase en línea con la bola, lleve el taco hacia atrás y luego hacia delante, directo y seco. -Sus acciones reflejaron sus palabras. La punta de su taco golpeó la bola blanca, que chocó contra la bola roja, que rodó sobre el tapete y cayó en uno de los agujeros de la esquina. Este golpe valdría tres puntos por meter la bola roja.
– Recuperó la bola y la colocó de nuevo sobre la mesa -. Ahora usted.
Allie agarró el taco como lo había hecho él y se inclinó sobre la mesa. Apuntó cuidadosamente, movió el taco hacia la bola blanca… Y falló totalmente.
Lo intentó de nuevo. Esta vez golpeó la bola con fuerza. Ésta se elevó y cayó fuera de la mesa. Aterrizó sobre la alfombra con un sonido apagado.
– Oh, vaya -exclamó consternada-. Esto es más difícil de lo que parece. Lo siento. Aunque me gustan los juegos, me temo que no soy demasiado buena.
De repente la asaltó un recuerdo y apretó el taco con fuerza. David y ella sentados en el salón cerca del fuego. Había tratado de enseñarle a jugar al ajedrez, pero enseguida se había impacientado con ella porque movía las piezas incorrectamente. David había meneado la cabeza y soltado un largo suspiro.
– Es obvio que este juego te supera, Allie.
Allie sacudió la cabeza para alejar los restos del pasado y miró a lord Robert. No había el menor rastro de impaciencia en sus ojos. De hecho, parecía divertirse mucho.
– Bastante bien para ser el primer intento -dijo, moviendo la cabeza en señal de aprobación-. Mucho mejor que el mío. Rompí una ventana la primera vez. Hasta el día de hoy a Austin le gusta contar a todo el mundo que le quiera oír mi actuación «rompedora». Y yo le digo a todo el que me quiera oír que mi actuación fue simplemente el reflejo del dudoso talento de mi maestro. -Recogió la bola y volvió a ponerla sobre el tapete. Luego rodeó la mesa y se situó detrás de Allie-. Inténtelo de nuevo. Yo la ayudaré. -Desde atrás, colocó las manos sobre las de la joven en el taco-. Sólo necesita sentir que está bien colocada… así.
Y de repente Allie sí que se sintió bien colocada… con el cálido y fuerte cuerpo presionando sobre su espalda desde los hombros hasta el muslo. Con las grandes manos que cubrían las suyas.
– Está agarrando el taco con demasiada fuerza. Relájese.
Si los pulmones no le hubieran dejado de funcionar, Allie habría lanzado un resoplido de incredulidad. ¿Relajarse? ¿Qué posibilidades tenía de lograrlo mientras su cuerpo la rodeara como una cálida manta, cubriéndola de violentas sensaciones?
– Afloje la mano y mueva el brazo con sultura. Así. -El aliento de lord Robert le alborotó el cabello de la sien, haciendo que miles de cosquilleos le recorrieran la espalda. Con una mano sobre la de ella, Robert movió el brazo lentamente hacia delante y luego hacia atrás, mostrándole el movimiento. Pero en lo único que Allie podía concentrarse era en la sensación de los músculos que se apretaban contra su brazo y su espalda, y de la piel que tocaba la suya. Robert se había subido las mangas y la mirada de Allie recorrió los vigorosos antebrazos, cubiertos de vello oscuro. Una oleada de calor la atravesó, abrumándola con su intensidad.
«¡Apártate… Aléjate de él!», le gritaba su voz interior. Pero había pasado tanto tiempo desde que un hombre la había tocado… Era incapaz de negarse ese placer. Los ojos se le cerraron, y durante un instante se permitió absorber la sensación de tenerlo cerca.
«Sólo un segundo más… está detrás de mí… no me puede ver… no lo sabrá…»
Robert alzó la mirada con la intención de ajustar la posición y darle más instrucciones, pero sus ojos captaron movimiento al otro lado de la sala. Allí, reflejada en el pequeño espejo que colgaba en la pared opuesta, la vio. De pie en el círculo que formaban sus brazos, con los ojos cerrados, el rostro arrebolado y los gruesos labios ligeramente entreabiertos. Se la veía hermosa. Sensual. Y excitada.
En su interior todo se detuvo. El corazón, el pulso, la respiración. Un pequeño temblor recorrió a la mujer, fue una vibración ligera como una pluma contra su pecho, pero que reverberó por todo su cuerpo.
El sedoso pelo de la señora Brown le cosquilleaba en la mandíbula y sólo tenía que volver la cabeza para que sus labios le tocaran la sien, pero no se atrevió a moverse. No podía moverse. Estaba hechizado, absorto en la contemplación de ella, de ambos, juntos. Aspiró lenta y temblorosamente, y la cabeza se le llenó de la delicada fragancia floral de la señora Brown.
El deseo lo invadió con violencia. Apretó la mandíbula y trató de alejar el calor que lo inundaba, pero no había manera de detenerlo. Maldición, no debería sentir eso hacia ella. Casi no la conocía. Vivía al otro lado del océano. Seguía llevando luto… Su corazón pertenecía a otro hombre.